Akavia
ben Mahalalel solía decir: “Reflexiona acerca
de tres cosas y no llegarás a transgredir: Sabe de
dónde vienes, adónde vas y ante quién
debes rendir cuentas (Avot 3:1).
Lamentablemente,
en nuestros tiempos la gente ha perdido su sensibilidad
espiritual y carece de la habilidad de discernir cuál
es nuestro propósito en la vida. Considerad la siguiente
analogía:
Cada año llegan miles de visitantes a la gran feria
anual. Propietarios de las muchas tabernas y restaurantes
situados dentro de la feria y en sus alrededores les dan
la bienvenida con un amplio surtido de manjares.
Entre las multitudes de visitantes hay todo tipo de personas.
Algunas sumamente inteligentes y otras totalmente necias
y el resto se encuentra en algún lugar entre ambos
extremos. Cada uno lleva a cabo sus transacciones de acuerdo
a su nivel de destreza y a sus capacidades. Sin embargo,
ni el más necio de los presentes pensaría
que el propósito principal para asistir a la feria
es comer faisán relleno. Puede que espere impaciente
el momento de probar el manjar, pero sabe que ese no es
el objetivo de su presencia en la feria. Cada uno de los
visitantes está ansioso de finalizar sus asuntos
de negocios de modo que el arduo viaje no haya sido en vano.
Si se le pregunta, responderá cuál es el propósito
de su presencia en el lugar y qué espera lograr.
Y sin embargo, en lo que respecta al propósito de
nuestra presencia en este mundo, el instinto del mal ha
desviado hasta tal punto nuestra atención, que muy
pocos entre nosotros dedican algún pensamiento al
descomunal viaje emprendido por el alma para llegar hasta
aquí desde los mundos superiores. [La morada original
del alma es en el mundo de la Creación. Desde allí
desciende al Mundo de Formación, después al
mundo de las Esferas Celestiales y de allí a nuestro
mundo].
Mucha gente piensa que sus vidas tienen éxito si
pueden vivirlas como si fueran unas vacaciones, con mesas
cargadas con todo tipo de manjares. No dedican un minuto
a pensar a dónde se encaminan. Pero un día
se verán forzados a regresar al mundo superior. Así
está escrito: “Y el espíritu retornará
a Dios que lo creó” (Eclesiastés 12:7).
Cuando comparezcan ante el Santo, Bendito sea, y Sus huestes,
Él exigirá que desplieguen la “mercancía”
que adquirieron en la “feria” de este mundo.
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