Uno
debería gozar los días que le han sido concedidos,
porque si los utiliza correctamente para estudiar la Torá
y observar los preceptos, obtendrá la felicidad eterna.
Se unirá a la misma fuente de la vida y se deleitará
en El Eterno para siempre. Si uno reflexiona sobre esto,
se verá invadido por amor a El Eterno por la vida
que le ha concedido.
Cuando
captamos esta idea podemos comprender el sentido del versículo:
«Y circuncidará El Eterno tu corazón,
y el corazón de tu descendencia, para que ames a
El Eterno, vuestro Dios, con todo tu corazón y con
toda tu alma, a fin de que vivas» (Deuteronomio 30,6).
La frase «a fin de que vivas» parece estar fuera
de lugar, pero si tomamos en cuenta lo que hemos enunciado
anteriormente, es evidente que esa frase tiene mucho sentido.
Considerad
la siguiente parábola:
Una
vez un hombre salvó la vida del hijo del rey y como
recompensa le fue concedido el privilegio de pasar veinticuatro
horas en la tesorería del rey, recogiendo toda la
plata, el oro y los preciosos cálices que deseara.
Cuando llegó el gran día, él trabajó
con todas sus fuerzas y logró amasar una enorme fortuna.
Desde
aquel día en adelante su riqueza aumentó hasta
llegar a ser el hombre más rico y famoso del mundo.
Cada año ofrecía un magnífico banquete
a todos los nobles del país para conmemorar el evento.
Esto continuó durante varias décadas, hasta
que finalmente el resto del mundo olvidó el incidente
original que dio origen a su fortuna.
Un
día, en el transcurso del banquete anual, planteó
una pregunta a sus acaudalados invitados: «¿Qué
día es a vuestro entender el más precioso
para mí?»
«Seguramente éste», conjeturaron, «tomando
en cuenta lo hermoso que ha sido ornamentada su mansión,
las sillas cubiertas de oro y sobre la mesa hay un despliegue
de manjares exquisitos. Todos los nobles del país
están sentados en derredor de su mesa y usted mismo
está vestido con galas dignas de un rey».
El
hombre respondió: «Efectivamente, hoy estoy
muy contento. Sin embargo hay un día que nunca voy
a olvidar. Estaba hambriento y vestido con simples ropas
de campesino, sin un solo sirviente para atenderme, y sin
embargo, el éxtasis de cada momento de aquel maravilloso
día fue muchísimo más intenso que el
alborozo que siento en este momento».
Los
invitados murmuraron asombrados a medida que su anfitrión
continuaba la narración: «Me refiero al día
en que se me permitió entrar en la tesorería
del rey y llevarme todas las riquezas que pudiera recoger
en 24 horas. No comí ni bebí durante todo
el día, porque me negaba a abandonar el tesoro ni
por un momento. Mi ropa era simple, nadie me servía
y pese a ello mi alegría no tenía límites
porque con cada momento que pasaba veía crecer mi
fortuna al descubrir otro precioso cáliz o gemas
de valor incalculable.»
«Así
pasé las veinticuatro horas sin sentir hambre a causa
de mi enorme alegría. Hoy es diferente, ya he disfrutado
de mis riquezas y galas por tanto tiempo, que me he acostumbrado
a ellas y no me producen tanta alegría».
El
mismo principio se aplica en nuestro caso. El Eterno nos
ha permitido acceso a Su tesoro más preciado: la
Torá y sus preceptos, cuyo detalle más ínfimo
es más valioso que todas las joyas del mundo. Mientras
el hombre permanece en este mundo tiene permitido adquirir
tanto de ella como desee. Por esta razón debería
sentirse feliz cada día de su vida.
Su
corazón debería rebosar de amor intenso y
firme por El Eterno, aunque su vida en este mundo esté
llena de tribulaciones y sufrimiento. Después de
todo tiene la oportunidad de recoger las joyas más
preciosas. Como lo dice el hombre de la parábola:
mientras estaba en el tesoro su incomodidad física
fue obliterada por su alegría.
¿Por
qué entonces no nos alegramos? El problema es que
nuestros corazones son demasiado insensibles e incapaces
de reconocer el verdadero valor de la Torá y los
preceptos, por ende no podemos experimentar un amor verdadero
por El Eterno salvo cuando Él nos bendice con prosperidad
terrenal.
Pero
en el Mundo Venidero, cuando nuestros corazones sean circuncidados,
apreciaremos el valor de la Torá. Entonces sentiremos
un sincero agradecimiento por cada momento de vida que nos
concedió El Eterno, tal como el hombre de la parábola
apreció cada momento que permaneció en la
tesorería del rey.
Este
es entonces el significado del versículo: «El
Eterno circuncidará tu corazón... a fin de
que vivas». Lo que quiere decir que una vez que vuestro
corazón ha sido circuncidado, Lo amaréis a
El profundamente, sólo por habernos regalado la vida.
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