Enojarse
nunca es bueno. Moshe se enojó en tres ocasiones
diferentes y en las tres tuvo las mismas consecuencias:
“Se equivocó”. Así lo describe
Rashi.
Una
de esas ocasiones sucede en la parasha Matot cuando Moshe
se enoja porque los israelitas traen un botín no
permitido de la guerra y Moshe olvida darles las instrucciones
de cómo purificar los utensilios que trajeron. (Las
otras dos ocasiones son cuando Moshe se enoja con Eleazar
e Itamar por no comer de las ofrendas y cuando se enoja
con el pueblo por pedir agua).
Sin
embargo, lo que la Tora parece indicar en estos pasajes
es que Moshe olvidó ciertos detalles de las instrucciones
que Hashem le había ordenado. ¿Por qué
entonces Rashi califica la consecuencia como si Moshe se
hubiera equivocado, en vez de decir que Moshe olvidó
lo que debía decir o hacer?
En
realidad, espiritualmente hablando, un error es equivalente
a un pecado; y un pecado sólo se comete cuando nos
olvidamos de las instrucciones que Dios nos ha dado. Generalmente
nos olvidamos de las instrucciones cuando pasamos por un
momento de confusión que nubla nuestra mente. Esos
momentos de “locura” (como los llama el judaísmo)
se presentan cuando nuestro ego se hace más fuerte
que nuestra conciencia. Un ejemplo es el enojo.
En
resumen, el ego produce enojo, el enojo produce confusión,
la confusión nos hace olvidar lo que es correcto,
olvidar lo que es correcto nos hace equivocarnos, equivocarnos
es equivalente a pecar.
Nuestras
almas buscan solamente hacer el bien y complacer al Creador,
sin embargo, en un momento de confusión pueden olvidar
los detalles que llevan hacia el camino correcto (jaz ve
jalila). Que Hashem nos libre del enojo, del olvido, y del
error.
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