Los
fundamentos del Judaísmo
La gran obra de Maimónides
Capítulo
Segundo.
[1]
Es un precepto amar y temer a Dios que es honorable y temible,
como se declara: "Y amarás a El Eterno, tu Dios..."
(Deuteronomio 6:4). Y se declara: "A El Eterno, tu
Dios, temerás..." (Deuteronomio 13) (*)
(*)
El amor y el temor a El Eterno son dos formas de relacionarse
con la Divinidad. A través del amor la persona alcanza
una intimidad espiritual con El Eterno que se concreta en
el cumplimiento de los preceptos afirmativos, y por medio
del temor al Ser supremo somos capaces de sobreponernos
en momentos de extrema dificultad, en especial cuando nuestros
impulsos tienden
a hacernos transgredir alguna prohibición. Como Maimónides
expresará en la siguiente ley, el amor a El Eterno
se despierta cuando el ser humano llega a ciertas conclusiones
intelectuales que manifiestan el actuar divino en la creación;
es decir, según esta opinión la relación
en cuestión depende de un nivel de intelección
de la realidad que nos rodea y el reconocimiento de la dimensión
metafísica que la subyace. El temor al Creador puede
ser definido
de dos formas diferentes. El Rabí Israel Salanter
enseña en su libro Or Israel que existen dos tipos
de temores: un primer temor denominado "temor al castigo",
es decir, una relación de alumno a maestro que incluye
un temor específico al reproche, y un segundo temor
llamado "temor reverencial", el cual expresa la
apreciación y valorización de El Eterno como
una entidad del todo diferente a nuestra realidad, una relación
de carácter sublime.
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