Seguramente
todos quieren que los flagelos y sinsabores que hay en el
mundo se acaben. Que las enfermedades se terminen, que haya
trabajo para todos, que reine la paz, la felicidad y el
amor. Que venga el Mesías y declare el fin del sufrimiento.
Pero ¿Cómo se consigue todo esto?.
A
continuación lo comprenderemos, a través de
una tremenda narración.
Un
individuo, poseedor de una vasta riqueza, asistió
a visitar su rabino. Cuando llegó y estuvo frente
a él, le dijo: he venido para otorgarle un poder
especial, le entregaré un fajo de documentos de mi
pertenencia en blanco para que usted los llene, colocando
cada mes la cifra que necesita. Puede con ese dinero ayudar
a viudas, huérfanos, novios indigentes que desean
contraer enlace, asistir a los carenciados, y hacer lo que
crea propicio. Solo le pido que cada fin de mes me comunique
la cifra que colocó en el documento para que pueda
yo cubrirlo a tiempo en el banco.
Tras
entregar el presente, el hombre se despidió de su
rabino y regresó a su hogar. Una vez allí,
narró a su esposa lo que había hecho. Ella
aun asombrada por lo que escuchó, replicó:
¿estás seguro de lo que hiciste?. Te has expuesta
a una situación muy delicada, pues los gastos que
el rabino considere necesarios para llevar adelante la situación
de la congregación pueden ser demasiado altos y dejarte
en la banca rota. Aun estás a tiempo de retractarte.
El
hombre escuchó lo que su esposa dijo y tras hacer
una pausa le explicó: quédate tranquila, sé
muy bien lo que hice. A aquel que es bondadoso con los demás,
El Eterno no lo deja desamparado.
El
Tiempo pasa
Se
cumplió un año de este acuerdo pactado, y
en esa fecha, el individuo asiste a visitar a su rabino.
Cuando llega, se presenta ante él y le expone: “¡Tengo
una solicitud que realizarle!. Usted sabe que he contribuido
mucho con usted y la comunidad que lidera, y considero que
es hora de solicitar algo”.
El
rabino le preguntó: “¿Acaso te arrepientes
del trato, y quieres volver atrás?”.
El
sujeto respondió: “¡De ninguna manera.
Deseo seguir adelante con eso!. El Eterno no me ha hecho
faltar nada en mi casa pese a las donaciones. Lo que quiero
pedir es otra cosa”.
El
rabino le sugirió: “¡Adelante, habla
sin censura! ¡Por tu digno y ejemplar proceder con
la comunidad entera, mereces que hagamos por ti todo lo
que esté a nuestro alcance!
El
sujeto propuso: “Quiero que me muestre al profeta
Eliahu -Elías-, el que vendrá a anunciar la
redención final antes de que el Mesías llegue”.
El
rabino le respondió: “¿Estas hablando
en serio? ¿Cómo quieres que haga una cosa
así?”.
El
individuo insistió, y mantuvo que ese es su deseo.
Por tal razón, el rabino debía darle una respuesta
concreta.
LA
RESPUESTA
Al
cabo de unos instantes de reflexión, el rabino le
comunicó: ¿Quieres realmente ver al profeta
Eliahu -Elías-?
El
hombre respondió rotundamente: ¡Sí!
El
rabino le dijo: En ese caso, compra provisiones suficientes
para alimentar a una familia numerosa, también bebidas,
y prepara platos deliciosos y manjares. Carga eso en una
carreta y ve con tu señora a la casa de Shoshana
la viuda, que vive en una aldea ubicada a un día
de distancia de aquí.
El
hombre oyó la respuesta y se retiró satisfecho.
Enseguida emprendió el camino de regreso a su casa
para comunicar la noticia a su señora.
Cuando
la mujer escuchó lo expuesto por su marido, le recriminó
y protestó, pues no estaba acostumbrada a viajar
por la estepa y pasar Rosh Hashaná fuera de su casa.
Pero como vio que su esposo no cambiaba de planes bajo ningún
aspecto, no tuvo alternativa y se plegó a la idea
de la travesía.
EL
VIAJE
El
día de la partida finalmente llegó. Para ese
entonces todo estaba preparado en la carreta, y sin mayores
impedimentos, el matrimonio inicia el viaje.
Tras
largas horas de travesía, mas de 24 en total, llegaron
a la aldea. Una vez allí, comenzaron a indagar a
los lugareños, intentando conseguir la dirección
de Shoshana, la viuda.
Tras
recoger datos precisos, en poco menos de media hora lograron
localizar la vivienda. Al llegar, el hombre desciende de
la carreta y se acerca a la casa. Golpea a la puerta, y
emerge una mujer de unos cincuenta años de edad.
Ella, al contemplar la presencia del hombre preguntó:
¿qué es lo que busca?
El
sujeto le respondió: “Es mi intención
pasar Rosh Hashaná en la aldea, ¿podría
usted darme hospedaje?”.
La
señora al escuchar le respondió: “¿Acaso
no tiene usted vergüenza? Yo soy una mujer viuda, mi
marido falleció y vivo sola con los chicos ¿cómo
pretende que lo hospede en mi casa?. Además no tengo
qué ofrecerle, ¿no ve el estado precario de
la casa?, nuestra situación no nos permite mas que
subsistir, no hay más que pan y algunas verduras
¿y usted quiere sumarse a los comensales?”.
El
hombre le dijo: “No se enfade, por lo del recato no
se haga problema, no vine solo, mi mujer está en
la carreta. Y por lo de la comida tampoco debe hacerse problema,
pues traje muchas provisiones. Solo déjeme pasar
Rosh Hashaná en su casa y luego me iré”.
La
señora comprobó que el individuo decía
la verdad, y le permitió hospedarse en su hogar.
ROSH
HASHANÁ
Los
dos días que dura Rosh Hashaná transcurrieron
amenamente, hasta que llegó la noche. En ese momento,
tal lo convenido con la anfitriona, los huéspedes
debían marcharse y regresar a su casa. Pero aun el
hombre no había visto al profeta Eliahu y eso lo
tenía preocupado.
El
individuo rememoraba lo que le dijo el rabino, que si pasa
Rosh Hashaná en casa de Shoshana la viuda vería
al profeta Eliahu, y eso no había ocurrido. Además,
meditaba en la dura travesía a la que había
sometido a su mujer, sin sentido. El hombre estaba desahuciado.
En esas condiciones se despidió, agradeció
las atenciones recibidas, y emprendió el regreso.
En el viaje pensaba que ni bien llegue irá a visitar
al rabino para pedirle explicaciones.
EL REGRESO
Cuando
estuvo de regreso, el sujeto adinerado no perdió
el tiempo y se dirigió sin demoras a la casa del
rabino para solicitarle explicaciones por lo sucedido.
Una
vez en la morada del letrado, el hombre planteó lo
que le había sucedido y el rabino escuchó
todo con atención. Tras unos momentos de meditación,
comunicó sin vacilaciones a su fiel seguidor: ¿en
verdad tu quieres ver al profeta Eliahu?
El
sujeto respondió sin pensarlo mucho: “¡Por
su puesto, no hay duda de ello!”
El
rabino le informó: “Si es así, carga
un carruaje con abundantes provisiones, prepara platos sabrosos
y manjares, y ve a pasar el Día del Perdón
-Iom Kipur- a casa de Shoshana la viuda. Te garantizo que
esta vez verás al profeta Eliahu.
NUEVA
ESPERANZA
El
hombre regresó a su vivienda, y en el camino pensaba
como convencer a su esposa para que lo siga también
esta vez.
Finalmente
llegó a su hogar, planteó el tema a su mujer,
y tras un largo debate, y duras negociaciones, la convenció.
Él, para conseguir el consentimiento de su esposa,
le aseguró que a cambio del esfuerzo que debía
hacer por acompañarlo también esta vez, le
compraría lujosos vestidos y le obsequiaría
un elegante collar de perlas.
LA
PARTIDA
Cuando
amaneció, en el día previo a la víspera
de Iom Kipur, el hombre y su esposa tenían ya todo
listo. Así es como bien temprano, deciden emprender
la marcha.
El
camino se desarrolló con relativa normalidad, y por
fin, al cabo de más de un día de travesía,
(pararon en el medio algunas horas para descansar), llegan
a la aldea donde vive Shoshana la viuda.
El
hombre desciende de su carruaje y se acerca a la vivienda.
En ese momento presencia algo que la vez anterior no había
advertido. Escucha reiterados quejidos y lamentos. Shoshana
la viuda comunicaba a sus hijos: “!Mañana es
Iom Kipur, deben ayunar!”. Pero los hijos le respondían:
“!No hemos comido nada durante todo el día,
no podemos ayunar dos días seguidos!. ¡Si nos
traes comida el día de hoy, mañana ayunaremos,
pero de lo contrario, buscaremos algo para saciar nuestro
hambre aunque sea que lo consigamos en el Día del
Perdón!”.
La
desdichada mujer lidiaba con sus hijos, e inútilmente
trataba de convencerlos para que ayunen.
Definitivamente,
ante la testarudez de sus hijos y la inflexibilidad que
presentaban, Shoshana la viuda se retira a un cuarto solitario
a llorar desconsoladamente y derramar su sentida plegaria
a El Eterno. Estas fueron sus últimas palabras que
brotaron de sus labios y el hombre que estaba afuera escuchó:
“Di-s mío, mañana es el sagrado día
de Iom Kipur, todos ayunarán en él y se harán
acreedores de tu majestuoso perdón, menos yo y mis
hijos, quienes se niegan a ayunar por falta de alimento
para saciar su hambre antes del ayuno. Por tal razón,
lo único que te pido, oh Eterno es, que tal como
hiciste en Rosh Hashaná, también el día
de hoy envíes al profeta Eliahu para que nos salve”.
El
hombre escuchó esto y comprendió todo. Él
mismo es el profeta Eliahu. Cada uno que hace un bien en
este mundo lo es. Esta es la manera en la que se logrará
atraer definitivamente al profeta Eliahu, haciendo cada
uno un poquito de lo que él mismo hará. De
este modo la tierra estará llena de bondad, y el
camino del profeta Eliahu estará totalmente allanado
para presentarse y anunciar la llegada del Mesías
y la redención final.
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