Nos enseñan que la Torá es el “programa”
de Dios para la creación, es decir que Él
creó al mundo de acuerdo a la manera en que el mundo
está descrito en la Torá . Esto significa
que la Torá contiene implícitamente la comprensión
más profunda y precisa de todos los aspectos de la
realidad. Sin embargo, no todas sus profundidades son explícitas;
la revelación de las verdades de la Torá es
un proceso continuo que Dios nos ha encomendado completar.
Este proceso ocurre en dos direcciones. Por un lado constantemente
buscamos en el texto de la Torá y en las tradiciones
orales percibir aspectos más y más profundos.
Por otra parte, acumulamos información empírica
acerca del mundo observable y formamos teorías para
explicar nuestros descubrimientos.
Con el fin de llegar a una imagen verdadera de la realidad,
comparamos nuestros hallazgos empíricos con nuestra
comprensión de la Torá y viceversa.
Al enfrentarnos con una aparente discrepancia, bregamos
por obtener una explicación. Puede ser que nuestra
información es incompleta y debemos investigar el
campo más cuidadosamente. O tal vez debemos encontrar
un nivel de comprensión más profundo de la
Torá que comprenda nuestros descubrimientos empíricos.
De esta manera el estudio de la Torá y la investigación
humana se benefician de esta mutua fertilización:
los descubrimientos empíricos y las teorías
que surgen en consecuencia de los mismos, sirven para dirigir
nuestra exploración de la Torá y nos ayudan
a revelar nuevas percepciones que los comprendan, mientras
que la absoluta precisión de la visión de
mundo de la Torá nos ayuda a interpretar nuestros
descubrimientos empíricos.
De todas formas, cuanto más refinada es nuestra comprensión
de determinada disciplina particular o parte de la realidad,
más podemos esperar que refleje la visión
de la Torá acerca de esa misma disciplina. Sin embargo,
mientras la disciplina secular no tome en cuenta la existencia,
presencia e influencia de Dios, esta similitud permanece
en un plano meramente superficial.
Los métodos modernos de la psicoterapia convencional,
de hecho, se asemejan al proceso basado en la Torá,
de sumisión, separación y endulzamiento que
hemos descrito.
La fase de la sumisión en la sicología convencional
consiste en su extensiva preocupación por “límites”
y “fronteras”. En el transcurso de la terapia,
se requiere que el paciente preste atención al “contrato”
entre él y el terapeuta, que define la conducta adecuada
o inadecuada dentro y fuera de la oficina del terapeuta.
Aceptar estas limitaciones implica una forma de sumisión,
aunque hay una diferencia considerable en esencia entre
acceder a reglas y verdaderamente humillar al ego en reconocimiento
a la grandeza y bondad de Dios.
La etapa de separación en la sicología convencional
tiene lugar entre el terapeuta y el paciente, cuando se
establece una distinción entre esos aspectos de la
psique del paciente que son intrínsecos a él,
y los que se originan fuera de él. Muy a menudo,
en el transcurso de una discusión de esa índole,
el paciente entiende que elementos negativos que consideraba
parte integral de su personalidad, son en realidad un elemento
externo que se ha adherido a él, pero que no necesita
seguir cargando. Aquí la distinción (separación)
se hace entre el verdadero ser interno del paciente y la
corteza superflua que lo rodea.
Sin embargo, como la sicología convencional no reconoce
la existencia del alma Divina, es incapaz de ver el valor
redentor del proceso de separación prescrito por
la Cábala, es decir, ignorar los problemas o los
traumas pasados de los que proceden. Para el psicólogo
convencional, esto es “represión”, la
negación de la psique, que rehúsa enfrentarse
con su verdadero ser y permitir que los pensamientos e impulsos
enterrados en la oscuridad del subconsciente emerjan.
Por supuesto que la psicoterapia cabalista también
considera que la represión es un fenómeno
psicológico negativo, porque niega la existencia
de un problema o trauma pasado y pretende que éste
no existe. Cuando pensamientos, impulsos y ansias son reprimidos,
supuran dentro del subconsciente y eventualmente emergen
de la forma más perjudicial. La sumisión y
la separación de las que hemos hablado no son represivas.
Son, por lo contrario, un esfuerzo consciente por neutralizar
nuestro exagerado ego y nuestras exageradas obsesiones con
nuestros problemas (sumisión), seguido por un esfuerzo
de perseguir y concentrarse en el bien ignorando el mal
(separación). Ninguna de esas formas de supresión
implica negar nuestros problemas o sus causas.
El psicoterapeuta convencional, que no atribuye un valor
intrínseco a ignorar el problema, tenderá
a animar a sus pacientes a medirse con sus problemas psicológicos
cuanto antes. Su razonamiento es que de la misma manera
que es mejor tratar problemas médicos apenas aparecen
y no ignorarlos, es mejor tratar con problemas psicológicos
apenas surgen. La segunda etapa del sistema cabalístico,
ignorar la ansiedad con el fin de permitir que el alma Divina
se manifieste, no puede, por lo tanto, ser parte de la terapia
convencional.
La etapa del endulzamiento en la terapia psicológica
convencional es descrita gráficamente por las más
recientes teorías psicológicas, según
las cuales el terapeuta a menudo desempeña el papel
de una madre reflejando los buenos aspectos de su hijo.
Cuando el bien se expande en la conciencia del paciente,
la psique doliente del paciente está teóricamente
curada. Pero como se señaló anteriormente
, una evaluación sincera de una vida no rectificada
revelará típicamente que los buenos aspectos
de nuestra personalidad serán mucho menos significativos
que los malos aspectos. Esta técnica es por lo tanto
muy lejana al endulzamiento verdadero, que es la experiencia
de la luz infinita de Dios penetrando y permeando todo el
ser.
Más aún, la sicología convencional
advierte en contra de una mala sincronización (lo
que nosotros llamaríamos endulzamiento prematuro)
por parte del terapeuta, a quien se advierte que no debe
proponer problemas demasiado escabrosos antes que el paciente
esté preparado para medirse con ellos. Una mala sincronización
puede conducir a una reacción negativa por parte
del paciente y no sólo pone en riesgo el proceso
terapéutico sino posiblemente perjudique al paciente.
Aquí, la necesidad de esperar al momento adecuado
(predicar endulzamiento en separación) es meramente
de facto, y no se basa en el reconocimiento del valor intrínseco
inherente en el proceso de separación, que describimos
anteriormente.
Todo lo anterior sirve para ilustrar el hecho que aunque
hayan semejanzas externas entre la sicología convencional
y el proceso que describimos aquí, hay una diferencia
esencial, y es que la sicología convencional se limita
a los confines del alma animal del paciente y al intelecto
humano del terapeuta, mientras que las prácticas
terapéuticas cabalistas derivan su eficacia de la
revelación de los poderes infinitos del alma Divina
y su conexión con su fuente Divina.
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