Si
observamos de cerca la historia de nuestro pueblo al través
de los siglos y siglos de su existencia, sin mayor dificultad
obtendremos una constante que es el hilo conductor caracterizante
del pueblo judío. Nos preguntamos ¿Cómo
ha sobrevivido nuestro pueblo a tanto sufrimiento, a tanta
prueba e incluso a tanta muerte? ¿Será que
tenemos una inmejorable capacidad para soportar el dolor
y el sufrimiento? ¿Será que el eterno reproche
que nos hace Hashem de ser un pueblo duro de cerviz es lo
que prevalece y nos ha permitido sobrevivir?
Las
respuestas a éstas interrogantes no son nada sencillas
ya que hay demasiado trasfondo en nuestra realidad que nos
hace reflexionar en todo esto. Quizás en primer momento
y de manera torpe, se me ocurre pensar que al igual como
reza en Derecho, que la costumbre se hace ley, quizás
el pueblo judío con los años ha hecho costumbre
las vicisitudes por las cuales ha pasado y no se asombra
ya de tanto sufrimiento y dolor y lo ha aceptado finalmente
de manera estoica. Sin embargo esta fortaleza adquirida
con el transcurso de los siglos no es nada natural, el hombre
por si mismo no creo sea capaz de sobrellevar tanta carga,
tanto peso ancestral y continuar la marcha hacia delante,
viendo para atrás solo para tomar más fuerza
y seguir la marcha. Difícilmente otro pueblo del
mundo ha podido sobrevivir ante tanta presión, ante
tanta persecución, ante tanta muerte, pero la realidad
salta a la vista y concluimos que aquí estamos a
pesar de todo.
Es importante tomar en cuenta también, que no solo
factores exógenos han tratado de debilitarnos sino
también muchas veces desde nuestro mismo seno han
salido las causas de un aparente debilitamiento, me refiero
a las grandes cantidades de judíos que a lo largo
de la historia, se han visto cautivados por otras ideologías
religiosas y finalmente sucumbieron ante ellas en una triste
y vergonzosa asimilación. Pero a pesar de ello el
pueblo se mantiene firme a su Torá muy a pesar de
todas las presiones, abusos y masacres cometidas a lo largo
de los siglos. ¡Qué capacidad de resistencia!.
La historia judía está llena de sacrificios
por su fe y desde luego por su Torá, muchos como
sabemos han preferido la muerte como lo fueron grandes líderes
de la comunidad judía como Janina, Mishael y Azaria
en el horno, o los Diez Mártires en la época
de Bar Kojba o bien personas simples y asaz desconocidas
como los mártires medievales de York Blois, de Maguncia,
de Worms, los que torturaron y asesinaron en las cárceles
y mazmorras de la "Santa Inquisición" y
los que sucumbieron en el Holocausto, además de todos
aquellos desconocidos y anónimos a la Historia que
dieron su vida por Hashem y siquiera sabemos sus nombres.
En suma la vida es un bien tan preciado para el judío,
algo tan sagrado, tan valioso, tan de extremo delicado que
sin mayor dilación la entrega para defender y santificar
el Nombre de Hashem. ¿Acaso habrá mejor precio?
Permítanme ilustrar parte de esa manera de pensar
del judío con respecto al Eterno, de su manera de
entregarlo todo, su vida incluso, solo por amor a Di-s,
esta característica propia del judío, quizás
endémica como digo yo, lo ha hecho sobrevivir a pesar
de todo, veamos: "En 1492 se desató una epidemia
a bordo del un cierto barco que transportaba exiliados judíos
de España. El capitán decidió abandonar
a los exiliados en una isla desierta. La mayoría
murió ahí de hambre. Uno de los sobrevivientes
junto con su mujer y sus dos hijos, partió en busca
de señales de civilización. Pero la mujer
estaba tan débil que al poco tiempo se desplomó,
muerta. Cargando a sus dos hijos en los brazos, el hombre
continuó. Pero pronto se quedó ya sin fuerzas
y se desvaneció. Al despertar, vio que sus dos hijos
habían muerto. Partido por el dolor, más intrépido,
se puso de pie y exclamó: "¡Amo del Universo!
Has hecho mucho para que yo abandone mi fe. Pero debes saber
que a pesar de todas las aflicciones que me ha mandado el
Cielo, sigo y seguiré siendo judío. ¡No
hay cantidad de sufrimientos, ni pasados, ni futuros, que
puedan hacerme cambiar!" Enterró los cuerpos
de sus seres queridos y prosiguió su marcha, en busca
de señales de civilización" (Shevet Iehudá:
citado por el Rab Meir Simja Sokolovsky) Creo que la anterior
cita no requiere de un mayor comentario, es explícita
per se.
Ahora
bien a esta altura tenemos que concluir que no existe una
explicación racional que pueda aclararnos de manera
sistemática y a nivel probatorio la conducta del
judío, para poder comprender esta dedicación
y tenacidad a grados extremos que ni aún en momentos
límites el judío deja de lado su amada Torá,
como por ejemplo y para citar solo uno, cuando con cabellos
y con la grasa de las manos y el cuerpo, los judíos
observantes construían y confeccionaban una mecha
en lugar de una vela para encenderla cada Kabalat Shabat
en los campos de concentración...
Ahora
bien mi conclusión final a todo esto radica sobre
la base que nada de esto es natural, que hay una constante
"sobrenatural" detrás de todo esto que
se inició con el Patriarca Abraham y con su pacto
con Hashem, realizando un lazo tan fuerte, tan imposible
de desatar que perdura hasta la fecha, resultando de ello
la gran capacidad de resistencia y de abnegación
hacia Hashem y la Torá. "Esta característica
ha sido incorporada a la tela misma de nuestra alma nacional
e individual, y constituye un patrimonio espiritual que
nos ha brindado la fuerza y la determinación necesarias
par aferrarnos a Hashem y a Su Torá frente a toda
la oposición" (Rab. Meir Simja Sokolovsky)
Empero todo lo antes dicho hay otro elemento que nos dirige
de manera frontal hacia la verdadera razón de esta
abnegación y resistencia a pesar de todo. Hay una
cita de inconmensurable valor de una hecho acaecido hace
más de mil setecientos años que nos viene
a dar la clave a este enigma, a esta extraña manera
de soportar el judío contra viento y marea todas
las cosas de la vida, quizás ésta cita del
Midrash que he encontrado nos ayude a resolverlo:
"Dijo
Adriano a Iehoshúa: ¡Cuán grande es
la oveja que sobrevive entre setenta lobos! (refiriéndose
a la oveja como pueblo de Israel y a los setenta lobos,
como los setenta pueblos) Respondióle Iehoshúa:
Cuán grande es el Pastor que la cuida" (Midrash
Tanjuma, Toledot 5)
Rab
Iehoshúa nos brindó la respuesta correcta,
Adriano la había puesto en el pueblo de Israel al
referirse a la "oveja" pero el Rab de manera magistral
develó el misterio de nuestra permanente resistencia,
de nuestra sobrevivencia, de nuestra dedicación y
de nuestra abnegación por todos estos miles de años:
¡¡¡"El Pastor de Israel"!!!.
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