Rabí
Akiva era un gran erudito que empezó a estudiar Torá
a los cuarenta años de edad. Luego de veinticuatro
años de abocarse al estudio en forma intensiva, poseía
veinticuatro mil alumnos.
Uno
de los alumnos más destacados de Rabí Akiva,
que se sentaba en la primera fila, a la cabeza de los veinticuatro
mil alumnos, experimentó un suceso inédito.
Una vez salió al mercado de las meretrices, es decir,
las mujeres que intercambian con los hombres un romance
efímero por dinero. El discípulo divisó
en aquel lugar una meretriz que le llamó la atención
y la deseó.
Tras
este episodio, el alumno encomendó a un emisario
que haga el contacto con la meretriz, para que pueda estar
con ella. Procedió de esta misma forma hasta el atardecer.
Cuando caía la tarde, la meretriz subió al
techo de la academia donde este discípulo estudiaba.
Dirigió su mirada en dirección a los estudiantes,
y divisó al alumno que la pretendía, el cual
estaba sentado a la cabeza de los demás alumnos,
como si fuere un capitán de ejército. En tanto
el ángel Gabriel se hallaba de pie a su diestra.
Al
contemplar esta escena, la meretriz en forma instantánea
se dijo interiormente: “Ay de esta mujer, que todo
tipo de castigos del Infierno le esperan. ¿Acaso
un hombre tan grande como este, que se asemeja a un ángel,
yacerá con esta mujer? Siendo así, cuando
muera y deje de existir en este mundo heredaré el
Infierno. En cambio si no le aceptare la propuesta, he aquí
lo salvaría a él y a mi misma del juicio del
Infierno”. Y luego de esta reflexión, regresó
a su morada.
Cuando
el discípulo se dirigió a ella, le dijo: “Hijo
mío: ¿por qué pierdes el Mundo Venidero
a cambio del goce de un efímero placer en este mundo?”.
Pero
pese a esta advertencia de la meretriz, el deseo del alumno
no se aplacó.
Ell
le dijo: “Hijo mío: el lugar que tu deseas
es el más sucio de todos los miembros del cuerpo,
a tal punto que ninguna criatura puede oler el aroma que
despide”.
Sin
embargo, aun después de esta advertencia el deseo
del alumno tampoco se aplacó.
Finalmente
la meretriz lo tomó por la nariz, y lo hizo oler
el aroma que despedía el “féretro”.
Tras oler, inmediatamente el alumno sintió repugnancia.
Tras este hecho el discípulo quedó afectado
y no contrajo enlace con ninguna mujer.
Salió
un eco celestial que dijo: “La mujer zutana y el hombre
zutano, están preparados para entrar al Mundo Venidero”.
(Tana Dbei Eliahu zutá 22:9)
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