Club Hebreo del Libro

Los fundamentos del Judaísmo
La gran obra de Maimónides

Capítulo Tercero

[7] La esfera novena, la esfera del movimiento diurno, realmente no se divide ni se encuentran en ella ninguna de las formas (constelaciones) mencionadas, ni planetas ni estrellas. Solamente por el hecho que las estrellas se hallen en la esfera octava hace que sean vistan en la esfera novena aquellas que son mayores, como imágenes de las mismas o semejantes a éstas.

Estas doce formas solamente se encontraron en exacta ubicación, con respecto a las partes de la esfera novena, durante el Diluvio, y fue entonces cuando recibieron sus nombres, pero actualmente se han movido un tanto. Ya que todos los planetas que están en la esfera octava giran como el sol y la luna, sólo que estos lo hacen con lentitud. Hacia algunos de ellos el sol (*) se mueve en un día, y por ende se dirige hacia él cada uno de los planetas aproximadamente cada setenta años.

(*) Rab Rubinshtein acota (Maimónides Laam, Mosad HaRab Kuk, ad loc.) que en casi todos los libros impresos la versión es "el sol y la luna se mueven", lo cual es inexacto ya que el recorrido del sol y la luna no son iguales. El sol gira en torno a la tierra (según la teoría heliocéntrica) en 365 días, mientras que la luna lo hace en 29 días, doce horas y 793 segundos. Los comentaristas ya cuestionaron lo anterior (Cf. Jazón Najum ad loc.).
Rubinstein propone corregir el texto basándose en la versión de Oxford donde solamente se lee "el sol", siendo en este punto la versión aceptada para nuestra traducción.

[8] Todas las estrellas que se observan, hay algunas de ellas que son estrellas pequeñas que la tierra es mayor que ellas, y hay algunas que son más grandes que la tierra varias veces. Así la tierra es mayor que la luna en casi cuarenta veces y el sol mayor que la tierra unas ciento setenta veces. Resulta que la luna corresponde a una de seis mil ochocientas partes del sol aproximadamente. No existe entre las estrellas una mayor que el sol y menor que Mercurio, el cual se encuentra en la segunda esfera.

[9] Todos los planetas y las esferas poseen un alma, principio de su movimiento, comprensión e inteligencia; tienen vida y se mantienen, y además conocen a Aquel que habló y creó el mundo. Cada uno, según su nivel y capacidad, alaban y ensalzan a su Creador tal como los ángeles. Y de la misma manera que conocen a Dios, así también se conocen a sí mismos y conocen a los ángeles que se encuentran sobre ellos. La capacidad intelectual de los planetas y esferas es menor que la de los ángeles y mayor que la de los seres humanos.

[10] Dios creó bajo la esfera de la luna (mundo sublunar) una materia que es diferente a la materia de las esferas. Esta materia posee cuatro formas que son diferentes también a la forma de las esferas. Se ha fijado cada forma en parte de esta materia, así:
a) La forma primera, o sea la forma del fuego, se ha unido con la materia y en parte de ella ha surgido el elemento "fuego".
b) La forma segunda, o sea la forma del aire, se ha unido con parte de la materia y ha surgido el elemento "aire".
c) La forma tercera, o sea la forma del agua, se ha unido con parte de la materia y ha surgido el elemento "agua".
d) La forma cuarta, o sea la forma de la tierra, se ha unido con parte de la materia y ha surgido el elemento "tierra".

Resulta que bajo la expansión de los cielos hay cuatro elementos diferentes, uno superior al otro, y cada uno rodea completamente al inferior a él, exactamente como las esferas concéntricas.

El primer elemento, el más cercano a la esfera de la luna, es el fuego; más abajo está el aire, luego el agua y finalmente la tierra, no habiendo entre ellos espacio carente de entidad.

[11] Estos cuatro elementos no poseen movimiento propio y no conocen ni tienen conciencia, sino que son como entidades inertes (*). No obstante cada uno de ellos tiene una naturaleza específica (comportamiento), a la cual no conoce y no comprende y no puede cambiar. Esto es lo que declara David: "Alaben a El Eterno desde la tierra, los cetáceos y los abismos, el fuego y el granizo, la nieve y la bruma" (Salmos 148:7-8).

Siendo la explicación del versículo: "alaben" ustedes, seres humanos, a partir del poderío divino que se observa en el fuego, en el granizo y en el resto de las criaturas, las cuales habitan bajo la expansión de los cielos y cuya grandeza es perceptible por todos.

(*) Así lo expresa Maimónides en Moré Nebujim (II, 6): "Estos elementos no tienen movimiento giratorio como las esferas concéntricas, sino que el reposo es un característica natural. Si son obligados por algún elemento exógeno a dejar su reposo y a moverse, en el momento que la fuerza exógena
lo abandone volverán inmediatamente a su lugar natural. Por ejemplo, una piedra cuyo elemento es la tierra, cuando es arrojada hacia arriba volverá inmediatamente hacia abajo, a la tierra. Así es con el resto de los elementos". Del mismo modo encontramos en el Midrash: "La tierra era vacío y desolación (Tohu va-Bohu) -la tierra estaba sorprendida y aturdida (Tohá u-Bohá), y desolada por su mala fortuna se quejaba: los seres superiores y los
inferiores fueron creados en un mismo momento, sin embargo los seres superiores están vivos mientras que los seres inferiores están inertes".

Este libro integra la colección del Club Hebreo del Libro

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