Sección de la Torá de esta semana 


Parashat "Vaerá"

En esta ocasión: "El Midarsh cuenta..."

Moshé, el hijo de Amram, luego de haber matado un egipcio, por defender a sus hermanos judíos, había huido a Kush escapando del Faraón, quien quería su cabeza, por el asesinato cometido. Allí fue coronado rey, tras el fallecimiento del anterior monarca, y tenía mucho éxito en su reinado, conduciendo a los habitantes del lugar con justicia, rectitud, e integridad, por lo que lo amaron todo el tiempo que se prolongó su mandato, sintiendo todos los habitantes harto temor frente a él.

Aconteció en el año cuarenta desde su asunción al trono, estando Adoniá la reina, que había sido la esposa del anterior rey, a su lado, la cual le había sido dada a Moshé por esposa, y todos sus ministros en derredor, en ese momento, la dama dijo delante de ellos: “¿Qué es esto que han hecho todos los habitantes de Kush desde hace ya muchos días, pues saben que durante los cuarenta años que este hombre gobierna sobre esta tierra, en todo ese tiempo a mi no se ha acercado, y a los dioses de Kush no ha adorado?. Y ahora, escuchen por favor pobladores de Kush: que no gobierne más este individuo, quien no es de vuestra carne. He aquí, Manjris, mi hijo mayor reinará sobre el pueblo, pues será bueno para vosotros servir a vuestro señor, en vez de servir a un varón extraño, siervo del rey de Egipto”.
El estudio de esta edición sea un intermediario para la pronta recuperación de Moshgán bat Shoshana, Iaakov ben Miriam Tziona y Jaim ben Sofía.

Escucharon, todo el pueblo, y todos los ministros de Kush, la totalidad de las palabras habladas por la reina Adoniá, y se pusieron todos de acuerdo hasta la noche.
Por la mañana madrugaron, y nombraron rey de ellos a Manjris, hijo de Kikanos, el anterior monarca, aunque todos temían hacer algo a Moshé, pues Hashem estaba con él, y recordaron el juramento que le habían proferido.

Por eso no le hicieron mal, sino que cada uno de los habitantes de Kush le entregaron numerosos presentes, y lo enviaron con gran honor.

Moshé salió de esa tierra, y tomó su camino, siendo por entonces de sesenta y siete años de edad cuando abandonó ese lugar. Pues de Hashem provenía también esto, al aproximarse el momento de sacar a los hijos de Israel de Egipto.

Moshé se dirigió a Midián, pues temía regresar a Egipto, por causa del Faraón. 

Moshé llega

Cuando llegó, se sentó junto a un manantial de aguas, y en ese momento salían las siete hijas de Reuel a pastorear el rebaño de su padre. Ellas se acercaron al manantial, y extrajeron agua para las ovejas.

Pero vinieron los pastores de Midián y las echaron, aunque Moshé se levantó, las salvó, y dio de beber a sus animales.

Ellas fueron hacia su padre y le dijeron: “Un hombre egipcio nos salvó ante los pastores, y también extrajo agua para nosotras y dio de beber a las ovejas”.
Reuel preguntó a sus hijas: “¿Dónde está?. ¿Por qué abandonasteis al varón?”. Y envió para que lo traigan a la casa, y coma pan con él.

Así aconteció, y Moshé le relató sobre su huida de Egipto, y su reinado en Kush durante cuarenta años, tras lo cual tomaron el poder de él, y lo enviaron en paz, y con grandes honores.

Cuando Reuel hubo escuchado esas palabras, pensó en su corazón: “Colocaré a este hombre en la cárcel, y a través de esto, ganaré sus corazones, pues debe haber escapado de ellos”.

Reuel lo atrapó, y colocó en prisión, donde estuvo encerrado por espacio de diez años. Pero durante su permanencia en ese sitio, Tzipora, la hija de Reuel, se apiadó de él, y le suministraba pan y agua todos los días. 
En tanto, los hijos de Israel aun se hallaban en Egipto, y realizaban allí trabajos forzados, viéndose por aquel entonces muy endurecida la mano de los hostigadores sobre ellos.

En aquellos tiempos

Por aquel entonces, Hashem flageló al Faraón, tornándolo leproso, desde la punta de sus pies, hasta la cabeza, por causa de la dura opresión que causaba a los Hebreos, pues Oyó Hashem la plegaria de Su pueblo, los hijos de Israel, y llegó a El, el clamor de ellos, producto de la cruenta labor a la que eran sometidos.
Aunque pese a su enfermedad, el Faraón no cedió, y mantenía la mano dura sobre los Hebreos, volviéndose contra Hashem, e incrementando severidad a las condiciones de trabajo de los hijos de Israel, amargando más aun sus vidas.

En momentos de Hashem provocar sobre el rey de Egipto la lepra, el mandatario consultó a sus sabios y brujos, para que lo curen.
Ellos le dijeron, que si coloca sobre la carne afectada, sangre de niños pequeños, de esa manera sanará.

El Faraón escuchó el consejo, por lo que envió sus siervos a Goshen, hacia los hijos de Israel, para que tomen de ellos a sus tiernos hijos.

Los enviados día tras día, iban a donde se hallaban los Hebreos, y arrancaban por la fuerza a los pequeños de los brazos de sus madres, a quienes traían al Faraón.
Una criatura diaria era requerida por el rey, a la cual los médicos degollaban y colocaban su sangre sobre las zonas afectadas.

El número de chicos matados por el Faraón, ascendió a trescientos setenta y cinco. Pero Hashem no Oyó a los médicos de Egipto, y la enfermedad aumentaba progresivamente.

El mandatario padeció esta afección durante diez años, y su corazón se endurecía cada vez más ante los hijos de Israel.

Diez años después

Luego de transcurrida la década citada, Hashem aumentó su dolencia, pues se agregó al flagelo, sarpullido que produce quemazón, y enfermedad estomacal.
En ese tiempo, vinieron dos de sus siervos de la tierra de Goshen, donde se encontraban los hijos de Israel, y dijeron al Faraón: “Hemos visto a los Hebreos que no realizan su labor impetuosamente, y holgazanean”.

Cuando el rey egipcio oyó estas palabras, se enfadó muchísimo con los hijos de Israel, más, al estar irritado por el dolor de su enfermedad. Entonces dijo: “Ahora que saben los judíos acerca de mi enfermedad, se burlan de nosotros. Por eso apresúrense, preparen mi carruaje e iré a Goshen, entonces veré la burla de los hijos de Israel y sus ofensas que me propinan”.
Sus hombres prepararon la carroza, y lo montaron sobre un caballo, ya que no lo podía hacer solo, y tomó con él veinte jinetes, y diez hombres a pie, con quienes fue hacia los hijos de Israel, a Goshen.

Cuando llegaban al límite de Egipto, el caballo del rey pasó por un sitio muy estrecho y alto, por el sendero de los viñedos, el cual estaba cercado por un lado y en el otro había un precipicio. Los corceles se dieron prisa en ese lugar, por lo que llegaron a desplazarse los unos a los otros, hasta que el del rey fue embestido, cayendo por el precipicio, mientras el mandatario permanecía montado sobre su animal.

En la rodada, el caballo, y el carruaje cayeron sobre el rey, quien gritaba desconsoladamente, pues sentía gran dolor. En esa caída, sufrió heridas en su carne, y la rotura de huesos, además, no podía montar, pues de Hashem provenía esto sobre él, siendo que el Creador Oyó el clamor de Su pueblo, los hijos de Israel, y la aflicción de ellos.

Por eso, los siervos del Faraón lo cargaron sobre sus hombros, turnándose un tramo cada uno, y lo regresaron a Egipto, volviendo asimismo los jinetes con él.
Lo acostaron sobre su cama, y el rey supo que su muerte se aproximaba.

Lloraron frente a al faraón

Llegó hasta él su mujer Elparanit, y lloró delante del mandatario, y también él lo hizo.
Llegaron en ese día todos los hombres importantes y los ministros, quienes vieron al Faraón en esa situación tan mala, por lo que lloraron junto a él.

Por eso, le aconsejaron sus ministros, que nomine a uno de sus hijos para que lo reemplace en el cargo, siendo que poseía tres varones y dos mujeres, a quienes alumbró Elparanit, su esposa, aunque tenía otros hijos, que fueron paridos por sus concubinas, siendo estos los nombres de los tres antes citados: el primogénito, Ataray, el segundo, Adycam, y el tercero, Morión. Sus hermanas se llamaban: la mayor, Batia, y la más pequeña, Akuzit.
El primogénito, de nombre Ataray, era bobo, temeroso, y torpe en todo sentido, en cambio Adycam, era astuto y muy sabio, conociendo todas las ciencias de Egipto, aunque su aspecto era muy desagradable, petiso y gordo, siendo su altura de un codo y cuarto.

Al ver el rey a su hijo Adycam astuto y sabio en toda cuestión, decidió nombrarlo para que sea rey en su reemplazo, cuando fallezca. Por eso tomó para él por mujer a Guedida hija de Abilat, siendo ella de diez años de edad, y tras unirse en matrimonio le parió cuatro hijos.
Posteriormente, él mismo tomó otras tres mujeres, naciéndole ocho hijos varones, y tres de sexo femenino.

La enfermedad progresó en el Faraón, y su carne comenzó a heder, tornándose como la de un cadáver que yace arrojado en medio del campo, en días de verano, al rayo del sol.

El rey apreció que la enfermedad se agravó mucho, por lo que ordenó que sea coronado Adycam, para que reine en su reemplazo.

Al cabo de tres años, pereció en medio de vergüenza y aberración, por su estado, tras lo cual sus siervos lo transportaron, y enterraron en el cementerio de los reyes de Egipto, en la ciudad de Tzoam.

No lo embalsamaron como estilaban hacer con los reyes, por causa que hedía, y lo sepultaron en forma humillante, pues pagó Hashem maldad por su maldad que hizo a Israel durante todos sus días. Murió bajo humillación, y ofensa, y reinó Adycam, su hijo en su reemplazo.

Asumió joven

Cuando asumió al poder, Adycam era de veinte años de edad, y su mandato se prolongó por espacio de cuatro años, siendo el momento de su asunción, en el año doscientos seis desde que Israel había descendido a Egipto. 

También fue llamado Faraón, al igual que sus antepasados, en tanto que los sabios de allí, le pusieron por nombre “Abuz”, que significa “petiso” en la lengua hablada en ese lugar, y le asignaron este apodo, por ser el nuevo mandatario de muy baja estatura, además, su barba le llegaba a los tobillos, siendo su aspecto bastante malo.

Adycam se sentó en el trono que había ocupado el anterior Faraón, y condujo al imperio egipcio basándose en su sabiduría. Pero su conducta frente a Hashem fue deplorable, y actuó con mucha mayor severidad sobre el pueblo de Israel, más de la que habían ejercido todos sus antepasados, tornando cada vez más pesado el yugo sobre ellos.

El rey fue con sus siervos a Goshen, para endurecer el trabajo sobre los judíos y además les dijo: “Terminen vuestra tarea cada jornada, y no disminuyan en nada lo que hacían en los días de mi padre”. Y colocó sobre los Hebreos alguaciles, de sus propios hermanos, nominando asimismo a sus siervos, encargados de ellos. Determinó además, la cantidad de ladrillos que debían producir cada día, y luego regresó a la capital de Egipto.

En ese entonces, los encargados de los alguaciles hebreos, ordenaron a estos, acorde a la solicitud del Faraón: “Así dijo el rey: realicen vuestra labor cada día, y acaben lo que deben hacer, además, cuiden de producir la cantidad de ladrillos estipulada, y no hagan faltar nada, pues si eso llegare a acontecer, pondré a vuestros niños pequeños en su reemplazo”.

Y tal como fue ordenado, los encargados del Faraón hacían con los hijos de Israel, pues día a día controlaban cuantos ladrillos hicieron de menos, e inmediatamente se dirigían a las mujeres hebreas, y les arrancaban de sus brazos la cantidad de niños equivalentes a lo que hicieron faltar, colocándolos en la construcción, en reemplazo de los ladrillos que sus padres agotados no pudieron acabar.

Y el desesperado clamor y llanto de sus padres y madres al escuchar a sus hijos llorar desde el interior del muro donde habían sido insertados brutalmente, no era escuchado por los siervos del Faraón, quienes proseguían ejecutando la orden de su rey, sin contemplaciones de ningún tipo.

Luego los encargados de los Hebreos endurecieron más aun su cruel opresión, y obligaban a los judíos mismos a colocar a sus niños en el muro, y echar material sobre ellos, quienes al hacerlo, lloraban amargamente, y sus lágrimas se deslizaban sobre el cuerpo de sus tiernos hijos.

Esta cruenta tortura fue llevada a cabo por los egipcios durante muchos días, sin que nadie se apiade de los niños hebreos.

La cantidad de chicos introducidos en los muros en reemplazo de ladrillos alcanzó la cifra de doscientos setenta almas, parte de los cuales fueron arrastrados vivos y dispuestos en la construcción, y otros ya sin vida, fueron colocados allí.

En tanto los hombres de Israel al ser mucho más dura la labor sobre ellos, más aun de lo que tuvieron que soportar bajo el mando del anterior Faraón, por tal razón, su respiración se había vuelto entrecortada. 

Ellos habían pensado: “Con la muerte del Faraón, y la asunción de su hijo, nuestra labor será más aliviada”. Pero no fue así, sino que los requerimientos eran cada vez mayores, por lo que los Hebreos suspiraban, y su clamor por el duro trabajo, llegó hasta Di-s, Quien oyó la voz de ellos, y su clamor, por lo que recordó Su pactó que realizó con Abraham, Itzjak y Iaakov. 
Contempló en ese momento Di-s la opresión de los hijos de Israel, y su duro trabajo al que eran sometidos día a día, mencionando que los salvará.

En tanto, Moshé, el hijo de Amram, aun se hallaba en prisión por aquellos días, en casa de Reuel el Midianita, y Tzipora, su hija, secretamente le daba pan jornada tras jornada, acción que se prolongó durante los diez años que permaneció en esa condición.

Diez años más tarde

Aconteció al cabo de una década, cuando transcurría el primer año de reinado del nuevo Faraón, Tzipora dijo a su padre Reuel: “El hombre Hebreo que has colocado en prisión hace ya diez años, no hay nadie que reclame por él, por eso, si está bien ante tus ojos padre, envíame por favor, y veré si aun vive o ha fallecido”.

El padre no sabía que ella le llevaba alimento cada día, y esto respondió a su hija: “¿Es posible que suceda algo así, afligir a un individuo durante diez años sin comida ni bebida, y que aun viva?”.

Su hija le respondió: “Has oído que el Di-s de los Hebreos es Poderoso y Temible, que además hace a ellos maravillas a cada instante. El salvó a Abraham del horno encendido en Ur Kasdim, y a Itzjak de la espada de su padre, cuando se dispuso a ofrendarlo, a Iaakov, del ángel, cuando se trenzó con él en Maabar Iabok, y también al hombre este Hizo muchos milagros, cuando lo Salvó del río Nilo, de la espada del Faraón, y de los habitantes de Kush, y también del hambre Puede salvarlo y hacerlo vivir”.

Las palabras de su hija fueron consideradas apropiadas por Reuel, por lo que consintió con ella, y fue a ver que sucede con el individuo que había sido puesto en prisión. Una vez allí, advirtió que el prisionero se halla de pie, y alaba y ora al Di-s de sus padres.

Reuel, tras contemplar lo que acontecía, envió sacar al individuo del pozo, cortar su cabello, cambiar sus ropas, y le sirvieron pan.

Luego de esto, Moshé descendió al jardín de Reuel que se encontraba detrás de la casa, y oró allí a Hashem, su Di-s que hizo con él muchas maravillas. Cuando elevaba su plegaria, divisó un bastón de zafiro clavado en el jardín. Se aproximó a él, y vio que se halla gravado sobre el mismo, el nombre de Hashem, Di-s de los ejércitos. Tras leer lo que decía, estiró su mano, y lo tomó, desenterrándolo como quien arranca una hierba silvestre que creció entre las plantas.

Este era el bastón, con el cual fueron realizadas todas las maravillas de Di-s luego de haber creado los cielos y la tierra, y todas sus huestes, mares, ríos, y todos sus peces.

Y fue cuando expulsó Di-s a Adam del jardín del Eden, que este tomó el bastón en su mano, y salió a trabajar la tierra de la que fue tomado. Posteriormente, el mismo llegó hasta Noaj, que lo entregó a Shem, y a sus descendientes, hasta llegar a manos de Abraham el Hebreo. 

Luego, cuando Abraham dio todo lo que era de él a su hijo Itzjak, entregó también este bastón. Y aconteció cuando Iaakov huyó a Padam Aram, que lo llevó en su mano, y cuando regresó a su padre, no lo abandonó. También cuando descendió a Egipto, lo llevó con él, y lo entregó a Iosef.

Cuando falleció Iosef, y vinieron los ministros de Egipto a su casa, el bastón llegó a Reuel, el midianita, quien cuando abandonó Egipto, lo llevó con él, clavándolo en su jardín.

Todos los hombres fuertes de Keinim fueron sometidos a la prueba de intentar tomarlo, al solicitar a Tzipora, su hija, pero no pudieron, por lo que el mismo quedó insertado en el jardín de la casa de Reuel, hasta que venga quien pueda superar el examen. Y cuando el dueño de casa vio el bastón en manos de Moshé, se sorprendió enormemente, dándole a su hija Tzipora por esposa.

Ella, se condujo por el mismo camino que las hijas de Iaakov, no le faltó nada de la rectitud de Sará, Rivka, Rajel y Lea, alumbrando a él un hijo, al que llamó Guershom, pues dijo: “Peregrino (‘Guer’), fui en una tierra ajena”.

Solo que por decreto de Reuel, no circuncidaron el prepucio del chico. Luego, le nació otro varón, a quien si circuncidaron, y fue llamado Eliezer, pues dijo Moshé: “el Di-s de mi padre me Ayuda y me Salvó de la espada del Faraón” (ese es el sentido del nombre Eliezer, o sea “Di-s - ayuda”).

Por su parte, el Faraón continuaba incrementando rigurosidad a los trabajos forzados a los que sometía a los hijos de Israel, siendo esta vez, más duro que todas las anteriores, pues ordenó difundir por todo Egipto: “No provean más paja al pueblo para que elaboren los ladrillos. Ellos irán, conseguirán la materia prima, y harán su trabajo, y no disminuirán un solo ladrillo de lo que producen hasta ahora, porque son negligentes en la labor”.

Los Hebreos escucharon la nueva orden, motivo por el que se condolieron, suspiraron, y clamaron a Hashem, con el alma angustiada.

Y Hashem oyó el clamor de los hijos de Israel, y contempló la presión a la que los sometían los egipcios, por lo que deseó venganza por Su pueblo y Su heredad, escuchando la voz de ellos. Dijo por consiguiente, que los sacaría de la opresión de Egipto, para otorgarles la tierra de Kenaan por heredad.

Moshé por entonces era pastor

En aquellos días, Moshé pastoreaba los rebaños de Reuel, el midianita, detrás del desierto de Sin, y llevaba con él, el bastón que había tomado del jardín de su suegro.

Un día, escapó un cabrito del rebaño, tras el cual salió Moshé, llegando hasta el monte de Di-s, en Joreb.

Cuando estuvo en ese lugar, Hashem se le reveló a través de la zarza. Moshé alzó su vista, y el citado vegetal estaba completamente encendido, abrazado por las llamas, aunque el fuego no quemaba la zarza, ni le hacía daño alguno.

Este hecho lo sorprendió sobremanera, y quiso saber por que razón la planta no es quemada por el fuego, por eso se aproximó al sitio, para develar la incógnita.

Y fue en ese momento, cuando Hashem lo llamó, a través de una voz que surgía desde el interior del fuego, y le ordenó descender a Egipto, hacia el Faraón, para liberar a Israel de la esclavitud. Le dijo: “¡Ve, regresa a Egipto, pues han perecido todos los hombres que solicitaban tu vida, y habla al Faraón, para que envíe a Israel de su tierra!”.

Y le enseñó Hashem, a realizar señales y maravillas en Egipto, para que las ejecute frente al rey de allí, y sus hombres, para que crean que Di-s lo envió.

Moshé oyó todo lo ordenado por Hashem, regresó a su suegro, y le relató acerca de la cuestión.

Itró (o sea Reuel) le respondió: “¡Ve en paz!”.
Entonces Moshé se dispuso a emprender el viaje a Egipto, tomando con él a su mujer e hijos. 

En medio del trayecto, en el sitio donde hicieron escala para descansar, descendió el ángel de Di-s, y pretendió quitarle la vida, por no haber circuncidado a su hijo primogénito, transgrediendo el pacto establecido por Hashem con Abraham, pues oyó Moshé las palabras de su suegro, quien le ordenó no circuncidar al primer hijo, razón por la cual no lo hizo. Pero Tzipora vio al ángel de Di-s que reclama la vida de Moshé, y comprendió que es por causa de no haber practicado la circuncisión a su hijo Guershom, por lo que se dio prisa, tomó una piedra filosa, y ella misma cortó el prepucio del niño, salvando de este modo a su marido, e hijo de manos del ángel de Di-s.

En tanto, Aharón, el hijo de Amram, y hermano de Moshé, que estaba en Egipto, había ido en ese día al río Nilo, y se le reveló Hashem en ese lugar, diciéndole: “Ve por favor, al encuentro de Moshé, al desierto”.
Aharón así lo hizo, se encontró con su hermano en el monte de Di-s, y lo besó. Luego alzó sus ojos, y vio a Tzipora y sus hijos, tras lo cual dijo: “¿Quiénes son ellos?”.

Moshé le respondió: “Son mi mujer y mis hijos, que me dio Hashem en Midián”.
Pero no pareció esto bien a Aharón, por lo que le dijo: “Envía a tu esposa e hijos a casa del padre de ella”.

Moshé escuchó las palabras de su hermano, e hizo tal como dijo, los envió de regreso a casa de Reuel, hasta que Hashem recuerde y saque a Su pueblo de la tierra donde eran esclavos. En tanto Moshé y Aharón fueron a Egipto, a la congregación de los hijos de Israel, y les hablaron todas las palabras de Di-s, tras lo cual el pueblo se alegró mucho.

Este era el comienzo de la liberación, aunque primeramente Moshé y Aharón hablarían con el Faraón, quien no dejaría salir al pueblo, y eso causaría el envío de las plagas propinadas por Hashem que afectarían Egipto, tras las cuales, ya sin fuerzas para oponerse, dejaría en libertad al pueblo de Israel, quienes saldrían con mano alta y victoriosa, a plena luz del día, para ser libres, e ir a conquistar la Tierra Prometida. 

Shabat Shalom

R' David ben Israel

Fuentes utilizadas:

1-Sefer Haiashar

Indice de la Parasha  

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