Hay
un versículo que dice: «El sabio de corazón
recibirá los preceptos; más el necio de labios
caerá» (Proverbios 10:8). Quien es sabio es
capaz de apreciar el poder de los preceptos y por ende está
ansioso de conseguirlo. Un necio, por otra parte, se cansa
rápidamente y así es que no logra conseguirlo.
Para el sabio, que conoce la santidad de la Torá,
los mandamientos son un bien valioso.
Esto
puede ser ilustrado con una analogía:
Además
de los diversos libros de contabilidad comunes que lleva
un simple tendero, tendrá probablemente una libreta
especial en la que anota información variada respecto
a sus deudas, a la mercancía comprada durante un
período determinado y a sus ganancias. Sus ganancias
pueden no pasar de unos pocos dólares, pero vale
la pena anotar todas sus transacciones para usarlas en el
futuro como referencia para decidir si hacer compras similares.
Un
libro mayor de este tipo, en el caso de un gran mayorista,
incluiría compras por miles de dólares. También
allí se anotarían las ganancias obtenidas
por cada partida de mercadería. Si las ganancias
para determinada mercadería fueran demasiado reducidas,
el administrador ni se molestará en anotarlas, ya
que no valdría la pena traerlas nuevamente.
Si miráramos los archivos de una firma internacional,
como los de la casa de los Rothschild por ejemplo, encontraríamos
información acerca de aquellas adquisiciones y surtidos
que resultaron ser inversiones provechosas. Sin embargo,
para Rothschild, un beneficio de unos pocos miles no es
nada. Ni se molestaría en atiborrar sus libros con
sumas insignificantes. Si encontramos anotado que cierta
inversión ha sido provechosa podemos estar seguros
que la ganancia debe haber sido de cientos de miles.
Aumentemos esta imagen muchos miles de veces e intentemos
pensar en el libro mayor del Rey del universo. El libro
mayor de El Eterno es nuestra sagrada Torá. De la
fuente de la Torá la creación extrae su existencia.
Así está escrito: «El Eterno me (la
Torá) poseía en el principio, ya de antiguo
antes de Sus obras» (Proverbios 8:22). La Torá
es descrita también como el deleite de El Eterno,
como en el versículo: «Y era su delicia de
día en día» (íbid. 8:30). En
la Torá, El Eterno ha anotado todas aquellas actividades
en las que vale la pena invertir, cuyo potencial de ganancia
es enorme. Por ejemplo en lo que respecta al mandamiento
de añadir flecos –tzitztit– en los extremos
de la vestimenta está escrito: «Para que os
acordéis, y hagáis todos mis preceptos, y
seáis santos a vuestro Dios». (Números
15:40).
¡Qué enorme será la ganancia para que
una inversión sea mencionada en el libro mayor del
Rey! Qué afortunado es quien la observa, seguramente
no se cansará nunca del esfuerzo. Porque si un hombre
se topa con una oferta y comprende que puede ser vendida
por muchas veces su costo, invertirá todas sus energías
en conseguir esa mercancía y en su alborozo no sentirá
nunca cansancio.
Otro, «el necio de labios», por su parte, es
incapaz de apreciar la santidad de la Torá, ni la
ganancia que será su remuneración si invierte
en sus mandamientos. Por esa razón se cansa de observarlos.
Y es por eso por lo que El Eterno reprochó a Israel:
«Sino que de Mí te cansaste, oh Israel»
(Isaías 43:22). Como observa el Midrash: «Todo
el día trabajan y no sienten cansancio, pero cuando
rezan repentinamente los acomete la fatiga».
La misma analogía arriba mencionada puede ser usada
para comprender el otro lado de la moneda.
El simple tendero escribirá en su libreta incluso
aquellas adquisiciones que le hayan causado pérdidas,
aunque la pérdida sea ínfima. En el libro
mayor de un gran mayorista esta anotación indicará
una pérdida de decenas de miles. Si Rothschild advierte
a sus agentes acerca de un mal negocio, probablemente se
refiera a una pérdida de cientos de miles.
Multiplicad esta suma por un millón y comenzaréis
a apreciar qué significa cuando el Santo, Bendito
Sea, nos advierte contra determinada acción en Su
libro mayor (por ejemplo comer leche junto con carne, usar
una mezcla de lana y lino, etc.) ¡Qué enorme
debe ser la pérdida!
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