Festividades Judías

Celebrando Lag BaOmer
Las fogatas de la noche

Lag BaOmer es el día 33 de la cuenta del omer. Omer es la medida de producto del campo que se traída por la nueva cosecha. Esto acontecía el segundo día de Pesaj. A partir de ese día se cuentan los días del Omer, hasta lñlegar al día cuarenta y nueve; Y el día cincuenta se celebra Shavuot, la fiesta de la entrega de la Torá. Pues cuando Israel salió de Egipto, también transcurrieron siete semanas, es decir 49 días, y al día 50 Dios les sentregó la Torá.

En este día cesó la mortandad de los alumnos de Rabí Akiva, por eso celebramos y nos alegramos. Pero además de esto, hay otra costumbre que se estila en la noche de Lag BaOmer, y es encender grandes fogatas. En los próximos párrafos, veremos acerca del origen de estas fogatas. 

RABÍ SHIMÓN BAR IOJAI Y RABÍ AKIVA 

Cierta vez, el emperador de Roma decretó que no se puede estudiar Torá. Sin embargo, Rabí Akiva hizo caso omiso a la ordenanza y convocaba a las masas y les enseñaba en público.

Esto fue así hasta que fue detenido y puesto en prisión en la ciudad de Kesarin. (Brajot 61, Semajot 8)

Mientras esto acontecía, el emperador recibió un correo, en el cual se le informaba que el rey de Arabia inició un avance por sus tierras, y tiene la intención de sublevarse.

El mandatario decidió viajar al sitio de la emboscada de inmediato. No obstante, antes de partir, ordenó colocar a Rabí Akiva en la cárcel hasta su regreso. Luego de ello, vería que hacer con él. 

En aquellos días, el peligro que acechaba a todos los estudiosos de la Torá era enorme. Pero pese a ello, Rabi Shimón se dirigió a la cárcel en la cual se hallaba su maestro, y cuando llegó a él, le solicitó que le enseñe Torá.

Sin embargo, Rabí Akiva se rehusó a enseñarle, pues no quería que le suceda nada malo a su tierno alumno.

Al escuchar eso, Rabí Shimón le dijo: “Si no me enseñas Torá, le cuento a Iojai, mi padre y te entregará al gobierno (y pasarás mayores aflicciones de las que atraviesas, en la cárcel)”.

Rabí Akiva le respondió: 

Hijo mío, más de lo que el becerro desea amamantarse, la vaca pretende amamantarlo. Yo quiero fervientemente transmitirte el estudio, pero hay peligro de vida si lo hago. 

Rabí Shimón le dijo: “Tu ya fuiste atrapado por los perversos romanos, y el peligro es solo sobre mí, y yo manifiesto abiertamente mi deseo de entregar mi alma a cambio de que me enseñes Torá”.

Rabí Akiva al apreciar la decisión total de su alumno, accedió a la petición y le enseñó cinco cosas: 

1- “Si deseas estrangular, cuelga de un árbol bien alto”. Es decir: Si deseas enseñar algo, y que las personas lo escuchen y acepten, estúdialo de un gran maestro y di la enseñanza en su nombre.

2- “Cuando enseñes a tu hijo, hazlo de un libro revisado y corregido”. Pues el error que ingresa en el estudio del niño, arraiga y queda gravado en la memoria de éste, y no se apartará de él incluso cuando envejezca.

3- “No cocines en la olla en la que cocinó tu compañero”. (No te cases con una mujer divorciada, pues no todos los “dedos” son iguales. Ella recordará las vivencias que tuvo con el primero, y si no la satisfaces como él, te odiará).

4- “Si deseas hacer un precepto grande, y también obtener ganancias, come frutas sin pago”. Es decir, presta a tu compañero dinero por tierra, y cóbrale de las frutas que consumes, poco a poco. Resulta que obtienes buena ganancias, adquiriendo las frutas a un precio bajo, y además es un precepto, pues tu compañero necesita el dinero que le prestaste para adquirir mercadería.

5- “Realizar un precepto y mantener el cuerpo puro es casarse con una mujer y tener hijos”. (Pesajim 112)

Luego de este suceso, las vistas a Rabí Akiva se reiteraron, hasta que finalmente fue asesinado por los romanos. En tanto Rabí Shimón, su fiel alumno, que arriesgaba su vida a cambio de estudiar Torá, seguiría su camino. 

EN IABNE

Tras la muerte de Rabí Akiva y otros nueve grandiosos eruditos que fueron asesinados por los romanos, los sabios fueron a la ciudad de Iabne. 

Allí se reunieron Rabí Iehuda bar Ylai, Rabí Iosei, Rabí Shimón bar Iojai, y también se encontraba con ellos Iehuda ben Guerim.

Rabí Iehuda declaró: “Que bueno es lo que hacen los romanos, los gobernantes de esta tierra. Construyeron ciudades, calles y ferias. Edificaron puentes y casas de baño”.

Rabi Iosei, tras escuchar eso, mantuvo silencio.

Rabí Shimón bar Iojai respondió: “Todo lo que los romanos hicieron fue para propia necesidad de ellos: construyeron ferias para provecho de ellos, casas de baño, para sumergir allí sus cuerpos y embellecerse, puentes, para cobrar peaje a los transeúntes que pasan por allí” 

Iehuda ben Guerim quien escuchó la conversación, fue y contó a otras personas. Aunque no lo hizo con la intención de perjudicar a los sabios, y menos pensando que esto puede llegar a oídos del gobierno. Pero como no fue precavido, lo que relató comenzó a rodar de aquí para allá, hasta que fue escuchado por la dirigencia romana.

En ese momento decretaron:

Iehuda que glorificó, que sea engrandecido, él será el primero que hablará en todos lados.

Iosei que calló, será exiliado a Tzipori, la ciudad donde nació, que se encuentra en la Galilea, y le será prohibido traspasar la muralla.

Shimón que humilló, será matado.

SE PONE A RESGUARDO

Rabí Shimón al enterarse de la sentencia, se dirigió junto a su hijo, Rabí Eleazar, a la casa de estudios -Beit Hamidrash- y allí se refugiaron.

Rabí Eleazar huyó con su padre pese a que él no corría ningún riesgo. Pero merced al amor que sentía por su progenitor y por el estudio de la Torá que aprendía de él, decidió unírsele, y permanecer a su lado.

Todos los días la esposa de Rabí Shimón les traía pan y agua. Ellos sumergían el pan en el agua y así saciaban su alma.

Pero al cabo de algunos días, el gobierno romano lanzó un rastrillaje minucioso para encontrar a Rabí Shimón.

Al enterarse de esto, Rabí Shimón dijo a su hijo:

“Elazar, hijo mío, las mujeres no tienen mucha resistencia como los hombres, puede ser que los romanos atormenten a tu madre, y quizá revele nuestro escondite. Huyamos a un lugar oculto, del cual ningún individuo sabe de su existencia”.

Ambos se dirigieron a una cueva ubicada en Pekín.

Allí se instalaron, y comenzaron a estudiar. Entretanto les aconteció un milagro, se originó un manantial de agua, y creció un árbol de algarrobo.

Pero eso no es todo, pues pese a que los algarrobos de la especie que creció allí, necesitan 70 años para producir frutos, este los produjo inmediatamente. De esta manera pudieron alimentarse y abocarse al estudio sin cesar.

Mientras estudiaban, lo hacían sin ropas, pues si permanecían todo el tiempo con ellas se gastarían. Por eso se las quitaban y las vestían únicamente para la plegaria. Además, para estudiar y no estar desnudos en ese momento, se introducían en unos pozos que había en la cueva, y se cubrían de arena hasta el cuello. (Shabat 33)

En la cueva permanecieron durante 13 años, y en ese lapso estudiaron Torá en forma muy profunda.

Luego de ese plazo, al saber que los que querían matarlo murieron, padre e hijo abandonaron el escondite y salieron al mundo civilizado.

APERTURA DE LA ACADEMIA

Rabí Shimón bar Iojai abrió una academia de estudios de Torá -Yeshivá- en la ciudad de Ticoa, en la Alta Galilea.

Allí se abocó a transmitir las enseñanzas a los brillantes alumnos que asistían a aprender.

Rabí Shimón bar Iojai no se apartó del estudio de la Torá en ningún momento, y su hijo Rabí Eleazar siempre permaneció junto a él.

Un día, Rabí Shimón reunió a sus sobresalientes y eruditos alumnos y les dijo:

¿Hasta cuando me abstendré de revelar los profundos secretos de la Torá?. Pues está escrito: “Es momento de hacer por El Eterno, anularon Tu Torá”. ¿Y si no es ahora, cuándo?. Pues la vida de la persona es breve, y el mal instinto lo presiona y lo oprime para que no se ocupe en la Torá. Además, una voz del Cielo pregona cada día: ¡Oy de las criaturas, por la vergüenza de la Torá!. 

Asimismo, no todos son aptos para dedicarse al estudio profundo de la Torá. Por eso, reúnanse, compañeros y amados, a la Hidrá (se sentaban en forma de semicírculo), y traigan sus armas de guerra, que son las palabras de Torá, llamadas “espada de doble filo”. Hagan reinar sobre vosotros con amor al Rey de reyes, El Santo Bendito Sea, en poder de quien se encuentra la vida y la muerte, y apróntense para pronunciar los secretos verdaderos y profundos de la Torá, sin cometer errores ni traspiés.

Sepan que los sagrados ángeles celestiales vendrán a escuchar los secretos de la Torá que se pronunciarán aquí, y todos se alegrarán al oírlos y saberlos.

Luego de emitir estas palabras, Rabí Shimón irrumpió en llanto y dijo:

“Oy de mí si revelo estos secretos, los cuales se encuentran en el nivel de ‘el honor del Eterno es mantener oculto el secreto’ y Oy de mí si no revelo estos secretos, y los compañeros eruditos -javerim- carecerán de saberlos”.

Los javerim que se encontraban allí quedaron enmudecidos por el temor del maestro. Solo Rabí Aba se incorporó, fue hasta donde se encontraba Rabí Shimón y le dijo:

“Si revelar los secretos es algo bueno ante los ojos de nuestro honorable maestro, solo que duda por causa de ‘el honor del Eterno, es mantener oculto el secreto’, en ese caso tengo algo para decir, está escrito: ‘el secreto del Eterno es para los que le temen’. Y la explicación de este versículo es, que es un precepto revelar los secretos de la Torá a los temerosos del Eterno. Y ya se comprobó, que estos compañeros eruditos -javerim- aquí presentes son temerosos del Eterno, y aptos para que sean revelados en sus oídos los secretos. Además, ellos ya estuvieron presentes en la Hidra Debei Mashkanta (Zohar Mishpatim), en donde les revelaste secretos e información confidencial muy profunda y elevada”.

Rabí Shimón aceptó la propuesta de Rabí Aba, y se dispuso a realizar los preparativos que conllevarían a la revelación de los secretos.

Los compañeros eruditos -javerim- que se encontraban presentes en ese glorioso momento junto a Rabí Shimón eran, contándolo también él, en total, diez: 

Rabí Shimón y Rabí Eleazar su hijo, Rabí Aba, Rabí Iehuda, Rabí Iosei hijo de Rabí Yakov, Rabí Itzjak, Rabí Jizkía hijo de Rab, Rabí Jía, Rabí Iosei, y Rabí Yiesa.

Los javerim tendieron sus manos y elevaron una plegaria por Rabí Shimón, para que El Eterno le otorgue buena voluntad en su corazón, con el fin que logre concentrase en los profundos secretos de la Torá. Luego dirigieron sus dedos hacia arriba, y derramaron una nueva plegaria, solicitando al Eterno que asista y amerite a Rabí Shimón en la revelación de los secretos.

Luego todos se levantaron, y se dirigieron al bosque, y se ubicaron entre los árboles. Allí cada uno tomó asiento de acuerdo su nivel. 

Rabí Shimón se levantó y elevó una plegaria por todo el grupo, pidiendo al Eterno que abra sus corazones, y puedan recibir los secretos. 

Luego el maestro se sentó entre ellos en círculo, y ordenó que cada uno ponga su mano en el pecho de él. Rabí Shimón cogió las manos de todos y los conjuramentó para que no erren en la comprensión de los secretos. Y ellos dijeron “amén”, aceptando y asumiendo el juramento.

Posteriormente Rabí Shimón dijo unas palabras y se sentó a la cabecera, disponiendo a su hijo Rabí Elezar a su derecha, y a Rabí Aba a su izquierda. De inmediato, descendió la manifestación divina -shejiná-, y se posó sobre ellos. También los ángeles celestiales se reunieron para escuchar las palabras de Rabí Shimón.

En ese momento los javerim hicieron silencio total, y sus rodillas golpeaban una contra la otra por el pavor que se hizo presa de ellos, debido a la presencia de la manifestación divina -shejiná- y los ángeles celestiales.

Este acontecimiento fue una prueba para Rabí Shimón de que es el momento indicado para revelar los secretos. Por eso se alegró y dijo:

“Alégrense también ustedes conmigo, no tienen de que temer. Pues aquello que dijo el profeta Jabakuk ‘Eterno, escuché tu palabra y temí’, esto era porque vio en la profecía a los diez mártires (que fueron matados por los romanos, entre ellos Rabí Akiva), por eso dijo ‘temí’, pues allí era apropiado temer. Pero nosotros diez, nuestras almas están unidas las unas a las otras con bondad y amor, y todos amamos al Eterno, y también Él nos ama. Por eso no han de temer a ser castigados”.

EL MAESTRO ALERTA

Antes de comenzar a descubrir los secretos, Rabí Shimón alertó a los javerim diciéndoles: “no revelen lo que escucharán en la Hidra Rabá (así se llamó a la ceremonia que acontecería) a personas que no son apropiadas para saber y comprender los secretos de la kabala”.

A posteriori Rabí Shimón abrió su boca para explicar los secretos del versículo: “Estos son los reyes que reinaron en la tierra de Edom antes de que reine un rey sobre Israel”. En ese instante, la tierra donde se encontraban tembló, tal como aconteció con el Monte Sianí, sobre el cual está escrito: “Temió mucho todo el monte”. En tanto los javerim, despavorieron como el pueblo de Israel cuando fue entregada la Torá, como está escrito: “temió todo el pueblo que estaba en el campamento”.

Todos escucharon con reverencia y pavor las palabras de Rabí Shimón, hasta que concluyó y dijo:

“Hasta aquí hemos revelado los secretos, y todos ellos con su motivo claro y verdadero. Dichoso aquel que comprende y razona en ellos sin errar”. 

Tras ello lloró Rabí Shimón, inducido por la gran emoción de la entrega de los secretos. Alzó su voz y dijo:

“Si en medio de estos secretos, las almas de los javerim que se encuentran aquí ascendiesen al mundo en el que todo es bueno, sería ello algo magistral, para que no sean reveladas estas cosas a ninguno de este mundo”. 

E inmediatamente dijo: 

“No me arrepiento de lo que dije al principio, pues es mi intención que todos los javerim permanezcan con vida y prolonguen sus días en este mundo. Pues es algo manifiesto y sabido ante El Eterno, que no por mi propio honor hice esto, y tampoco por el honor de mi padre, como así tampoco por el honor de los javerim. Sino que toda mi intención en la revelación de los secretos fue, que los javerim no erren en ellos, e ingresen a los portones del Jardín del Eden -Gan Eden- sin ningún tipo de vergüenza, y para que El Eterno se vanaglorie con ellos frente a su corte de ángeles”.

Al culminar Rabí Shimón sus palabras, antes de que los javerim se retiren del lugar de la Hidra, apreciaron que Rabí Iosei hijo de Rabí Yakov, Rabí Jizkía y Rabí Yiesa, sus almas se apegaron a la manifestación de la divinidad -shejiná- que se posó en el lugar. Abandonaron este mundo mediante una muerte dulce -neshiká-. Todos vieron a los ángeles celestiales en el momento en que ascendían las almas puras de los tres javerim.

En ese momento Rabí Shimón sintió temor, pues es posible que el deceso de los tres justos se debe a un castigo por la revelación de los secretos. Por eso pronunció un nombre sagrado, y todos los ángeles se detuvieron en el lugar. Entonces comenzó a clamar:

Es posible que se promulgó un decreto sobre nosotros para castigarnos por haber revelado las profundidades de la Torá. Pues descubrimos cosas que no fueron reveladas desde el día en que Moshé se paró en el Monte Sinaí. Y si así aconteció a los javerim, ¿qué hago yo aquí?.

Se manifestó una voz que dijo:

“Rabí Shimón, no se trata de un castigo, sino que aconteció por la voluntad extrema que tuvieron de apegarse al Eterno. Dichoso eres Rabí Shimón, dichosa tu parte y dichosa la parte que les toca a los javerim que están contigo, pues se les revelaron secretos que no se revelan siquiera a los ángeles celestiales”.

Rabí Shimón dijo: 

“Que grande es la dicha de los tres javerim, y dichosa nuestra parte en el Mundo Venidero por causa de la revelación de los secretos”.

Nuevamente se manifestó una voz y dijo:

“Ustedes están apegados al Eterno vuestro Di-s, están todos con vida el día de hoy”

El mensaje de este pregón indicaba que los siete eruditos justos restantes vivirían muchos años.

SE RETIRAN

Los javerim se levantaron y se retiraron, y en cada lugar que observaban veían que surgían de allí fragancias aromáticas. Dijo Rabí Shimón:

“Esto indica que el mundo resulta bendecido por nuestra causa” 

Además, los rostros de estos eruditos se iluminaron tanto que nadie les podía mirar a la cara. 

Sin embargo no todo era alegría, pues Rabí Aba, uno de los presentes en la Hidra Rabá, estaba triste y afligido porque ingresaron diez javerim y solo siete salieron con vida.

Un día, se encontraba Rabí Aba a solas con Rabí Shimón bar Iojai. Este pronunció un nombre sagrado y ambos vieron a los tres eruditos: 
Rabí Iosei hijo de Rabí Yakov, Rabí Jizkía y Rabí Yiesa eran conducidos por los ángeles supremos a disfrutar de los placeres del Mundo Venidero. 

Solo entonces se tranquilizó Rabí Aba, al ver la enorme grandeza de sus compañeros en el Mundo Superior.

Los javerim permanecían constantemente en la casa de Rabí Shimón, quien reveló solo a ellos los secretos ocultos de la Torá, y recitó en alusión a ellos el versículo: “En estos siete, están dirigidos los ojos del Eterno”.

Rabí Aba dijo: “nosotros, los javerim, somos seis lumbreras, pero Rabí Shimón es el séptimo de todos”.

Rabí Iehuda llamó a Rabí Shimón “Shabat”, que es el día séptimo, y los seis días laborales resultan bendecidos por causa del Shabat. Y agregó: “así acontece con nosotros, pues recibimos la abundancia espiritual de Rabí Shimón, nuestro maestro, que es el séptimo”.

EL ÚLTIMO DÍA

El día en que Rabí Shimón bar Iojai se disponía a abandonar este mundo, se congregaron Rabí Eleazar y Rabí Aba, más los demás javerim. También vinieron muchos sabios y eruditos, quienes llenaron la casa.

Rabí Shimón alzó sus ojos y vio que la morada se llenó de visitantes. Por eso lloró y dijo:

“Cuando estuve enfermo la vez anterior, se encontraba delante de mí Rabí Pinjas ben Yiair, y hasta que escogí mi lugar en el Jardín del Eden me aguardaron. 

Cuando regresé, una llamarada de fuego pasaba delante de mí. Además, jamás se apartó de delante de mí la cortina de fuego, y no ingresó a mí ningún hombre, sino únicamente al recibir permiso. Y ahora veo que cesó el fuego y toda la casa está llena” 

Mientras aun los visitantes se hallaban sentados, Rabí Shimón abrió sus ojos, tuvo una visión, y un fuego celestial rodeó la casa. Al ver eso, todos salieron afuera, quedando solo Rabí Eleazar y Rabí Aba.

Rabí Shimón se incorporó, sonrió, se alegró y dijo:

¿Dónde están los javerim? 

Se levantó Rabí Eleazar y los hizo ingresar.

Ellos se sentaron frente a Rabí Shimón, y el maestro alzó sus manos, elevó una plegaria, y se encontraba alegre. Dijo:

“Solo los javerim que estuvieron en la Hidra Rabá permanecerán aquí”.

Los restantes individuos salieron y quedaron solo Rabí Eleazar, Rabí Aba, Rabí Iehuda, Rabí Ioesi y Rabí Jía.

Entretanto ingresó Rabí Itzjak y se unió al grupo.

Rabí Aba se sentó detrás de los hombros de Rabí Shimón, y Rabí Eleazar delante de él. 

Rabí Shimón dijo:

“He aquí, este momento es de buena voluntad por parte del Eterno, y deseo ingresar al Mundo Venidero sin vergüenza, por eso es mi intención revelar frente a la manifestación divina -shejiná-, palabras sagradas que no exterioricé hasta ahora. Esto, para que no digan que con una falencia me fui del mundo, y estos secretos estuvieron guardados en mi corazón hasta este momento para entrar con ellos al Mundo Venidero.

De esta manera les promulgaré: Rabí Aba escribirá, y Rabí Eleazar mi hijo, leerá con su boca, y los demás javerim, pronunciarán en sus corazones”.

Así comenzó la ceremonia de la entrega de la Hidrá Zutá. En la misma Rabí Shimón declaró los secretos más profundos que tenía guardados en su corazón, y concluyó diciendo: “Porque allí ordenó El Eterno la bendición, vida para siempre”.

Rabí Aba dijo:

Rabí Shimón, la gran luminaria, no acabó de pronunciar la palabra “vida” y sus palabras se encubrieron. Y yo escribí, y pensé escribir más, pero no escuché. Y no erguí mi cabeza, porque la luz era muy intensa y no podía ver. En medio de ello tirité, escuché una voz que decía ‘larga vida y años de vida...’ luego escuché otra voz que decía: ‘vida solicitó de ti...’”

Todo ese día no cesó el fuego en la casa de Rabí Shimón, y nadie podía acercarse a él, por la luz y el fuego que lo rodeaba”.

Rabí Aba cayó al suelo y estalló en llanto. Luego de que el fuego cesó, vio a la gran luminaria, Rabí Shimón, que abandonó este mundo, envuelto en su manto acostado sobre su derecha, y con rostro sonriente.

El día del fallecimiento de Rabí Shimón bar Iojai fue el 33 de la cuenta del Omer -Lag BaOmer-.

Por eso, cada Lag BaOmer se celebra alegremente, tal como Rabí Shimón lo solicitó, en memoria de los secretos de la Torá que enseñó, y quedaron registrados en el libro Zohar (el cual contiene las enseñanzas de Rabí Shimón bar iojai, incluida la Hidrá Rabá y la Hidrá Zutá). 

Además, en este día de Lag BaOmer, se acostumbra a encender grandes fogatas. Las mismas nos recuerdan el fuego sagrado que rodeaba permanentemente a Rabí Shimón bat iojai. 

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