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Las Preguntas de la gente.


Respuesta número: 1567

Pregunta enviada por: D.M

Tema: Abuso en la niñez

Estimado Rabino:

Antes de empezar a exponer mi problema quiero felicitarlo por tan excelente sección.

Mi problema es el siguiente: cuando fui niña (5 años) una persona de mi familia (un primo que en ese entonces tenia 20 años) me besó a la fuerza introduciendo su lengua en mi boca, en el momento no comprendí que pasó, pero si sabía que lo que había pasado no estaba nada bien, jamás lo comenté porque yo me sentía culpable por lo ocurrido, y no sólo eso sino que me sentía sucia, mala.

Al parecer todo quedó olvidado durante unos años, pero ahora está resultando en mi vida, al momento de buscar pareja. No sé si por eso no he conseguido tener más que un novio, y que por cierto es gentil, a la vez creo que alejo a los varones, al momento de conocerlos, porque me da miedo a ser usada y me porto muy cortante con ellos. Me siento mal, porque no me siento para nada guapa, mucho menos una buena persona para un buen hombre.

Le he pedido al Eterno que me ayude, porque quiero formar una familia y no
quiero que se me pase el tiempo todo por este trauma que tengo con los hombres.

Espero no incomodarlo con mis comentarios. pero en verdad necesito ayuda y orientación-

Shalom

D.M

Respuesta a cargo de R' David ben Israel:  

Shalom D.M:

Existen ocasiones en las que un abuso perpetrado en la niñez, por más pequeño que sea, causa un daño atroz, muy difícil de erradicar en el futuro.

De todos modos, uno no puede vivir preso de ese flagelo toda la vida. Es necesario superarlo. 

Para ello hay dos alternativas, recibir asistencia profesional (atención sicológica), o apegarse al Eterno, haciendo su voluntad y cumpliendo sus preceptos.

Si escoge la primera opción, solo debe solicitar un turno, y presentarse a la hora convenida. Luego, el terapeuta se encargará de casi todo.

En cambio, si decide la segunda opción, deberá acudir a un rabino observante, dialogará con él, y le contará sus intenciones. A partir de ese momento, a medida que va creciendo en su observancia, y se va llenando de fe y confianza en el Eterno, su autoestima se elevará cada vez más. Eso le permitirá salir adelante, y solucionar tanto lo ocurrido en el pasado, como lo que puede ocurrir en el presente y en el futuro. Su vida tendrá otro objetivo, hacer la voluntad del Eterno y vivir según sus mandamientos, por lo que las cosas que le suceden, serán solo estorbos que molestan su crecimiento, y los echará a un lado del camino. Pues no podrá concebir que algo se interponga entre usted y la meta a alcanzar, el apegamiento al Eterno, la vida eterna y el Mundo Venidero.

Fíjese que en la historia del pueblo judío hubo casos similares al suyo. Por ejemplo, el gran sabio Rabí Meir, cuando era joven, fue abusado levemente, y él se lo tomó muy a pecho, como usted. Pero acudió a un rabino observante de los preceptos y temeroso del Eterno, le pidió ayuda, y éste se la brindó. Luego Rabí Meir tras superar el inconveniente, se convirtió en uno de los sabios más grandes de la historia. Por eso, en el Talmud es nombrado con muchos honores.

La historia de Rabí Meir (Midarsh Aseret Adivrot) 

Rabí Meir era tan sensible y entregado a Di-s, que si cometía un pequeño pecado, aunque sea inintencionalmente, sentía que con esa falta a cuestas no tiene sentido vivir.

Rabí Meir solía ascender a Jerusalén en cada una de las tres festividades anuales (Pesaj, Shabuot y Sucot), hospedándose siempre en la casa de Rabí Iehuda, el carnicero.

La esposa del anfitrión era bella y recatada, esmerándose siempre en atender al huésped de la mejor manera, cuidando y respetando su honor.

Luego de varios años, la mujer de Rabí Iehuda falleció, y contrajo enlace con otra, a la que ordenó: “Vendrá un joven muy estudioso, quien es llamado: Rabí Meir, has de ser cuidadosa y respetuosa de su honor. Cuando llegue, sírvele alimento y bebida, y atiéndelo hasta que acabe de comer, luego prepárale la cama confortable, con sábanas lindas y limpias, para que pueda descansar”.

Ella respondió: “Haré como has ordenado”.

Al llegar la festividad, Rabí Meir viajó hasta Jerusalem, y se dirigió al lugar de siempre, preguntó por la esposa del dueño de casa, y la mujer respondió: “Señor: así me ordenó mi marido: cuando venga aquí un joven muy estudioso, quien es llamado: Rabí Meir, has de ser cuidadosa y respetuosa de su honor, cuando llegue, sírvele alimento y bebida. Y yo seré más cuidadosa de tu honor que la primera mujer”.

El le comunicó: “No puedo ingresar con el consentimiento de la esposa, sino con el del dueño de casa”.

Rabí Meir salió, y se encontró con Rabí Iehuda, entonces le dijo: “Mi primer mujer ya pereció”.

Inmediatamente fue Rabí Meir a casa de Rabí Iehuda. Una vez allí, la señora le preparó comida y bebida, que sirvió delante de él, y ella continuaba parada sirviéndole y atendiéndolo.

Al ser el huésped un muchacho atractivo, la mujer puso sus ojos sobre él, y lo hizo beber hasta embriagarlo, tras lo cual, el joven no sabía dónde se encuentra la izquierda, ni la derecha. Ella tendió la cama, y él se acostó allí a descansar, quedando profundamente dormido.

La señora quitó de sobre él las ropas que vestía, y se tendió a su lado hasta el amanecer, no enterándose el huésped de nada de lo acontecido.

Por la mañana, Rabí Meir se levantó, y asistió a la Sinagoga a orar, cuando retornó a la casa, la mujer le sirvió el desayuno. El invitado comió y bebió, mientras ella permanecía atendiéndolo, pero ahora hablaba y reía descaradamente.

En tanto el huésped miraba al suelo para no verla, y pensó en su interior: “¡Que caradura es!”.

Ella le preguntó: “¿Por qué no me miras, toda la noche dormiste a mi lado tiernamente, y ahora te avergüenzas de mi?”.

El muchacho respondió: “¡Eso jamás ocurrió!”.

La mujer le dijo: “¿No me crees?: Así y así tienes en tu cuerpo”.

Rabí Meir supo que durmió con ella, y sintió una gran amargura, tras lo cual gritó, lloró y dijo: “Oy de mi, he perdido la Torá que he estudiado, y ahora, ¿Qué solución tengo?, ¿Qué haré?. ¡Iré al director de la academia, y le expondré mi pecado, y lo que sentencie sobre mi caso, eso aceptaré para que me sea aplicado!”.

Emprendió el regreso a su casa, y durante todo el trayecto gritaba y lloraba, mientras caminaba con sus ropas rasgadas, y ceniza en su cabeza.

Cuando llegó, salieron todos sus parientes que oyeron su voz y le preguntaron: “¿Qué piensas hacer?”.

El joven les respondió: “Iré al director de la academia de Babilonia, y todo lo que sentencie sobre mi caso, eso aceptaré me sea aplicado”.

Le dijeron: “Has actuado inintencionalemente, y no adrede, Di-s te perdonará, no escuches lo que surge de tu corazón, para que no trascienda esto y por la calle hablen blasfemias acerca de la procedencia de tus hijos”.

Les respondió: “Si os oigo, jamás perdonará el Todopoderoso mis pecados, tal como consta en el versículo (Proverbios 28: 13): ‘Quien encubre sus faltas no triunfará’”.

De inmediato fue al director de la academia en Babilonia, y se sentó frente a él. Entonces le preguntó: “¿Cuál es la razón de tu visita?”.

Rabí Meir exclamó: “Padre de Israel, así y así me sucedió, y por esa razón he venido hacia ti, y todo lo que sentencies acataré al pie de la letra, ya sea que decretes que me corresponde morir, o ser arrojado a las fieras salvajes para que me devoren, todo lo aceptaré sobre mi”.

El director le respondió: “Aguarda hasta que analice tu caso”.

Al día siguiente, le dio su dictamen: “Hemos analizado la cuestión, y vimos que hay que arrojarte a las fieras salvajes y los leones”. (Este término utilizado “vimos”, es posible que se refiera a que el erudito que era el director de la academia, y los demás sabios “vieron” mediante su espíritu santo, que poseían, que Rabí Meir no se aplacará hasta que sentencien sobre él una pena severa, y si sigue con tal angustia en su interior, ya no podrá volver a estudiar como antes, ni observar los preceptos Divinos con alegría e ímpetu, por eso tomaron tal decisión, teniendo en cuenta que se trata de un hombre justo y sin tacha, por lo que las fieras salvajes no podrán dañarlo).

Rabí Meir respondió: “Recibiré la sentencia que proviene del Cielo sobre mi persona”.

Así fue que el director envió llamar dos hombres de entre los hijos de Israel, bien fornidos, y les ordenó que lleven a Rabí Meir al bosque, hacia el sitio donde los leones suelen merodear, aten sus pies y manos, y lo dejen allí. “En tanto, vosotros, - dijo a los individuos - habéis de subir a un árbol bien alto, y vean lo que sucede, si lo comieren, en ese caso tráiganme sus huesos, y haré una gran ceremonia, por haber recibido el juicio del Cielo sobre su persona”. 

Los hombres hicieron todo tal cual les fue ordenado, y treparon a un árbol para aguardar y ver lo que acontece.

A medianoche, apareció un león, que se dirigió al cuerpo de Rabí Meir, rugió, lo olfateó, y se retiró de allí.

Al día siguiente, por la mañana, tornaron al director de la academia, y le relataron lo sucedido, informándole que la fiera nada le ha hecho, solo lo olfateó y se fue.

Les dijo: “Hagan lo mismo también esta noche”.

Ellos acataron la orden, procedieron exactamente igual que la primera vez, y a medianoche se reiteró la misma escena, el león viene, ruge, olfatea, y se retira.

Por la mañana regresaron y contaron todo al director de la academia, quien solicitó que se reitere la maniobra una vez más, y aclaró: “Si nada le sucediere, entonces tráiganmelo porque significa que en el Cielo lo han declarado inocente”. (Y como sabía que si nada le acontece, el ánimo de Rabí Meir no se aplacaría, por tal razón, es muy probable que haya orado ese día para que se apiaden de él, y le muestren una señal del Cielo que indique que la “falta” fue subsanada).

Por tercera vez los hombres llevaron a Rabí Meir al bosque, lo maniataron de pies y manos, subieron a un árbol y aguardaron.

A medianoche, apareció un león, rugió, insertó en el costado de Rabí Meir sus dientes, le dañó una costilla, y comió de él un pequeño trozo de carne (como el tamaño de una aceituna, o sea, unos 27 gramos, que es la medida mínima requerida para distintas sanciones según la Torá).

Por la mañana, informaron lo que había acontecido al director de la academia, quien ordenó: “Al ser que comió de él un trozo de carne como el tamaño de una aceituna, tráiganmelo aquí”.

Lo fueron a buscar, y luego que lo trajeron, el director indicó a los médicos que lo curen.

Cuando regresó Rabí Meir a su casa, se oyó una voz que provenía del cielo y decía: “Rabí Meir está preparado para ingresar al Mundo Venidero” 

Shalom y hatzlajá

R' David ben Israel

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