Los
fundamentos del Judaísmo
La gran obra de Maimónides
Apéndice
capítulo 3.
La
teoría de las esferas concéntricas.
La
teoría de las esferas concéntricas se elaboró
al parecer en el siglo cuarto a.e.c. por Eudoxo de Cnidio,
para explicar el movimiento de las estrellas. Según
esta teoría (también sostenida por la filosofía
árabe, especialmente Alfarabio) las esferas son nueve
círculos vacíos concéntricos dispuestos
uno dentro de otro, siendo el centro común el globo
terráqueo.
Están hechos de una materia celeste translúcida
(a diferencia de la materia de los cuatro elementos que
se hallan en la tierra); esta materia celeste se denomina
"el quinto elemento", y según Aristóteles
esta materia es el "éter" (De caelo 1:2-3)
o la "esencia material primera" (Ibíd.
1:1) o "la materia primera" (Ibíd. 2:12)
o "la materia eterna" (De anima 1:7) o "el
elemento primero" (Meteorología 1:2-3). La denominación
de "quinto elemento" se encuentra sólo
entre los comentaristas de Aristóteles (cf. Simplicio
a De caelo 1:3).
En
el estuche de la esfera menor, la más interior, cerca
de la tierra, se ubica un punto luminoso: la luna. El movimiento
giratorio de
este globo alrededor de su eje explica el movimiento de
la luna alrededor de la tierra. También en el estuche
de cada una de las esferas se ubica un punto luminoso, un
planeta. Cada uno de los planetas tiene movimiento propio
y diferente del resto. Según la opinión de
Alfarabio, los responsables del mantenimiento de las esferas
son las "inteligencias separadas", llamadas por
él y por Maimónides "ángeles".
Pseudo-Alejandro,
706, 32, precisa que las causas motrices de los
movimientos celestes (las "inteligencias" de las
esferas, siguiendo la expresión de los comentaristas,
no se encuentra en Aristóteles mismo) no deben confundirse
con las "almas" de las esferas. Los astros son,
en efecto, seres vivos que poseen además actividades
prácticas (Praxis), de modo que así se explica
el deseo que tienen por la esfera inmediatamente superior,
y el deseo de la esfera de las estrellas fijas por Dios.
En cambio, las
causas motrices son causas trascendentales de los planetas,
y del mismo modo que el primer Motor es trascendental de
la esfera de las estrellas fijas, las almas de los planetas
son inmanentes y representan la acción y la vida
misma de estos planetas. Esta distinción no es afirmada
en ninguna parte
por Aristóteles, pero se entiende de un pasaje de
De caelo (2,12,292a 20 y sgts.)
Una
de las diferencia entre el sistema tolomeo-aristotélico
y las
enseñanzas de Alfarabio sobre las esferas, se encuentra
en que según Alfarabio sólo existen esferas
concéntricas únicamente; sin embargo, según
Tolomeo existen además de las esferas concéntricas,
"esferas" cuyo centro no es el mismo de las concéntricas.
Estas esferas son de dos tipos:
a)
Esferas excéntricas que giran en torno a la tierra,
pero su centro es distinto al de la tierra.
b) Epiciclos que giran en torno a las órbitas de
las esferas principales.
Hasta
los tiempos de Képler, todos los astrónomos
admitían, como una verdad a priori, que el movimiento
circular bastaba para explicar las revoluciones de los cuerpos
celestes. Según Aristóteles, el universo consistía
en esferas translúcidas, corporales (De caelo 2,
12), dispuestas concéntricamente, que giraban sobre
su eje alrededor de un centro común,
ocupado por la tierra, la cual permanecía sola e
inmóvil. Esta imagen del mundo dejaba, no obstante,
sin explicación los diversos movimientos, retrogradaciones
y desviaciones de los planetas. Así a partir de Eudoxo,
los astrónomos debieron aumentar el número
de las esferas planetarias y combinar no solo las rotaciones
concéntricas en torno a la tierra, sino
también las revoluciones de las rotaciones excéntricas
y de los epiciclos. Como consecuencia la imagen del mundo
era muy compleja y solo encontró en Claudio Tolomeo
su definición teórica. Así la hipótesis
"geocéntrica" se impuso, sin grandes cambios,
en los siglos siguientes, hasta incluso los
tiempos modernos, donde la teoría "heliocéntrica"
de Copérnico (ya profesada en la antigüedad
por Arisatarco de Samos) destronó, no sin pena, a
la teoría anterior y a la imagen universal de las
esferas homocéntricas, y se impuso la teoría
de Képler según el cual las órbitas
planetarias no son circulares, sino elipsoidales.
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