Uno
debería comprender que la morada primera del alma
es en las alturas. Todas las almas fueron creadas al comienzo
de la creación (Tratado de Ievamot 63, véase
Rashi) y su hogar era próximo al Trono de Gloria.
Cuando entran en este mundo es para una breve estadía,
para adquirir conocimiento de la Torá y hacer buenas
acciones, después de lo cual vuelven a su lugar cerca
de El Eterno.
Esto puede compararse al mercader que ha viajado a una gran
distancia de su casa para adquirir mercaderías para
su tienda.
Después
de viajar cientos de millas para asistir a una feria que
tiene lugar en otro país, el mercader finalmente
llega a destino. Le han dicho que este viaje es muy conveniente,
porque la mercancía que podrá adquirir ahí
es realmente única y no puede ser adquirida en ningún
otro sitio. Habiendo viajado tan lejos, quiere aprovechar
cada minuto de esta oportunidad.
Imaginaos
su reacción cuando en el momento en que está
por cerrar un negocio muy importante, alguien se le acerca
e intenta persuadirle de que compre un diario.
Algo
desconcertado, se vuelve hacia el intruso y le dice impaciente:
«Cada momento que está usted frente a mí
me causa pérdidas. ¿No entiende que dejé
mi hogar y viajé cientos de millas para venir? Con
el dinero que gane de las inversiones que haga en esta feria
debo mantener a mi familia por el resto del año ¿y
usted pretende que pierda tiempo leyendo periódicos?»
La
lección es obvia. El alma pertenece a las alturas.
Reside en las esferas Celestiales, allí no está
de paso. Así está escrito: «Porque forastero
soy para Ti, un residente como todos mis antepasados»
(Salmos 39:13). Y sin embargo, para que el sustento que
recibe de El Eterno no sea caridad, fue enviada abajo, a
este mundo, para adquirir la «mercancía»
de Torá y buenas acciones.
Durante
la estadía de la persona en la Tierra, el Mal Instinto
lo tienta a perder tiempo en periódicos y esas cosas.
Cuando esto sucede, debe replicar con impaciencia que ha
atravesado cientos de miles de millas desde su hogar en
los Cielos para adquirir la mercancía que le ganará
una eternidad de sustento de El Eterno. Esta estadía
en la Tierra está destinada a ser muy breve ¿cómo
puede perder tiempo en empresas frívolas? ¿Qué
excusa le dará a Quien lo envió si regresa
con las manos vacías?
Moisés
nombró a su primer hijo Guershom, porque «...Forastero
(guer) soy en tierra ajena» Éxodo 2:22). Su
segundo hijo se llamó Eliezer, porque «...el
Dios (eli) de mi padre vino en mi ayuda (ezer) y Él
me salvó de la espada del Faraón» (íbid.
18:4) Sería de esperar que llamase a su primer hijo
Eliezer, en gratitud por el milagro mediante el cual El
Eterno le salvó la vida. ¿Qué significado
tenía conmemorar el hecho de ser un forastero?
En
base a lo antes discurrido podemos explicarlo de esta forma:
cuando Moisés llegó por primera vez a Midian,
su futuro suegro, Itró, aún no había
abandonado la idolatría. Sin lugar a dudas su comportamiento
todavía no era totalmente aceptable. Cuando Itró
vino a unirse al pueblo de Israel después del Éxodo
de Egipto, proclamó (íbid. 18:11): «Ahora
conozco que El Eterno es más grande que todos los
dioses». De esta frase deducimos que hasta ese punto
no lo sabía.
Moisés temía que las costumbres idólatras
de Itró lo influyeran. Llamó a su hijo Guershom
para recordar que estaba de paso en Midian, que estaba de
paso en la Tierra. Un día deberá regresar
a su fuente en los altos mundos donde será «un
residente como todos mis antepasados». Este pensamiento
lo ayudará a resistir toda influencia inadecuada
(Torat Habait, cap. 4).
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