En
Salmos (73:25) dice: «¿A quién tengo
yo en los Cielos salvo a Ti? Y fuera de Ti nada deseo en
la Tierra». Permitidme explicar este versículo
con una historia.
El
dueño de cierta tienda vio un día pasar al
empleado de su competidor. Inmediatamente vio en el rostro
del trabajador que algo le sucedía. El tendero se
acercó a él y le preguntó cuál
era su problema. El trabajador replicó que había
sido temporariamente suspendido porque en ese momento no
había trabajo.
«¿Por qué no vienes a trabajar para
mí entretanto? Te ofrezco tres meses de trabajo a
muy buen salario», le ofreció.
El trabajador le preguntó ilusionado «¿Podrías
emplearme en forma permanente?» Pero el tendero respondió
que desgraciadamente no podía.
«En tal caso», dijo el empleado, «no puedo
aceptar tu oferta. He trabajado para el mismo patrón
durante muchos años y yo sé que eventualmente
necesitará más trabajadores. Si cuando él
tenga trabajo para ofrecerme yo no estoy disponible, simplemente
tomará a otra persona. Y cuando el período
en tu tienda se acabe y yo intente volver a él, probablemente
me dirá: ‘¿Dónde estabas cuando
te necesitaba?’ y así perderé mi trabajo
para siempre. Prefiero sufrir de desempleo durante unos
meses que perder un puesto que he conservado durante tanto
tiempo».
Así
sucede en nuestro caso. El Santo, Bendito Sea, nos ha creado
y continúa manteniéndonos. Cada día
Él provee nuestras necesidades. De tiempo en tiempo
sucede que El Eterno oculta Su rostro de nosotros a causa
de nuestras transgresiones. Cuando nuestras fortunas sufren
un descalabro, la tendencia al mal inmediatamente aparece
y nos propone trabajar para ella. Cuando ésto sucede
uno debe preguntarse: «Incluso si el Mal Instinto
cumple sus promesas a corto plazo ¿qué sucederá
cuando finalice mi breve estadía en este mundo y
deba regresar al Cielo? ¿Me ayudará entonces?
¡Por supuesto que no!»
(En realidad, en el otro mundo, el Mal Instinto se convierte
en el fiscal. Así está escrito: «Me
mostró el sumo sacerdote Josué, el cual estaba
delante del ángel de El Eterno y Satán (el
acusador) estaba a su mano derecha para acusarle»
(Zacarías 3:1). Los Sabios nos dicen en el Talmud
(Bava Batra 16a) que Satán y el Mal Instinto son
el mismo poder).
El Talmud también enseña: «Siendo así,
forzosamente habré de volver a mi Dueño original
al final y Él me preguntará por qué
me dirijo a Él sólo en momentos de adversidad:
‘¿Si Soy el Rey, por qué no has venido
antes a Mí’ (Guitin 57).
»¿A quién pediré ayuda? Estaré
rodeado de ángeles santos, cada uno de los cuales
puede consumir al mundo entero en llamas con el aliento
de su boca. ¿A quién me dirigiré sino
al Mismo El Eterno, Fuente de toda misericordia?
«Por lo tanto no puedo permitirme servir a ningún
otro patrón, ni aún temporariamente. Vale
la pena soportar un período de sufrimiento pasajero
en este mundo para poder después refugiarme bajo
la sombra de El Eterno en la eternidad».
Este es el significado del versículo: «A quién
tengo yo en los cielos», es decir ¿quién
en el Cielo podrá ayudarme salvo El Eterno? De aquí
que «fuera de Ti nada deseo en la Tierra» –es
decir que elijo no servir a ningún otro dueño
en esta Tierra.
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