Parecería que en esta época, la familiaridad
ampliamente difundida con los conceptos de la sicología
moderna nos ha convertido a todos en pseudo-expertos en
análisis de nosotros mismos. De alguna manera así
es como debe ser. La nuestra es la generación de
la Redención final y suprema, que señalará
la aniquilación del mal y la transformación
de su núcleo interno en bien. Por lo tanto se requiere
de nosotros que participemos en el proceso y se nos ha concedido
el poder de hacerlo. Debemos convertirnos en expertos en
la transformación del mal en bien, incluso aquellas
formas de mal que en el pasado era mejor reprimir o ignorar.
A medida que la historia avanza, cada generación
se aleja más de la entrega de la Torá en el
monte Sinaí y por consiguiente se encuentra en un
círculo espiritual más bajo que la generación
anterior. La inmensa revelación Divina que se integró
en la conciencia colectiva del pueblo judío en el
monte Sinaí, se ha diluido gradualmente con el tiempo.
Por esto somos cada vez más susceptibles a los senderos
oscuros que conducen a nuestra mente subconsciente y al
mismo tiempo somos cada vez menos capaces de combatirlos,
especialmente en sus formas más sutiles. De modo
que nos encontramos en el fondo de un prolongado descenso
espiritual desde las alturas de la experiencia del monte
Sinaí, plagados por más oscuridad interna
y ansiedades que toda generación anterior. Y a medida
que transcurre la historia, el énfasis en el proceso
de refinamiento de uno mismo se ha ido desviando de la erradicación
directa de nuestro mal interno (que en otras épocas
se podía hacer con facilidad, porque poseíamos
menos mal y éramos más sanos psicológicamente
hablando), a suprimir e ignorar el mal (ya que éste
está cada vez más atrincherado dentro de nosotros
y ya no somos lo suficientemente sanos como para luchar
con él en forma directa).
Por otra parte, a medida que la revelación Divina
en el monte Sinaí se aleja en la oscuridad de la
historia antigua, cosas que antes eran reconocidas como
dañinas para el cuerpo y el alma han sido aceptadas
como saludables. Así como el mal produce ansiedad,
esta falta de claridad conduce a mayor confusión,
frustración y ansiedad. Sólo este hecho hace
que sea imperativo relacionarnos al mal directamente y revelar
su verdadera naturaleza.
Desde la entrega de la Torá en el monte Sinaí,
el pueblo judío ha bregado incesantemente por elevar
la realidad y el resto de la humanidad ha luchado por adelantar
la civilización. Esto no se ha perdido. Aunque cada
generación es en efecto espiritualmente inferior
que la precedente, los logros de las generaciones son acumulativos.
En este sentido, a medida que avanza el tiempo, el mundo
en su totalidad se ha acercado a la rectificación
total y está progresivamente más preparado
para enfrentar y derrotar al mal.
Más aún: la inminente aurora de la redención
está despertando en nosotros nuestros aspectos más
elevados y sentimos el poder de la era mesiánica
ya corriendo en nuestras venas. Este llamado al poder nos
da coraje para enfrentarnos con el mal de una manera que
generaciones anteriores eran reticentes de utilizar.
Y al ser capaces de hacerlo, se convierte en nuestra responsabilidad,
ya que el advenimiento de la Redención final depende
de la liberación de todas las chispas de bien atrapadas
en la oscuridad. Revelar el mal en nosotros con el fin de
transformarlo en bien no es algo que debamos hacer solamente
por nuestro bien, es también nuestro deber sagrado.
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