Los
fundamentos del Judaísmo
La gran obra de Maimónides
Capítulo Octavo
[1]
A Moisés, nuestro maestro, los miembros de Israel
no le creyeron ser enviado de El Eterno por las señales
que hizo, ya que aquel que basa su creencia en señales
siempre tiene dentro de sí dudas, ya que es posible
que tal señal haya sido
hecha por medio de un encanto o brujería. Sino, todas
las señales que Moisés realizó en el
desierto, las hizo por necesidad del momento, no para presentar
una prueba de su profecía. Le fue necesario entonces
hundir a los egipcios, partió el mar y los ahogó
dentro de él; cuando el pueblo necesitó alimento,
hizo bajar el maná; cuando tuvieron sed, les abrió
la roca; cuando se reveló en su contra el contubernio
de Kóraj, los tragó la tierra, y así
con el resto de las señales.
Entonces, ¿en qué momento le creyeron? Cuando
El Eterno entregó la Torá en el monte Sinaí.
Nuestros ojos vieron y no un extraño, nuestros oídos
escucharon y no otro: las realidades del fuego, las voces
y las antorchas; y él se acercó hacia la penumbra
y una voz habló con él y nosotros escuchamos:
¡¡Moisés! ¡¡Moisés!
¡Anda, di a ellos así...! Y así se declara:
"Frente a frente habló El Eterno con ustedes...
(Deuteronomio 5:4), y se ha declarado además:
"no con nuestros padres hizo El Eterno este pacto..."
(Ibíd. 5:3). No obstante cabe preguntar: ¿De
dónde se sabe que la teofanía del monte Sinaí
es la única prueba que la profecía de Moisés
es verídica? La respuesta la declara la Torá
al decir: "He aquí que Yo me presento en el
grosor de una nube para que escuche el pueblo cuando hable
contigo, y entonces también a ti te creerán
para siempre" (Éxodo 19:9). De aquí se
entiende que antes de este momento no le creyeron en forma
total, sino que confiaban en él con ciertos reparos
y pensamientos.
[2]
Resulta entonces que aquellos para quienes fue enviado -es
decir, los miembros de Israel- son testigos de la profecía
y por ende no necesita hacerles ninguna señal. Así
tanto él como ellos son parte de la misma realidad,
como dos testigos que vieron algo simultáneamente,
siendo cada uno de ellos testigo del prójimo en lo
referente a la fidelidad de su testimonio, y ninguno de
los dos debe traer una prueba al otro de su afirmación.
Así Moisés, nuestro maestro, todo los miembros
de Israel son testigos de él después de la
teofanía del monte Sinaí, y no necesita hacerles
una señal. Esto es lo que le dijo El Eterno al principio
de su profecía, en el momento de darle los portentos
a hacer en Egipto, cuando le dijo: "han de escuchar
tu voz" (Éxodo 3:18). Moisés, nuestro
maestro, sabía que la persona que cree como consecuencia
de portentos, tiene interiormente pensamientos críticos
y dudas, y por eso se rehusó a ir, diciendo: "No
me han de creer..." (Éxodo 4:1); hasta que El
Eterno le aseguró que tales señales tendrían
una función sólo hasta que salieran de Egipto,
y después que salgan y se encuentren frente al monte,
desaparecerían todos los pensamientos críticos,
llegando el pueblo a entender que El Eterno le proporcionó
señales para comprobar que le había realmente
enviado desde un principio, no quedando dentro de ellos
la más mínima duda. Esto es lo que la Torá
declara: "Esto será para ti de señal
que yo te he enviado: cuando saques al pueblo de Egipto
servirán a Dios junto a este monte" (Éxodo
3:12). (*)
(*)
La palabras de Maimónides aquí son sorprendentes,
ya que explica el tema en cuestión según los
versículos bíblicos, aunque no ordenadamente.
Sabemos que sobre la teofanía, en el monte Sinaí,
El Eterno le informó a Moisés al principio
de su
profecía, en cambio de Maimónides se entiende
que sólo al final se lo informó cuando Moisés
se encontraba dubitativo si ir o no. (Cf. Lejem Mishné,
ad loc. Sheelot Uteshubot Ralbaj, 51). Maasé Rokéaj
responde que, según la opinión de nuestro
maestro, lo que está escrito al principio "cuando
saques al pueblo de Egipto servirán...", es
necesario ubicarlo al final ya que es la finalidad de todo,
siendo lo que fue redactado después del relato de
cómo se desarrollaron los acontecimientos.
Por
consiguiente, todo profeta que ha de presentarse después
de Moisés, nuestro maestro, no hemos de creerle únicamente
por las señales que realice, de manera tal que digamos
[erróneamente] que si realiza una señal hemos
de obedecerlo en todo lo que nos diga; sino que el principio
está basado en lo que ordenó Moisés
en la Torá diciendo: "Si realiza una señal,
a él deben obedecer" (Deuteronomio 18:22). Del
mismo modo que ordenó decidir un proceso legal por
medio de dos testigos -a pesar que no sabemos completamente
si atestiguaron verdad o mentira- así es una obligación
obedecer al profeta, a pesar que no sepamos si las señales
son verídicas o fueron hechas por medio de hechicería
o magias.
[3]
En conclusión, si se presenta un profeta que realizó
señales y portentos y pretende contradecir la profecía
de Moisés, nuestro profeta, está prohibido
escucharlo, y nosotros sabremos claramente que aquellas
señales fueron hechas por medio de magias o hechicería.
Ya que la profecía de Moisés, nuestro maestro,
no se define como una profecía basada en señales,
como para que comparemos las señales de uno con respecto
al otro, sino que la hemos visto con nuestros propios ojos
y la hemos escuchado con nuestros propios oídos,
así como el mismo Moisés escuchó. ¿A
qué se asemeja esto? A testigos que declararon algo
que una persona vio con sus propios ojos, no del modo en
que lo vio; ciertamente esta persona no les prestará
atención ya que sabe de seguro que mienten.
Por
lo tanto, la Torá declara que al venir una señal
o un portento, no se debe escuchar lo que diga tal profeta,
ya que se ha presentado ante ti con señales y portentos
para refutar lo que tú mismo viste con tus ojos.
Y debido a que nosotros no aceptamos las señales,
sino sólo por lo que nos ordenó Moisés
-¿cómo hemos de aceptar la señal de
éste que pretende refutar la profecía de Moisés,
nuestro maestro, que vimos y escuchamos?
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