Rabbi
ha Yakar. viene 10 Mayo y una grande amigo acabo perder
su madre.
Hay
una historia de Talmud, Sefaradí, Mishná etc.
que puede dar comfort a él.
Todá
Rabá
Izkrah
Respuesta
a cargo de R' David ben Israel:
Shalom
Izkrah:
Cuando
una persona fallece, su alma asciende y ocupará el
lugar que le corresponde de acuerdo con los actos realizados
cuando estuvo en un cuerpo físico en esta Tierra.
Sin embargo, el hijo en mayor medida, u otra persona, pueden
hacer que esa alma se eleve y alcance niveles superiores.
Para
ello de deberá estudiar Torá en nombre del
fallecido, realizar buenas acciones, y recitar la alabanza
denominada kadish.
Esta
alabanza es muy elevada, y existen, tanto en los libros
de leyes como en los demás compendios, numerosas
historias sobre hechos maravillosos que sucedieron con almas
de personas fallecidas tras su recitado.
Aquí
le dejo una de esas historias:
6Una
señora muy honorable, cuyo esposo era un exitoso
comerciante, acostumbraba desde hace varios años
acercar cada tanto su donación a la academia de estudios
de Torá (Ieshivá). Solo que ponía una
condición por su contribución: que los alumnos
de la Ieshivá reciten kadish (es la plegaria que
se estila recitar por los difuntos) para todas aquellas
almas que abandonaron este mundo y no tienen quién
recite por ellos kadish. Y la Ieshivá designó
un muchacho que se ocupe especialmente de esta tarea en
beneficio de estas almas solitarias.
Cierto
día, el marido de esta señora abandonó
este mundo, y por cuanto que él dirija los negocios
conjuntamente con su esposa, su desaparecimiento perjudicó
las empresas, hasta que finalmente se produjo la quiebra
de la señora que quedó en una situación
económica muy precaria.
Al cabo de un tiempo, además de esta mujer tener
que soportar ahora la pobreza en la que se hallaba inmersa,
se le sumó una nueva carga: sus dos hijas habían
llegado a la edad de contraer enlace, y el dinero para casarlas
¿de dónde?. Sin embargo, la señora
afrontó el destino que le había tocado con
amor y no protestó por su suerte.
Solo
había una cosa a la que no podía rehusar,
y su corazón estaba angustiado por esto y le dolía
en gran manera, se trataba del asunto del kadish por las
almas solitarias que al haber cesado sus contribuciones
a la Ieshivá para este fin, indefectiblemente se
interrumpiría.
Decidió
con su alma llena de amargura, dirigirse a los directivos
de la Ieshivá y solicitarles que pese a que ahora
no puede continuar aportando los fondos necesarios para
que se continúe con el recitado del kadish por las
almas solitarias, que de todos modos prosigan con esto hasta
que Hashem le otorgue nuevamente dinero para poder proseguir
con la obra.
Los
directivos de la Ieshivá se conmovieron en gran manera
por la integridad de corazón y el alma maravillosa
que lleva en su interior esta señora viuda, y le
aseguraron que guardarían de hacer como su voluntad,
es decir, continuar con el recitado de kadish por las almas
solitarias.
Estas palabras llenaron su alma de felicidad, y con sus
ojos que parecían emanar como centellas relampagueantes
por su dicha, se despidió de los dirigentes.
Mientras regresaba a su casa, cuando hubo salido a la calle,
se apareció frente a ella un anciano desconocido
de barba blanca como la nieve que la saluda y comienza a
interiorizarse en sus asuntos y la situación de sus
hijas.
La señora suspiró y relató al anciano
su amarga suerte que se hizo presa de ella, y la estrepitosa
caida de su situación económica. Pasar de
ser una mujer rica y caer hasta llegar a una posición
catastrófica. Además sin tener los medios
necesarios para ocuparse del casamiento de sus hijas que
ya llegaron a edad de contraer enlace.
El anciano le preguntó: "¿Cuánto
necesitas para casar a tus dos hijas?"
"¿Para qué deseas saber?" - pregunta
la mujer con sorpresa y le dijo cual era la suma requerida.
El anciano extrajo un papel y escribió una orden
para el banco local, que le abonen a la señora la
suma que fijada.
Solo que antes de firmar, pidió que por tratarse
de una cifra muy elevada, es conveniente que testigos presencien
el momento de la firma, y que ellos también firmen
en el documento.
Totalmente
conmovida, la señora subió a la Ieshivá
y pidió a dos de los jóvenes que allí
estudiaban que la acompañen.
Cuando el anciano los vio, les indicó que presten
suma atención en el momento que estampa su firma
en el documento. Y para mayor seguridad, solicitó
a los jóvenes una hoja de papel y estampó
allí su firma para que comprueben que la que escribirá
ahora en el documento es la suya.
Luego ordenó a la mujer que vaya a buscar la suma
al banco a la mañana del día siguiente.
Todo esto pareció a la mujer que estaba anonadada,
raro y extraño. Pensó: "¿Qué
vio este anciano extraño en ella para hacerle todas
estas bondades, a tal punto de cubrir completamente los
gastos del casamiento de sus dos hijas?".
De todos modos, aguardó hasta el día siguiente
con su corazón agitado hasta la apertura del banco
y probar suerte con el papel que el anciano le había
entregado.
Cuando el empleado bancario recibió la orden de pago,
dirigió su mirada hacia la mujer una y otra vez,
miraba la orden nuevamente, y parecía desconcertado.
Pidió a la señora que aguarde e ingresó
con la orden a la ofician del director del banco que además
era su dueño.
Y aquí ocurrió algo dramático, al ver
la orden, el dueño del banco cayó de su silla
y se desmayó.
Los empleados del banco escucharon lo que sucedió,
y encerraron a la mujer en una de las salas laterales y
pusieron un guardia para que cuide que no se escape, pensando
que podía haber aquí algún acto de
estafa o algo similar.
Cuando se hubo recuperado el director del banco, pidió
ver a la mujer que trajo la orden de pago.
cuando esta hubo ingresado a su despacho, el dueño
le pregunta "¿Como y cuando consiguió
esta orden?"
La dama responde: "Ayer la recibí de un judío
honorable de una larga barba blanca, y hay dos muchachos
de la ieshivá que pueden atestiguar, ya que vieron
como quién escribió la orden firmó
sobre la misma".
El director del banco le preguntó: "¿Podría
reconocer al anciano si le muestro una foto?"
Respondió la señora: "Seguro que si!
y no me cabe ninguna duda que también los dos muchachos
de la Ieshivá lo pueden identificar!"
El dueño del banco ordenó traer fotos de su
padre. Y cuando extendió las fotografías delante
de la señora, lo señaló como el hombre
que le entregó la orden.
El dueño del banco ordenó que le paguen lo
que dice en la orden y que la dejen ir.
Cuando la mujer se hubo retirado, relató a los presentes
acerca de lo que había sucedido ante sus ojos: "El
anciano que le entregó la orden no es sino su padre
(del dueño del banco) que abandonó este mundo
hace ya diez años"
La noche anterior a este suceso, se presentó mi padre
en medio del sueño y me dijo: "Has de saber
que desde el momento que te apartaste del camino recto y
te casasate con una no judía, y dejaste de cuidar
el recitado del kadish, mi alma no hallaba descanso, hasta
que vino la señora viuda (aquí mencionó
el nombre de ella) y ordenó recitar kadish por las
almas que no tienen quién recite kadish por ellas.
Y tuve el mérito que me alcanzó ese kadish
que recitaron en la Ieshivá por orden de la mujer,
y eso provocó que mi alma se eleve y halle reposo.
Mañana por la mañana, se presentará
esa señora en tu banco con una orden donde escribí
un asuma que costeará los gastos de casamiento de
otrei amén"sus dos hijas".
"Cuando me desperté - relata el dueño
del banco - exaltado por el sueño, lo conté
a mi mujer que se burló de todo este asunto. Pero
desde el momento en que se presentó la mujer con
la orden sepe que el sueño era verdad"
Al finalizar este relato el Rab Zonenfeld dice: "¿Saben
quiénes eran los dos muchachos que presenciaron el
hecho e hicieron las veces de testigos?: Yo y mi amigo,
el Rab Grinvaldt"
Finalmente, el dueño del banco volvió en teshubá
(retomó la buena senda), y su esposa se convirtió
al judaismo de acuerdo a las leyes de la Torá, y
tuvieron el mérito de construir una casa fiel a la
Torá y sus mandamientos. (Notrei Amén)
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