El amor verdadero es incondicional. De hecho, el amor verdadero
se prueba en la adversidad, cuando la persona amada no nos
corresponde, o peor aun, nos maltrata. Ese, es el amor que
solo puede provenir de la fuente más pura, de Dios.
Según la guematría de la palabra hebrea “ejad"-Uno,
Dios mismo es amor o en hebreo "ahava" (tanto
'ejad' como 'ahava' son igual a trece); y por eso la relación
entre Hashem e Israel se sostiene en el amor divino (Devarim
7:8).
Sin
embargo, la parasha Eikev parece contradecir todo lo dicho
anteriormente. La parasha comienza señalando que
hay una recompensa por obedecer al Eterno, y una de las
recompensas es el amor de Dios… “Y ésta
será la recompensa cuando atiendas a éstas
ordenanzas… [El] te amará y te bendecirá”.
¿Cómo? ¿El amor de Dios es condicional?
El
hacernos esta pregunta nos permite descubrir algo. Si la
Torá está equiparando el amor eterno (e incondicional)
de Dios con todas sus bendiciones materiales y espirituales
es porque tanto su amor como sus bendiciones están
permanentemente siendo ofrecidos a nosotros, independientemente
de nuestro comportamiento hacia El... Por lo tanto, cuando
la parasha conecta la recompensa por la obediencia con el
amor de Dios, se no está queriendo mostrar que a
pesar de que las promesas espirituales y materiales ya están
(y siempre estarán) ahí para que las tomemos,
sólo cuando obedecemos al Altísimo tenemos
la capacidad de ver estas promesas y aceptarlas como un
regalo que ha sido reservado para nosotros desde siempre.
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