En
el norte asiático, vivía Shilo, un hombre que fabricaba
utensilios y adornos de madera. Este sujeto se dedicaba
a producir durante todo el año, hasta que en los meses de
verano, pasaba por allí un gran barco. En el mismo viajaban
comerciante que llevaban la producción del hombre, y la
vendían en países lejanos.
Por
tal razón, cuando llegaba el verano, Shilo iba con frecuencia
al puerto, para saber cuando llega el navío.
En
uno de esos días veraniegos, Shilo avistó la enorme embarcación
encallada en el puerto, y le informaron que en pocas horas
zarpará con destino hacia países muy lejanos.
El
hombre se dio prisa y corrió a su casa para traer la mercadería
que enviaría a esos países. Tomó las cajas repletas y las
colocó en su carretoncito. Alegre y feliz empujaba el carrito,
apurando la marcha para llegar a tiempo.
Faltaba
poco para llegar, cuando tropieza con un madero que había
en el camino, y se clava una astilla en la planta del pie.
El
pobre Shilo desesperado pretendió quitar la astilla, pero
el dolor que sintió al removerla fue tan fuerte que se desmayó.
Cuando
despertó, decidió que haría todo el esfuerzo posible por
llegar. Mas sabiendo que el navío estaba por zarpar.
Por
eso, como pudo, extrajo la astilla, tras lo cual comenzó
a manar sangre, y el dolor que sintió era intenso
y muy fuerte, a tal extremo que no le permitía casi caminar.
No
obstante, tomó una rama de árbol, a la que utilizó como
bastón, se sobrepuso al dolor, y rengueando avanzó muy lentamente
unos cuantos metros. Desde allí alcanzó a contemplar como
la embarcación partió y se alejó del puerto.
Tras
esta desgracia Shilo se sentó en el suelo, colocó la cabeza
entre sus rodillas y comenzó a llorar y protestar, lamentándose
por la mala suerte que le sobrevino. Mas, sabiendo que perdió
la posibilidad de enviar su mercadería para que sea vendida,
y no vendría otro barco con esos destinos hasta el próximo
año.
De
esta manera, la totalidad de la producción quedó en su poder.
Al cabo de una semana, Shilo recibe una noticia increíble,
la embarcación que había anclado donde él vivía, se hundió
en alta mar. Al escuchar eso, comenzó a cantar y alegrarse
por su buena suerte. Hasta solía tomar la astilla que se
insertó en su pie y la besaba, pues gracias a ella su dinero
se salvó.
De
lo aquí sucedido aprendemos, que toda aflicción que sobrevenga
sobre la persona debe ser recibida con amor y afecto, puesto
que ninguna cosa mala baja del Cielo.Y
si bien es cierto que en ocasiones nos envían enfermedades
o pérdida de dinero, debemos saber que eso es una generosidad
del Eterno, que nos manda tal situación adversa aparentemente,
para salvar nuestras almas y las de nuestras familias, esto
para que reflexionemos sobre nuestra actitud que tuvimos
hasta ahora y retomemos la senda del bien en nuestras vidas.
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