Club Hebreo del Libro

Parábolas de Sabiduría

El hijo que perdió su dote en malas inversiones

En esta época adquirir una hermosa casa, un elegante vestuario y disfrutar de todos los lujos ya no se considera una extravagancia. Ahora la gente tiende a creer que estas cosas se han convertido en necesidades. Y sin embargo una mínima introspección nos revela que ninguna de esas cosas es realmente esencial.

Imaginemos que alguien ha decidido suplir todas las necesidades de uno de sus colegas –comida, vestimenta y vivienda– a un nivel similar al suyo propio. Seguramente examinará cada una de sus adquisiciones, intentando reducir los gastos en lo posible y eliminando de su lista aquellas cosas que considera superfluas. Se sentirá insatisfecho con cada gasto adicional, diciendo «¡Me parece que ya tiene bastante!»

Sin embargo, si alguna de esas cosas «extras» le parecen necesarias para sí mismo, podemos estar seguros que ha sido cegado por el Mal Instinto.
He usado esa idea para explicar un versículo (Deuteronomio 32:5-6): «La corrupción no es Suya; de sus hijos es la mancha... ¿Así pagáis a El Eterno, pueblo vil e insensato?»

Esto puede ser comparado a la siguiente situación:

Como regalo de bodas un hombre dio a su hijo recién casado una dote de mil monedas de oro y se comprometió a mantener a la pareja durante los primeros cinco años de matrimonio. Al acercarse el fin de ese período, el padre propuso a su hijo que comenzara a buscar alguna forma de mantenerse a sí mismo.
Obedeciendo a su padre, el hijo cogió sus mil monedas de oro y viajó a un bazar distante en busca de mercancías que pudiese vender. En el bazar atrajeron la atención del joven unas hermosas vasijas de oro. Deslum-brado por las vasijas preguntó por su precio. El vendedor replicó que aunque las vasijas eran de oro, se las vendería rebajadas para que también el joven pudiese ganar revendiéndolas. (Las vasijas eran en realidad de cerámica recubierta con oro falso).

El hijo se alegró ante la oferta y le dio al mercader quinientas monedas de su dote para comprar las vasijas, creyéndolas de oro puro. Cambió las otras quinientas monedas por billetes, sin darse cuenta que también estos eran falsos. Habiendo concluido sus negocios regresó a su hogar muy contento, creyendo haber hecho una excelente inversión.

Entretanto, en su pueblo, había llegado un informe a las autoridades del tesoro acerca de una partida de billetes falsos que habían sido introducidos en el pueblo y se organizó una minuciosa búsqueda de puerta en puerta para encontrar el contrabando.

Mientras sucedía todo esto, el hijo llegó a su hogar e inmediatamente fue a casa de su padre para mostrarle sus compras. Primero le mostró las vasijas de oro que había comprado tan baratas. El padre las miró y de inmediato se dio cuenta de que eran potes de cerámica dorados.

«¡Qué tonto que eres!» exclamó, «¡Cómo pudiste pensar que eran de oro! ¿No ves que son de arcilla? No valen ni la centésima parte de lo que pagaste por ellas. ¡Despilfarraste la mitad de tu dote!»

El padre le pidió que le mostrara qué había hecho con la otra mitad de las monedas. El hijo, muy orgulloso, se quitó el cinto donde guardaba los billetes y con mucha ceremonia los sacó, anticipando la reacción entusiasta del padre cuando viera los miles de billetes que había recibido a cambio de las quinientas monedas.

La reacción de su padre no fue la que esperaba. Dándose cuenta de inmediato de que esos billetes debían ser de la misma partida de billetes falsos que los agentes del gobierno estaban buscando en ese momento, el padre palideció de ira.

«¡Bribón! No sólo que no has ganado nada, también has cometido un grave delito. Seguramente la policía te arrestará y te condenará a un terrible destino. Mira cómo me has pagado por todo lo que he hecho por ti desde el día en que naciste. ¡Qué ingrato eres! Te crié hasta que te hiciste hombre e incluso te di una generosa dote. Creí que la usarías para aumentar tu fortuna. En cambio has hecho un negocio estúpido con las vasijas y uno peor aún con los billetes falsos. ¡Quién sabe cómo acabará todo esto y cuanto sufrimiento aún me espera!»

De la misma forma, cuando un hombre llega a esta tierra El Eterno le asigna cierto número de días. En adición Él otorga a cada uno el intelecto necesario para adquirir conocimiento de la Torá y observar los preceptos. Le da asimismo el sentido común suficiente para manejarse en este mundo.

Para nuestra vergüenza, no logramos vivir a la altura de nuestra misión. Despilfarramos una gran parte de nuestras vidas, recursos y habilidades adquiriendo «billetes falsos», es decir transgresiones por las que algún día seremos juzgados. Los «agentes», ángeles acusadores, seguramente nos arrestarán y se encargarán de hacernos castigar.

Gastamos otra gran parte de nuestros recursos adquiriendo «cacharros dorados». En otras palabras, gastamos mucho más tiempo del que necesitamos para sobrevivir en pos de las vanidades de este mundo. Nos complacen enormemente las cosas que hemos adquirido durante nuestra vida, pero cuando un hombre muestra sus «bienes» en el Mundo Venidero, descubrirá que por la mayoría lo llamarán «bribón». Mucho de lo que queda serán sólo cacharros sin valor, por los que despilfarró la preciosa Torá de El Eterno. Por ello será llamado «insensato». Ese es el significado del versículo: «¿Así pagáis a El Eterno, pueblo vil e insensato? ¿No es Él tu padre que te creó?»

A continuación de ese mismo versículo dice: «Él te hizo y te estableció». Esto significa que Él te trajo a este mundo y te proporcionó herramientas intelectuales y medios materiales suficientes para conseguir tu meta final, de la misma manera como lo hace un padre por su hijo amado. Y pese a todo tú lo trocaste por vanidades.

Por lo contrario, quien usa el tiempo en este mundo para observar sus mandamientos será llamado «sabio». Así está escrito: «El sabio de corazón recibirá los mandamientos». (Proverbios 10:8). Quien no logre hacerlo será llamado «insensato».

(Shem Olam, Cap.13)

Este libro integra la colección del Club Hebreo del Libro

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