Club Hebreo del Libro

Parábolas de Sabiduría

Midiendo la eternidad
Contando semillas

En el tratado talmúdico de Bava Batra (78b) Rabí Shmuel Bar Najmani dice en nombre de Rabí Ionatan: «¿Qué significa el versículo: ‘Por lo tanto dicen los proverbistas (o gobernantes): venid a (la ciudad de) Jeshbon’ (Números 21:27)? Se refiere a quienes ‘gobiernan’ sus inclinaciones. Exigen: ‘Hagamos la cuenta –jeshbon– del mundo: pongamos en un platillo de la balanza el costo de un precepto y en el otro su recompensa, y la ganancia de una transgresión en uno y su costo en otro’».

Este versículo continúa: «Edifíquese y establézcase la ciudad de Sijón». Rabí Ionatan explica: «Si lo haces (es decir, hacer la cuenta) te ‘edificarás’ en este mundo y te ‘establecerás’ en el venidero».

Cuando la Torá nos urge a «hacer la cuenta», esto debe entenderse literalmente. Uno no debe esperar hasta ser llamado de lo alto para rendir cuentas de sus acciones, porque entonces ya será demasiado tarde. Debemos tomar la iniciativa ahora y hacer la contabilidad de nuestras acciones. Entonces El Eterno tomará nota de nuestros pensamientos y comprobará que reconocemos nuestra culpa. Verá entonces que realmente deseamos corregirnos y que simplemente carecemos de los medios. Nuestra única esperanza es que Él nos aumente el crédito, de modo que podamos pagarle con Su propia munificencia. El rey David escribe: «Porque todo viene de Ti y Te hemos dado a Ti de Tu propia mano». En otro lugar los Sabios comentan: «Quien se sobrepone a su tendencia al mal y confiesa sus acciones se le reconoce el mérito de haber honrado al Santo, Bendito Sea, en dos mundos».

Ahora comprendemos lo que significa «hacer la cuenta». Pero surge otra pregunta: ¿Por qué el Talmud se refiere a esto como «hacer la cuenta del mundo»? Me parece que con esta expresión los Sabios se anticipan a uno de los argumentos de la tendencia al mal.

Lo explicaré con una parábola:

Una vez un hombre le pidió a su compañero que contase el número de semillas que había dentro de una taza. Su amigo lo hizo y le comunicó el resultado. Después le preguntó cuantas semillas habría en un cubo. Sabiendo cuantas tazas llenan un cubo, el compañero hizo rápidamente el cálculo. Después le preguntó cuantas semillas cabrían en una carreta de tamaño corriente. Tampoco este cálculo significó problema alguno.

Continuando con la misma línea de pensamiento preguntó el hombre: «¿Cuántas semillas cabrían en una hilera de carretas de quinientos kilómetros de largo?» Su compañero, que era un excelente aritmético, resolvió también este problema.
Habiendo recibido la respuesta a su última pregunta, nuestro inquisitivo hombre dijo: «Ya que eres tan bueno en esto te pediré que me hagas un último cálculo. Supone que el mundo entero estuviera lleno de grano hasta el cielo y un pajarito encaramado en lo alto de la pila comenzara a consumirla. Si el pajarito es capaz de comer una semilla cada cien días ¿cuántos años le llevará consumir todo el grano?»

Ante esa pregunta el hombre de las respuestas se quedó mudo. Comprendió que prácticamente ningún número podía ser asignado a ese período de tiempo. Pero si lo comparamos con la duración de la eternidad, no sería ni la millonésima parte de la misma. Al fin y al cabo un grano es consumido cada cien días. En mil días, unos tres años, consumirá diez. En trescientos años el pájaro habrá comido mil semillas, aproximadamente una taza. Si lo multiplicamos por un millón y lo volvemos a multiplicar por un millón y otra vez, llegaremos a cierto número de años. Pero la eternidad no tiene límite alguno.

Teniendo esto en cuenta, podemos responder a la pregunta que planteamos respecto a la frase «hacer la cuenta del mundo». Mundo, en hebreo, se dice olam y a veces significa «para siempre» o «eternidad», como en el versículo: «El Eterno reinará para siempre (leolam)».

Quienes «gobiernan sus tendencias» saben contradecir los argumentos de la tendencia al mal. Por ejemplo cuando la tendencia al mal de una persona le dice: «No te preocupes por la eternidad, piensa sólo en el momento», su tendencia al bien debería responder: «¿No comprendes cuán larga es la eternidad?» No creas que la eternidad es similar a cien o mil años. La eternidad es infinita. Si te rindes a tu tendencia al mal, estarías trocando el mundo efímero por uno que dura para siempre.

Lo que dicen los Sabios significa: «¡Calculemos la eternidad!» Si multiplicáramos cien años por cien, una y otra vez, no nos acercaríamos en nada a la eternidad. La pérdida que puede implicar la observación de un precepto no dura sino un instante fugaz en comparación con su eterna recompensa. Debemos reflexionar simplemente en lo que significa «eternidad».

De la misma forma el placer que uno puede derivar de la transgresión dura un solo instante en comparación con la pérdida eterna que causa. Los Sabios observan en Midrash Tehillim: «Quien se entrega totalmente a la transgresión nunca será perdonado».

Así es que si tenemos constantemente presente el significado de «eternidad», buscaremos el arrepentimiento y evitaremos la transgresión, y entonces estaremos «edificados en este mundo y establecidos en el venidero».

(Shem Olam, Cap. 18)

Este libro integra la colección del Club Hebreo del Libro

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