Club Hebreo del Libro

Sicología y Cábala

La necesidad del otro:
sumisión dentro de endulzamiento

Ante todo, el simple hecho de articular el problema a otra persona lo endulza hasta cierto punto. Cuando nuestras ideas no pueden ser expresadas, nuestro impulso básico de mejorar nuestras vidas es frustrado. Si tenemos una idea positiva queremos expresarla para contribuir al bienestar propio y al de los demás; si tenemos un problema queremos ventilarlo, para que alguien nos ayude a resolverlo. Hablar es placentero porque relaja la tensión . El placer de la expresión, a su vez, endulza todo aquello acerca de lo que hablamos. Incluso si articulamos un problema, la promesa de solución inherente a la articulación suaviza su filo y nos permite degustar algo del remedio anticipado.

Al articular nuestros problemas, también nos demostramos a nosotros mismos que por más profundos y complejos que sean nuestros problemas, es posible expresarlos, y si es posible expresarlos, eventualmente será posible resolverlos. La articulación también ayuda a enfocar y definir nuestros problemas. Este es un paso de importancia hacia la solución de los mismos, porque conocer la enfermedad es la mitad de la cura.

Más aún, la experiencia de hablar nos enseña, aunque más no fuere en forma subliminal, que no estamos solos en la vida sino envueltos por la presencia y compasión de Dios. Hablar implica un escucha y el escucha más sensible y comprensivo es, por supuesto, Dios Mismo. La necesidad humana de articular, no importa a quién, puede entonces ser percibida como una expresión inconsciente de nuestra fe en la voluntad incondicional de Dios de escucharnos. Esta conciencia de la misericordia de Dios provee aún más consuelo y ánimo al alma doliente, porque nos permite permanecer cercanos y conectados a El pese a nuestras deficiencias.

El asesor puede asistirnos en todas las etapas previas de la terapia. Puede ayudarnos a meditar acerca de la absoluta realidad de Dios, sentir la presencia y la misericordia de Dios apoyándonos, evaluar nuestras vidas, enseñarnos a ignorar nuestras ansiedades, así como enseñarnos el arte de la plegaria meditativa, la plegaria de peticiones y el pensamiento positivo. Aquí el placer de liberarnos puede ser facilitado por la aseveración del asesor que las profundas dificultades que hemos descubierto no amenazan nuestra relación con Dios.

Al articular nuestras ansiedades, demostramos que dependemos de que otras personas (o Dios) nos ayuden a medirnos con ellas. Esta fase de la terapia nos produce una experiencia de humildad, de sumisión.

Este libro integra la colección del Club Hebreo del Libro

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