3. Es también valiosa la oración
personal en la que el ser humano expresa con sus propias
palabras sus sentimientos y deseos. A través de la
oración personal el hombre puede verter todo su corazón
delante de Su creador y rogarle que en mérito a ella
le conceda todas sus peticiones y plegarias.
Esta oración es deseable en todo momento, incluso
cuando no sea uno de aquellos que han sido designados especialmente
para rezar. También se la puede unir a la Tefilá
establecida, en la bendición “Shomea Tefilá”,
“Que escucha la oración”, que está
contenida en las Dieciocho bendiciones, así como
en “Elokai Netzor”, “Dios mío,
guarda”, que está al término de las
Dieciocho bendiciones, como será explicado más
adelante en el capítulo 7, ley 35.
4. La oración constituye “una escalera sobre
la tierra” (es decir, lo más cercana posible
al corazón del ser humano) “cuya extremidad
llega a los cielos”. Mientras más pura sea
la oración y más de lo profundo del corazón
surja, más será aceptada por el Altísimo.
Además, cada oración tiene un valor en sí
misma. El hombre debe saber que incluso en los momentos
en que le resulta difícil rezar desde lo profundo
de su corazón, Dios siempre escucha su oración.
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