Últimamente hemos oído
que los pobres tienen prohibido ir a recoger limosnas. Al
parecer nadie se preocupa de salvarlos del hambre.
Aquellos que están a
cargo tienen respuestas preparadas, pretendiendo tener la
mejor de las intenciones. De acuerdo a ellos, el elevado
número de mendigos itinerantes perjudica a los comerciantes
locales que están en dificultades económicas,
porque los mendigos consumen los recursos financieros de
los habitantes, impidiendo que la comunidad provea los fondos
necesarios para asistir a sus propios habitantes necesitados.
Por lo tanto han prohibido a los pobres recoger limosnas
y se ha instituido una colecta para distribuir dinero a
los indigentes locales y se ha establecido un fondo para
ayudar a los comerciantes.
Están seriamente equivocados.
La pregunta sería: ¿Es que la existencia de
un grupo de pobres justifica negar totalmente la ayuda al
resto? Es cierto que no debemos dar a un mendigo itinerante
una gran suma de dinero, pero debemos darle algo (Ioré
Deá 250). Que el cielo prohíba que lo rechacemos
enteramente y dejemos de sustentarlo.
Veamos el peligro potencial
que resulta de una conducta tal.
Leemos en Avot (3:15): “y
todo de acuerdo a la mayoría de nuestras acciones”.
Maimónides comenta esto en su comentario a la Mishná:
Porque
los rasgos positivos de carácter se adquieren sólo
al repetir muchas veces buenas acciones. De esta manera
la persona adquiere una tendencia hacia [dicha conducta],
lo que no sucede cuando hace una buena acción de
grandes dimensiones. Porque esa sola acción no acostumbrará
a la persona a actuar de determinada forma.
Por ejemplo, si una persona da 1000 dinarim a alguien, esta
única acción no la acostumbrará a la
generosidad de la misma manera que si repartiera 1000 dinarim
a 1000 personas diferentes, dando cada dinar con espíritu
generoso. Porque al repetir el acto de generosidad 1000
veces, establece una firme tendencia de carácter.
Por lo contrario, el acto único representa un momento
único en el que su alma se eleva a una actividad
positiva y después ese deseo ya no existe más.
Lo mismo sucede respecto a
la Torá: la recompensa que recibe una persona por
redimir a un cautivo por 100 dinarim o darle a una persona
pobre 100 dinarim y satisfacer de esta forma sus necesidades
no equivale a la recompensa que recibiría por redimir
a diez cautivos o satisfacer las necesidades de diez personas
pobres, aunque le diera a cada una sólo diez dinarim.
Lo
que resulta de este análisis es que la virtud se
adquiere no según el tamaño de nuestras acciones
sino de acuerdo a la cantidad de buenas acciones que hacemos.
De acuerdo a esa proclamación, cada uno debería
dar una suma fija a caridad - tzedaká - todas las
semanas y nada más. Nuestra ciudad se vería
privada de muchos miles de buenas acciones diarias, cada
una de las cuales cumpliría un precepto positivo
de la Torá.
En el pasado, cuando la gente
daba muchos regalos pequeños, cada centavo contaba
por una buena acción. En un año entero perderíamos
millones de buenas acciones que tendrían el poder
de inclinar la balanza a favor. Sólo basándose
en este hecho, deberíamos deshacernos de este impedimento
y anular la proclama.
(Ahavat Jesed, cap.7)
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