Hay
muchos caminos, senderos o vías que se yerguen delante
de nosotros y que nos corresponde, en pleno ejercicio de
nuestro libre albedrío, decidir cuál tomar.
Normalmente los caminos de las cosas fáciles como
por ejemplo: las trasgresiones, son sencillos y si se quiere
cómodos de hacer, mientras que el camino correcto,
el sendero de la Torá, no lo es, bien lo acotó
con extraordinaria claridad Rab. Najman cuando nos ilustra:
“la persona debe pasar en esta vida por un puente
muy angosto” Ahora bien, que es lo que motiva al hombre
a pecar. Gran parte de ello obedece a ignorancia, no que
no sepa que es lo que está haciendo ni el resultado
representado de sus actos, sino más bien, su poco
conocimiento de las cosas del Eterno. Si escrutamos con
detenimiento la Torá especialmente en la parte que
muchos conocen como “maldiciones y bendiciones”
mayormente contenidas en el sefer Debarim, nos daremos cuenta
fácilmente de la gran cantidad de beneficios y prerrogativas
que tenemos si escogemos el camino correcto de la Torá.
Nos percataremos, sin duda alguna, que es mejor no pecar
y que nuestra vida sería más sencilla, más
placentera y menos dura si obedeciéramos los preceptos
en vez de trasgredirlos. Sin embargo y muy a pesar de ello,
el hombre sigue pecando. Para las personas que tienen cierto
grado de conocimiento de Torá, no les es tan sencillo
pecar sin representarse en el acto las consecuencias del
mismo. Es decir: “ya no hay pecado con gusto”
porque a pesar de que trasgreda de manera dolosa, no lo
hace con todo el gusto, con todo el sabor porque desde su
interior hay una voz que a gritos le clama y le dice: “¿Qué
estás haciendo? Esto está mal”. Así
las cosas estimo que es la ignorancia a conocer las leyes
del Santo las que nos conduce a pecar ya que si las conociésemos
de manera integral y las aplicáramos, nuestro diario
devenir iría orientado hacia una vida bien distinta,
alejada, desde luego del pecado y alejados del sufrimiento
y del dolor.
Al
respecto el Rab Najman nos dice: “Cuando una persona
comete un pecado, el Cielo no lo permita, es muy importante
que vuelva a sus cabales y se arrepienta. Si así
lo hace le será fácil retornar a su lugar,
pues en tal caso no se ha alejado mucho de la senda del
bien… Si una persona peca, ello significa que ha salido
del sendero correcto para reconocer un camino diferente,
un camino errado. De este camino se desprende cantidad de
otras sendas equivocadas que llevan cada vez más
profundamente al error y la corrupción. Tan pronto
como uno empieza a moverse en la senda equivocada se extravía
cada vez más, quedando más y más atrapado
por estos senderos, hasta que llega a ser muy difícil
volver atrás y salir de la mala senda” Es decir
cada vez la persona se pierde más en senderos que
no conoce y se extravía más, es como ingresar
en un laberinto.
Siguiendo
con lo que nos dice el Rab. “Es la manera del Santo
de llamar a la persona en el momento en que se va alejando
del sendero del buen sentido. El la llama para que retorne.
EL llama a cada persona de la manera que más se adecúa
a ella. A unos los llama con una ilusión, a otros
con un grito. Hay gente que Lo abandona y El debe golpearla
para llamar su atención. Pues “la Torá
clama delante de ellos, ¡tontos! ¿Cuánto
más amarás sus locuras? (Proverbios 1:22)
(Zohar Shmini 36ª) La Torá es la voz misma del
Santo, bendito sea, llamándolos y rogándoles
que retornen a El” Najman de Breslov, Cuatro Lecciones,
pag. 127.
Con
base en lo que acotamos del Rab Najman destacamos una vez
más lo que estaba en negritas en el sentido que a
veces es necesario que “El nos golpee para llamar
nuestra atención”. Lastimosamente, estas llamadas
de atención, estas palmadas en nuestra humanidad
suelen ser muy dolorosas, por más que El se esfuerce
en que no lo sean, de manera tal que todo lo que se desestabilizó,
debe ser de nuevo estabilizado a costas de la energía
del perturbador. Esto es, nuestros pecados tienen que ser
expiados aún con dolor en nosotros. De ahí
que sea la ignorancia la responsable de esto, ya que si
a priori razonáramos, si a priori nos representáramos
las grandes bendiciones que el Eterno nos ha prometido y
sopesamos en una balanza lo que perdemos y nos representamos
en la mente las posibles sanciones, quizás no cometamos
pecado y digo quizás porque el “hombre es duro
de cerviz” de todos modos.
Pero
bueno, lo que realmente importa es que tomemos conciencia
de estas cosas, las valoremos con detenimiento y que cada
día conozcamos más y más del Eterno
para de esa manera irnos alejando de la vida pecaminosa
que normalmente, por más que tratemos, solemos llevar.
Tenemos que ser fuertes en ésta lucha, en esta batalla
desigual que libramos día a día, pero lo más
ominoso de todo es que es una lucha salvaje con nosotros
mismos y no bajo la férula de un desaprensivo. No!
Sino que nuestra lucha es con nosotros, con nuestra manera
de pensar, con nuestras debilidades, con nuestras pasiones,
con nuestros deseos, con nuestros sentidos, lo que hace
de esta batalla una lucha desigual donde tenemos que poner
el máximo de nuestras fuerzas para vencer, o mejor
dicho, para vencernos. Sin embargo por más difícil
que parezca, el empeño, la dedicación pero
sobre todo el amor al Eterno, es lo que nos brinda la fortaleza
para salir adelante y ser victoriosos.
Una
vez que nuestra mente y alma llegan a la anterior conclusión
es donde toma fuerza el camino de la Teshuvá, ese
camino que nos desvía del pecado y nos conduce hacia
la libertad, a hacer de nosotros personas ligeras de equipaje.
Al reconocer que hemos pecado, al confesarlo al Eterno,
al pedir perdón y al no volver a hacerlo más,
abre las puertas del arrepentimiento absoluto y nos pone
de pie ante el Eterno, con humildad y con un corazón
contrito reconociendo que El es quien puede perdonar nuestras
faltas y Quien finalmente elimina de raíz las trasgresiones,
los yerros y los pecados.
Teniendo
en cuenta el camino que debemos seguir, lo que tenemos y
no tenemos que hacer, nuestra mente se clarifica y podemos
seguir un rumbo positivo en nuestras vidas, un camino libre
de dolor, libre de sufrimientos, libre de golpes del destino
y libre de llanto para llevarnos a una vida mejor, a una
mejor relación con el Creador y a una paz interior
que solo nos es dada cuando alcancemos un estado superior
de obediencia a las disposiciones y al ordenamiento divino.
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