Relatos

Todo depende donde esté puesto

Había una mujer, la cual era de muy atractiva apariencia y dueña de apreciable simpatía, y era muy amada por su esposo.

Cierto día le trajeron un anillo que tenía engarzada una piedra preciosa que costó mil monedas de oro, y mientras se hallaban sentados a la mesa, extrajo el anillo de sus ropas y se lo entregó a su marido.

Entonces le sugirió que se lo compre para ella y le informa que sus dueños pretenden mil monedas de oro, y que no lo venden por menos.

El esposo tomó el anillo, lo observó detenidamente y sentenció: "Esto no vale más que quinientas monedas de oro, y si lo venden en esa suma, yo te daré quinientas monedas de oro y tú lo compras".

La señora lo tomó de sus manos y lo volvió a guardar reiterándole que no lo venden por menos de mil monedas de oro. 

Luego de una hora regresó, lo volvió a extraer de sus ropas y se lo entrega nuevamente a su esposo. Le sugiere: "Vuelve a observarlo, quizá la primera vez te equivocaste".

Este observó nuevamente la alhaja por espacio de cinco a seis minutos, y sentencia: "No vale más que cuatrocientas monedas de oro. Si la venden en esa suma la compraré".

Tomó la señora nuevamente el anillo, y lo guardó en su vestido.

Al cabo de una hora retorna y le sugiere: "¿Por qué no lo miras con mayor atención, quizá estás equivocado en su cotización?".

El hombre lo tomó y lo tuvo en sus manos por el lapso de diez minutos, manifestándole finalmente: "No vale más que trescientas monedas de oro. Si lo venden en esa suma lo compraré, de lo contrario no lo compraré".

Lo tomó y dijo: "Si es así, se lo regresaré a sus dueños, pues hay una diferencia muy grande entre tú y ellos, y es imposible adquirirlo por esa cifra, por lo tanto lo devolveré a sus dueños".

Y lo guardó por dos semanas y luego de eso colocó el anillo en su dedo, y mientras estaban sentados a la mesa dijo a su marido: "Me han traído otro anillo, mucho más caro que el primero y se halla en mi dedo", y por causa que estaba muy ajustado, no quiso sacárselo y le pidió que lo aprecie estando colocado. 

Extendió su mano, y tomó la mano de su señora en la suya propia y contemplaba el anillo que se hallaba en su dedo. Luego de observarlo le dice: "vale mil monedas de oro, y si lo venden en esa suma lo compraré porque es muy hermoso".

Ella le responde: "El dueño del anillo pretende dos mil monedas de oro, y ¿cómo lo va a vender por mil?", y quitó su mano de la de él.

Al cabo de media hora extendió nuevamente su mano hacia él y le sugiere: "¿Por qué no observas mejor, quizá te equivocas en su cotización y vale más?".

Nuevamente el marido tomó la mano de ella y contempló la alhaja que estaba en su dedo y dijo: "Yo veo que vale mil quinientas monedas de oro, y lo compraré por esa suma". 

Retiró su mano con fuerza y decisión y comunicó a su marido: "el dueño quiere dos mil monedas de oro, y ¿cómo lo va a vender en mil quinientas monedas de oro?".

Luego de un cuarto de hora regresó y nuevamente extendió su mano hacia él. Le sugirió que vuelva a observar, pues quizá se equivocó en su cotización anterior.

Este tomó nuevamente su mano y luego de observar con detenimiento sentenció: "Es como dijiste, el anillo vale dos mil monedas de oro y más también, y yo lo compraré ahora por dos mil".

Se levantó y le trajo dos mil monedas de oro para que le de al dueño del anillo y lo adquiera. 

Luego dijo a él su mujer: "Ese anillo que adquiriste en dos mil monedas de oro, es el mismo anillo que viste hace dos semanas, y al final de tus palabras habías sentenciado que no vale más de trescientas monedas de oro".

El le sugirió: "Yo entiendo muy bien en cuestiones de piedras preciosas, ¿cómo es posible que me equivoque por una diferencia tan amplia tras mi contemplación de la pieza hoy, y la de hace dos semanas?". 

Su esposa le responde: "No te equivocaste, solo que la primera vez viste el anillo por si solo, y toda vez que incrementabas en mirarlo, descendía su cotización en tus ojos, pero el día de hoy viste el anillo colocado en mi dedo, y por cuanto que soy apreciada por ti, y he hallado gracia en tus ojos, emergió de mi gracia y se proyectó al cuerpo mismo del anillo, y viste al anillo más valioso que la vez anterior. 

Y luego que volviste a ver el anillo en mi mano, se incrementó con respecto a él mayor gracia de mi propia gracia, y se incrementó su valor en tus ojos. Y así la tercera vez, se incrementó más aun la gracia del anillo producto de mi gracia que se proyectaba sobre él y lo cotizaste en dos mil monedas de oro, pues la persona que es apreciada y amada por su prójimo, y tiene gracia, si porta un adorno que se embellece con él, también el adorno se embellece más por la fuerza de la gracia del portador que se proyecta sobre el cuerpo del adorno y es esta una regla general de las leyes de la naturaleza.

Qué gran enseñanza nos deja este relato, y es algo muy profundo, tan profundo que llega hasta el alma. ¿Cuál es el adorno más preciado para un judío?. 

Es la Torá que Hashem nos entregó. Y Torá proviene de la palabra "luz", y bien sabemos que para que haya luz necesitamos también de un recipiente con aceite y una mecha, es lo que en Hebreo se llama "rb" ("ner") para que allí se pose el fuego y genere la luz, y quién no tiene recipiente con aceite y mecha, no tendrá luz, porque el fuego se apagará enseguida. Y además sabemos que cuanto más refinado sea el aceite y de mejor calidad sea la mecha, el fuego encenderá y alumbrará mucho mejor. 

Tenemos de aquí, que el adorno preciado con el que nos debemos coronar es la Torá que Hashem nos regaló, pero para ello debemos convertirnos en recipientes aptos para recibir la luz generada por la Torá. 

Esto se consigue estudiando Torá y realizando actos acorde a lo que aprendemos de ella, ya que versa (Mishlei 6: 23): "Porque la vela ("el recipiente con el aceite y la mecha") es el precepto y la Torá es la luz", y explican en el libro Zohar, sección Terumá, que quién realiza actos buenos, obtiene la vela, y quién estudia Torá obtiene el fuego, pero para que el fuego encienda la vela y esta se mantenga encendida e ilumine, se necesitan a ambos. 

O sea que no alcanza con solo estudiar para obtener la permanencia de la luz de la Torá, sino que debemos llevar a la práctica lo que de ella aprendemos, para así poder mantener encendido el fuego en la vela y que de esta manera el preciado adorno que Hashem nos legó, Su Torá, pueda habitar en dignos portadores de la misma, ya que relucirá solo en aquellas personas que hacen lo que en ella está escrito. 

Y aquel que solo estudia y no lleva a la práctica lo que aprendió, se parecerá al anillo del relato que mencionamos, que pese a ser de mucho valor, si no está colocado en un lugar digna y apto, su cotización baja mucho de lo que en verdad es su valor. 

Nosotros debemos ser de las personas que llevamos a la práctica lo que estudiamos y hacer que reluzca la Torá en nosotros y así demos el honor que merece al tan preciado legado de Hashem

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