Incluso
si todos y cada uno de los hombres se dedicara al estudio
de la Torá todo el tiempo por el resto de su vida,
aún habrían suficientes innovaciones para
todos. Porque cada hombre tiene su propia parte en la Torá:
la parte de cierta persona puede ser la interpretación
de la Biblia, la de otra puede estar en la Mishná
o el Midrash, y la de otro en la Ley. Por esto oramos: “Dadnos
nuestra parte en Tu Torá”. Si vemos que pese
a esto hay gente que permanece en la ignorancia, es sólo
porque sus padres descuidaron su educación o porque
ellos mismos se niegan a estudiar.
Nuestros sabios nos dicen que si Adán no hubiese
trasgredido, el Creador hubiese entregado la Torá
por su intermedio aún en el Jardín del Edén.
Más aún, Adán hubiese vivido los seis
mil años de historia. Ya que todos los seres humanos
hubiesen sido inmortales, el mundo sería mucho más
populoso que lo que es hoy. La ocupación primaria
de esas masas hubiese sido estudiar la Torá, como
está escrito: “El hombre ha nacido para trabajar”
(Job 5:7). Los sabios explican que se refiere a trabajo
en la Torá.
Sabemos que la Torá precedió la creación
del mundo, como dice el versículo: “Cuando
El estableció los cielos, Yo [la Torá] estaba
allí” (Proverbios 8:27). Hay saber y profundidad
suficientes en la Torá para mantener ocupada a la
humanidad por seis mil años.
Teniendo esto presente, podemos ahora aclarar las palabras
de Rabí Tarfón: “El día es corto
y la labor es mucha, los trabajadores son holgazanes”
(Avot 2:15). Un aspecto enigmático de esta afirmación
es la referencia a la brevedad del día, que aparentemente
se refiere a la brevedad de la vida humana. ¿Por
qué incluir esta observación en una crítica
a la pereza humana? Después de todo, es el Creador
Quien determinó la longitud de la vida humana.
Una explicación un tanto forzada sería que
los tres factores mencionados por Rabí Tarfón
son meramente el trasfondo de un único problema:
la incapacidad de la gente de alcanzar lo que se espera
de ellos. Sin embargo, la explicación que ofrecemos
a continuación concuerda mejor con las palabras de
la Mishná.
El “día” [la duración de la vida
humana] es corto sólo a causa de nuestras transgresiones.
Los seres humanos deberían haber vivido durante todo
el tiempo que el mundo existe. Les hubiera dado tiempo suficiente
para estudiar y aclarar toda la Torá. Sin embargo,
a causa de sus transgresiones, los de las generaciones tempranas
y los de las generaciones posteriores, nuestras vidas han
sido acortadas.
Y sin embargo, el trabajo aún es mucho, la Torá
es la misma que fue siempre, nos fue otorgada entera, y
no fue reducida en proporción a nuestra vida. Esto
nos debería impulsar a ser más diligentes,
pero en realidad “los trabajadores son holgazanes”.
La Mishná continúa: “No estás
obligado a terminar la tarea, pero tampoco eres libre de
abandonarla”. No es que por ser culpables de la brevedad
de nuestras vidas debemos completar la tarea hasta el final.
Pero se espera de nosotros que hagamos lo máximo
posible, de la mejor forma que podamos.
Rabí Tarfón agrega: “puedes confiar
en que tu Patrón te pagará por tu trabajo”.
Esto parecería obvio. ¿Qué intenta
decirnos Rabí Tarfón? Esta pregunta es similar
a la que suele preguntarse respecto al versículo:
“Tuya es la misericordia, Dios, porque Tu retribuyes
al hombre de acuerdo a sus actos” (Salmos 62:13).
¿Por qué es un acto de misericordia retribuir
a una persona de acuerdo a sus acciones? ¿No es eso
lo que se merece? Estas preguntas pueden responderse fácilmente
tomando en cuenta nuestra interpretación de la parte
anterior de la Mishná.
Lo explicaré con una parábola:
Una vez un hombre contrató a un trabajador, prometiendo
pagarle el generoso salario de una moneda de oro diaria.
Sin embargo estipuló que el trabajador debía
comprometerse a trabajar diligentemente, sin perder un minuto,
condición que el trabajador aceptó solemnemente.
El empleador, confiando en que su nuevo empleado cumpliera
lo prometido, puso la tarea a su cargo. Sin embargo, pasados
unos pocos minutos, el empleado dejó su puesto.
Al final del día, el trabajador apareció y
pidió su salario. “¿Qué salario?”
preguntó el incrédulo propietario.
“Por el trabajo que hice”, explicó el
empleado, “según el salario que usted me prometió,
me debe tanto y tanto por los minutos que trabajé”.
“Es una desfachatez por tu parte pedir que te pague
por tu trabajo”, dijo indignado el propietario, “después
que confié en ti y dejé todo en tus manos,
debes darte por contento que no te demande por abandonar
tu puesto”.
De la misma manera, El Eterno creó la Torá
antes de crear todo el resto. Incluyó en ella todo
tipo de sabiduría y sólo después creó
al universo y todo lo que contiene. Su plan original era
que el hombre viviera durante toda la duración del
mundo, es decir, todos los seis mil años. Esto alcanzaría
para dominar la Torá entera en todos sus detalles
y desentrañar sus secretos.
El Creador ordenó a Adán que no comiese del
Árbol del Saber, advirtiéndole que provocaría
la aparición de la muerte, pero Adán violó
este precepto. Las generaciones siguientes transgredieron
a su vez, como la generación del Diluvio y la de
la Torre de Babel y en otras ocasiones. Como resultado,
la vida humana se fue acortando gradualmente, hasta llegar
a lo que es actualmente, unos meros setenta años.
¿Cuánta Torá puede dominar un hombre
en tan poco tiempo? Es menos que la noventava parte de los
seis mil años originalmente asignados a la tarea.
Y sin embargo Dios no niega a nadie la recompensa por sus
esfuerzos. Se paga a cada persona de acuerdo a lo que haya
logrado en su corta estadía en la tierra. Este es
el significado del versículo: “Tuya es la misericordia,
Dios, porque Tu retribuyes al hombre de acuerdo a sus actos”.
Este también es el significado de la conclusión
de la Mishná: “puedes confiar en que tu Patrón
te pagará por tu trabajo”. Un empleador humano
estaría furioso si pidiéramos salario en dichas
condiciones, pero el Creador nos paga por cada momento de
servicio.
Finalmente dice la Mishná: “Debes saber que
la recompensa de los justos será en el Mundo Venidero”.
Esto alude a que la recompensa es muy grande, tan grande
que ningún ojo humano la ha contemplado. No es una
recompensa efímera de este mundo. Esta es otra de
las bondades de El Eterno.
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