El
sabio Bejayé ibn Pakuda, de muy grata memoria, fue
un escritor, poeta y filósofo zaragozano judío
místico y ascético de la segunda mitad del
siglo 11, escribió “Los deberes de los corazones”
como una guía espiritual de contemplación
mística que fue traducido al hebreo y a las principales
lenguas habladas por los judíos, entre los que obtuvo
un éxito resonante. Es también poeta litúrgico
hebraico. De este ilustre sabio y filósofo comentaremos
algunos puntos que estimo son importantes de analizar y
desarrollar.
“Cuando
el hombre ha adquirido, merced al pensamiento especulativo,
la certidumbre de la existencia de Di-s Uno, su corazón
y su lengua deben de estar al unísono para confesar
la unidad divina. Pues la confesión de la unidad
varía según los conocimientos y la inteligencia
de cada cual. Para unos solo se trata de palabras. Oyen
decir una cosa y la repiten sin comprender de ella nada.
Otros participan en ella por la lengua y el corazón.
Siguen la tradición recogida de los padres. Pero
no captan con claridad la significación de la unidad
de que son depositarios. Otros, si bien la confiesan comprendiendo
el sentido de lo que proclaman, confunden esta unidad con
todas las unidades creadas. Llegan a materializar a Di-s,
a atribuirle forma y figura, porque carecen de un conocimiento
verdadero del ser de la unidad del Se-ñor”
(*)
Analicemos
este rico texto paso a paso: “Cuando el hombre ha
adquirido, merced al pensamiento especulativo, la certidumbre
de la existencia de Di-s Uno, su corazón y su lengua
deben de estar al unísono para confesar la unidad
divina” Este primer comentario a lo que dice el sabio,
nos permite comprender que si nosotros por vía de
pensamiento especulativo, es decir por medio de un razonamiento
puro, por medio de un proceso de pensamiento en donde vamos
aplicando las soluciones o encontrando respuestas a las
contradicciones, o también por decirlo de otra manera,
si llegamos a la conclusión después de raudos
ratos de pensamientos y razonamientos, llegamos a concluir
finalmente que Hashem existe, llegamos a la síntesis
que Di-s tiene existencia propia independiente de cualquier
otra cosa y por tanto es una realidad en si mismo, entonces:
la persona que así hizo debe confesar sin temor alguno
la “unidad divina”, ya que al estar de acuerdo,
por decirlo de alguna manera, su corazón y su lengua,
se da una unicidad de criterio que refuerza de manera indubitable
el proceso discursivo mencionado líneas atrás
e ingresa de manera plena a nuestro acerbo de creencias.
Lo
que nos dice Pakuda es que el conocimiento de Hashem de
alguna manera requiere todo un reconocimiento intelectual,
es decir de todo un razonamiento que nos lleve a la aceptación
de la existencia del Santo, de lo contrario como veremos
más adelante, el proceso es inútil y la síntesis
errada, de manera tal que tendríamos cualesquier
concepto de Hashem pero no uno real y verdadero. Solo al
través de un proceso discursivo es que podemos comprender
en la medida de nuestras posibilidades Su existencia y una
vez comprendido esto entonces seguimos al paso dos, el cual
es “confesar la unidad divina”.
Continúa
diciendo de manera muy acertada por cierto, que la forma
en que nosotros hagamos dicha confesión de la unidad
divina, depende en gran medida de los conocimientos y de
la inteligencia de cada cual, aduciendo que para unas personas
solo se trata de palabras nada más. Esto nos deja
ver que el autor en referencia nos circunscribe la confesión
de la unidad divina más a un proceso de síntesis
intelectual, es decir, de experiencia, de vivencia, de su
acervo cultural y de la capacidad mental de cada cual. La
verdad no me lo parece porque Hashem no limita que una persona
con poca educación o escasa inteligencia no pueda
conocerLo. De ser así se estaría limitando
la confesión de Di-s solo a las personas dotadas
de una gran educación y de una extraordinaria inteligencia,
cosa que en la realidad normalmente no ocurre. Más
bien en la realidad vemos que gran cantidad de las personas
que son extremadamente inteligentes y que tienen una vasta
cultura, más bien prescinden de la experiencia de
Hashem y niegan, por sentirse autosuficientes, la misma
existencia del Santo, de manera tal que esta conclusión
no me parece muy acertada. Pero bueno sigamos.
“Para
unos solo se trata de palabras. Oyen decir una cosa y la
repiten sin comprender de ella nada. Otros participan en
ella por la lengua y el corazón”. En este otro
punto quizás si tenga razón ya muchas personas
no comprende nada relativo a Hashem, solo saben de El lo
que otros les dicen sin tener esa vivencia personal, esa
experiencia que les haga enriquecer su concepto de El. Quizás
tenga razón en que muchas personas participan o expresan
conocer de HaShem por medio de su lengua y de su corazón.
Conocí a una persona que día a día
manifestaba acerca de su gran experiencia de Hashem, que
El vivía en su corazón, que su corazón
era el que lo comandaba, que su corazón le decía
que Hashem esto, que su corazón le decía que
Hashem lo otro, sin tener siquiera un ápice de conocimiento
de lo que en realidad Hashem es y en verdad desea. El Santo
Bendito Uno es mucho más que un músculo en
medio de nuestro pecho.
Finalmente
dice el autor, que hay algunos que si pueden confesar de
manera correcta la unicidad del Santo pero que suelen confundirla
con otras “unidades” que a la postre lo que
logran es “materializar a Di-s” Recuerdo en
mis años mozos de estudiante universitario en la
Facultad de Derecho, en un curso que me sacó canas
que se llamaba Filosofía del Derecho, el profesor
un hombre con una mirada aterradora y fría, con un
lenguaje absolutamente incomprensible e impenetrable para
un imberbe recién apenas salido de la adolescencia
como yo en ese entonces, nos decía que cada persona
tenía su di-s, que cada uno creaba a di-s como le
convenía ya que el hombre no podía tener una
existencia sin la presencia de Di-s ya que no tenía
manera de poder explicar todo lo que lo rodeaba de manera
llana, sino solo con base en un “ser” que le
diera sustento, concluyendo que Di-s era un “mal necesario”
para el hombre. Recuerdo como hoy lo atroz que me parecieron
sus palabras de entonces, pero llevan razón solo
en el sentido si aceptamos a Hashem como algo material que
produjo materia y nada más. En esto lleva razón
también Pakuda al decirnos que el proceso discursivo
equivocado nos lleva a materializar al Santo. A hacer de
Hashem algo material, algo palpable, algo verificable por
medio del tan renombrado método científico
de hoy día. Proceso equivocado desde luego y que
nos facilitará sin mayor demora un concepto errado
y poco fiable de lo que es el Santo; confundiendo desde
luego lo que El creó consigo mismo, cuando el Divino
no está sujeto a las leyes que El mismo creo como,
verbigracia, las del tiempo y espacio.
Ya
para concluir estas breves palabras, rescatemos lo que nos
dice este extraordinario pensador y místico nuestro,
que cuando nosotros estamos plenamente convencidos en nuestra
mente acerca de la existencia de Hashem, creemos en El,
Lo ubicamos en nuestra vida, Lo vivimos, lo experimentamos,
entonces habremos tenido éxito ya que así
nuestro corazón, en primer término –respetando
el orden que hace el autor- y luego la lengua, que es la
que dice lo que pensamos se unifican para confesar a los
cuatro vientos y al mundo entero que HaShem existe. Antes,
si no alcanzamos este grado de síntesis, nuestros
esfuerzos serán asaz inútiles y tendremos
como la persona que les dije, a HaShem solo en su “corazón”
a nivel muscular no más, de manera estólida
y no vivo y palpitante en cada una de las neuronas de su
cerebro y en todas las partículas de nuestra alma.
Esta vivencia es vital para poder atisbarLO y no hacer de
este proceso una síntesis por obra de birlibirloque
con matices de toda una entelequia.
*(Bejayé
ibn Pakuda, Doctrina de los deberes de los corazones)
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