La
Mishná dice: “Él [Hilel] solía
decir: ¿Si yo no hago por mí, quién
hará por mí? Pero si hago sólo por
mí ¿qué soy? Y si no ahora ¿cuándo?”
(Avot 1:14). El sabio Hilel solía repetir estas frases
en numerosas ocasiones, y este hecho sugiere que deben contener
un consejo profundo y sagaz, que si se entiende adecuadamente,
servirá para impulsar a una persona a corregir su
conducta y sus acciones en este mundo, de modo que pueda
disfrutar de un deleite eterno.
Estas palabras incluyen muchas ideas elevadas, pero en este
momento quisiera concentrarme en el significado literal
de las palabras, ya que el sabio intenta recordarnos que
nuestro deber primario es animar a otros para que estudien
Torá y hagan buenas acciones a diario.
Esto puede comprenderse mediante la siguiente analogía:
cada día, cierta persona es vista sentada en el mismo
lugar en lo que normalmente es considerado horas laborales.
Un transeúnte, asumiendo que se está evadiendo
de su responsabilidad de trabajar y sustentar a su familia
podría preguntarle: “¿Por qué
no estás en tu trabajo? ¿Cómo mantendrás
a tu familia sentado aquí ocioso?”
Pueden haber varias razones por las que dicha persona esté
allí sentada. Por ejemplo: 1) Puede que sea el propietario
de una gran fábrica con muchos trabajadores. Si tiene
asistentes competentes que supervisan la operación
de la fábrica, su presencia allí es superflua;
2) Puede que posea una profesión altamente especializada,
tal como cortador de diamantes, y gane un salario elevado
trabajando unas pocas horas, por lo que dispone de tiempo
libre; 3) Puede que su trabajo sea de temporada y lo que
gana en unas pocas semanas es suficiente para mantenerlo
por el resto del año.
Esto es precisamente lo que el sabio nos señala.
En la labor celestial, cuyo propósito es sustentar
el alma en el Mundo Venidero, ninguna de las razones arriba
mencionadas son suficientes para justificar el ocio, porque
al hacerlo, está descuidando su “negocio”,
su labor sagrada.
Examinemos esto punto por punto.
Uno no puede permanecer ocioso y confiar en los demás
en lo que respecta a los asuntos espirituales. Los empleados
y asistentes de una persona no pueden ganar por él
el sustento necesario para su alma. Sólo él
mismo puede suministrar su existencia y contento eternos.
Este es el significado de “Si yo no hago por mí”.
Si yo no me hago cargo de aquellas cosas que me conciernen
sólo a mí, es decir mi alma eterna, si no
me empeño en obtener lo necesario para su sustento,
Torá y preceptos, ¿quién hará
por mí? ¿Quién me suministrará
de provisiones eternas? Porque, como hemos dicho, Torá
y buenas acciones no pueden lograrse mediante acciones de
otros, sólo pueden obtenerse a través de la
dura labor de la misma persona por el bien de su alma. [Porque
incluso aquella parte de la Torá que puede ser atribuida
a su favor dada la ayuda financiera que proporciona a otros
para que puedan estudiar, es obtenida mediante sus propios
esfuerzos, ya que los mantiene con su riqueza].
La segunda razón por la que una persona está
ociosa, es decir que no tiene necesidad de ejercer su oficio
durante todo el día porque es capaz de proveer un
sustento considerable en las pocas horas que trabaja, tampoco
es aplicable cuando se trata de abastecer su alma. Porque
el tiempo es poco y la labor es mucha. Aunque uno dedicara
todo su tiempo y esfuerzo únicamente a este propósito,
utilizando cada minuto disponible para Torá y preceptos
durante toda su vida ¿cuánto mérito
podría acumular en una cantidad tan limitada de tiempo?
¿Cuánto valdría?
Este es el significado de la segunda parte de la Mishná:
Pero [incluso] si hago sólo por mí ¿qué
soy? En otras palabras, si todo mi trabajo es en mi propio
beneficio ¿qué soy? ¿Con qué
terminará al final, en comparación al larguísimo
camino a recorrer para alcanzar la meta?
El adinerado sabio Mar Ukva dijo algo similar cuando estimó
la cantidad de sus actos de justicia. Así dijo: “El
camino es largo, pero mis provisiones son livianas [es decir
limitadas]” (Ketuvot 67b). A Mar Ukva, todo su patrimonio
le parecía valer casi nada comparado con la larga
distancia que aún debía recorrer, por lo tanto
dio la mitad de su fortuna a caridad.
Imaginad entonces como habrá de sentirse una persona
corriente al final de su vida, cuando cae en cuenta que
ha invertido sólo un esfuerzo mínimo en preparar
sus provisiones y gran parte de su labor ha sido dedicada
a las vanidades materiales de este mundo. Por lo tanto ¿cómo
puede ser que no haya utilizado las pocas horas en las que
no estuvo trabajando para adquirir Torá y preceptos,
las únicas posesiones que serán suyas para
siempre?
Y sin embargo, si una persona trabaja duramente para mantener
a su esposa e hijos pequeños y especialmente para
pagar la enseñanza de la Torá a sus hijos,
no ha trabajado en vano. Porque además del tiempo
que él mismo dedica al estudio de la Torá,
el cielo considera que toda su labor fue dedicada al propósito
de hacer la voluntad de Dios y dichos esfuerzos resultan
fructíferos.
Pero si una persona dedica todo el día a trabajar
con el fin de costearse lujos y vivir una vida de exceso,
alejada de sus necesidades reales, seguramente sus esfuerzos
no serán realmente en su propio beneficio, porque
¿qué ganará de su labor?
Y peor aún, si despilfarra el dinero que ha ganado
con esfuerzo educando a sus hijos en estudios seculares
o en un ambiente que los aparta del sendero correcto, no
sólo que su labor será en vano, sino que tendrá
que rendir cuentas por sus acciones y pagar por haber desarraigado
a sus hijos de la Torá del Creador.
Lo mismo sucederá con aquel que desperdicia toda
su vida amasando una fortuna para heredarla a su progenie.
Uno tampoco se beneficia de esto, como lo describe Resh
Lakish de su propia experiencia: Resh Lakish dejó
a sus hijos de herencia sólo una pequeña cantidad
de alimentos. Pero se lamentaba de no haber utilizado mejor
ese tiempo, porque el tiempo invertido en proveer esa pequeña
herencia, hubiera sido utilizado mejor estudiando la Torá.
Por ello citó el versículo: “Y dejan
sus riquezas a otros” (Salmos 49:11), para describir
su propia situación.
Y si no ahora ¿cuándo? Esta frase es una respuesta
al argumento de quien gana durante unas pocas semanas de
trabajo de temporada lo suficiente para mantenerse durante
todo el año. Nuestra situación es totalmente
opuesta. Puede compararse a quien durante esa labor de temporada
se deja estar y pierde tiempo. Para él la pregunta
de la Mishná es sumamente pertinente: Y si no ahora,
es decir durante ese tiempo limitado en el que uno tiene
la oportunidad de proveer sustento para uno mismo, ¿cuándo?
Este mundo puede ser comparado a un trabajo de temporada,
porque es durante este tiempo que una persona debe “adquirir”
suficiente “mercancía” para proveer a
su alma vida eterna en el Mundo Venidero. Ahora, en este
mundo, cuando uno tiene la oportunidad de adquirir ese sustento,
si es perezoso y no logra hacer su labor, su alma perecerá
de hambre en el mundo de la vida eterna. A esto se refiere:
Y si no ahora ¿cuándo?
La advertencia de Hilel concierne a todos los casos arriba
mencionados. El hecho es que uno debe aprender a valorar
el tiempo con el fin de no malgastarlo en vano. No debe
engañarse pensando que la cantidad de tiempo que
dedica a estudiar la Torá y a observar los preceptos
es suficiente para proveerle sus necesidades espirituales.
Por lo tanto el versículo nos exhorta: “Todo
lo que puedas hacer, mientras tienes fuerzas, hazlo”
(Eclesiastés 9:10), lo que significa que uno no debe
hacer su labor con pereza o apatía, sino de todo
corazón mientras tenga la fuerza y la capacidad,
porque tiene sólo el día de hoy para actuar.
Después que uno deja este mundo no tiene más
oportunidad de adquirir preceptos y tendrá sólo
aquellos méritos que ha ganado mientras vivía
para sustentar su alma en el Mundo Venidero. A esto alude
el versículo: “Observarás los preceptos
y los estatutos... hoy los cumplirás” (Deuteronomio
7:11), porque dice “hoy” y no “mañana”,
lo que significa que “hoy” [es decir este mundo]
es para adquirir preceptos, mientras que “mañana”
[es decir el Mundo Venidero] es sólo para recibir
la recompensa por los preceptos observados en la tierra.
Por lo tanto es sumamente importante que una persona esté
alerta en lo que respecta a su dedicación a la Torá
y los preceptos en este mundo. Debe preparar suficientes
méritos para sustentarlo no sólo por un año
sino por toda la eternidad.
Implicada en la pregunta “Y si no ahora ¿cuándo?”
está la advertencia de considerar este mensaje todas
y cada una de las horas y todos y cada uno de los días
de su vida. Esto es porque el Santo, Bendito sea, ha predeterminado
la cantidad de estudio de Torá y servicio divino
que cada uno debe cumplir durante cada día dado y
por lo tanto a diario uno tiene una labor que debe completar
ese mismo día. Si uno piensa que lo que descuida
de hacer hoy puede ser hecho mañana, está
equivocado, es una de las estratagemas del mal instinto
para desviarlo del buen camino, haciéndolo descuidar
sus obligaciones espirituales. Siendo que mañana
hay que realizar las labores destinadas para ese día,
uno no puede recobrar la pérdida del día de
hoy en el transcurso de otro día. [Si uno pierde
sus sesión de estudio, por ejemplo, sólo en
ese mismo día puede recobrar el estudio perdido].
Este punto es ilustrado en el Talmud, en Eruvin (65a); allí
los sabios relatan que cada vez que Rav Aja bar Iacov “pedía
prestado” tiempo de su estudio de la Torá [con
el fin de proveer sustento a su familia], lo “devolvía”
por la noche [estudiando el mismo número de horas
durante las horas que generalmente solía dedicar
al sueño].
El versículo nos dice: “Vive tu vida... todos
los efímeros días de tu vida...” (Eclesiastés
9:9), significando que ni un sólo día debe
malgastarse. De la misma manera dice la Torá: “Para
que [las palabras de la Torá] no sean borradas de
tu corazón todos los días de tu vida”
(Deuteronomio 4:9). Según Maimónides esto
significa que “Uno no debe descuidar el estudio de
la Torá ni un solo día, hasta su último
día en la tierra”.
A esta idea alude el versículo: “No digas a
tu amigo ‘Vete ahora y vuelve mañana, que entonces
te lo daré’, cuando lo tienes [y puedes dárselo
hoy]” (Proverbios 3:28): “Tu amigo” es
la tendencia al bien, que es una muy buena amiga, porque
ella aconseja a la persona hacer lo que beneficia su alma
eterna. Por lo tanto uno debe escucharla hoy mismo.
En resumen, uno debería comprender que ha sido puesto
en este mundo por un período limitado de tiempo con
el propósito de estudiar la Torá y cumplir
con los preceptos. Cuando los días asignados han
sido usados, su alma retorna al Mundo Superior donde recibirá
su retribución. Desde nuestra juventud, la tendencia
al mal intenta engañarnos y convencernos que tenemos
mucho tiempo para completar nuestros deberes. Pero esto
es un error, porque como ya lo hemos explicado, cada día
tiene su propósito, que debe ser cumplido ese mismo
día y uno no puede descuidar las obligaciones de
ese día particular a costa de un día diferente.
Una persona debe lamentar cada día que transcurre
en vano. Porque un hombre en este mundo puede compararse
a quien va a vivir a una localidad remota por un período
de tiempo con el fin de llevar a cabo determinada misión,
como está escrito: “Soy un viajero en la tierra,
no me ocultes Tus preceptos” (Salmos 119:19).
La siguiente parábola ilustra esta idea:
Había una vez un joven que vivía en una pequeña
aldea en la campiña. Dada la intensa pobreza que
oprimía toda la región, decidió dejar
su hogar y viajar a tierras distantes, con la intención
de ganar algún dinero para enviar a su familia para
que no muriesen de hambre. Permaneció allí
durante bastante tiempo, pero como era muy perezoso, malgastó
la mayor parte de su oportunidad.
Un día se encontró con un conocido de su pueblo
natal. Intercambiaron impresiones y cada uno preguntó
al otro qué habían estado haciendo desde la
última vez que se vieron. Este conocido, sorprendido
por la forma en que este hombre había perdido el
tiempo, le dijo: “¿Cómo es que estás
aquí sin hacer nada? ¿No viniste a ganar algún
dinero para tu familia?”
“¿Qué te preocupa?”, preguntó
nuestro hombre, “aún me queda mucho tiempo.
Sólo estuve aquí unos veinte años”.
El conocido le respondió asombrado: “¿Estás
loco? Incluso si estuvieras en tu propio país sería
incorrecto malgastar tanto tu vida. Pero tú dejaste
tu hogar con la intención de pasar un período
breve aquí ganando dinero y después regresar.
Deberías haber dedicado cada día a buscar
cualquier empleo. Y en lugar de esto tu me dices que pasaste
aquí sólo veinte años. ¡Es la
respuesta de un necio!”
El mensaje es obvio. El alma humana es literalmente un viajero
en este mundo, como está escrito: “Soy un viajero
para Ti, extranjero como mis antepasados” (Salmos
39:13). Llega a este mundo por una corta estadía
con el fin de adquirir Torá y buenas acciones en
el período de tiempo que le ha sido asignado, pasado
el cual, el alma regresa a sus raíces en lo alto
para adherirse al Creador, la fuente de toda vida.
Desde el momento en que una persona es adulta, debe calcular
cómo utilizar cada hora, para no desperdiciar su
tiempo sobre la tierra. Este es el significado del versículo
que citamos anteriormente: “Soy un viajero en la tierra,
no me ocultes Tus preceptos”. Si uno responde “Pero
tengo sólo veinte años... sólo treinta,
aún tengo mucho tiempo”, se asemeja al haragán
de la historia.
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