NO
ESTES SEGURO DE TI MISMO [QUE NO TRANSGREDIRAS]
Para
persuadir a una persona que se mude a una ciudad donde los
valores espirituales son pisoteados, la tendencia al mal
le hace creer que eso no influirá sobre él.
Si alguien desea la senda espiritual, argumenta la tendencia
al mal, puede seguir siéndolo también allí.
Y si no quiere, nada le impide hacerlo aquí.
Si
consideráis este argumento durante un momento veréis
que contiene su propia refutación. Asume que uno
desea seguir llevando una vida espiritual. Pero ese es precisamente
el problema, es decir, que una vez allí, gradualmente
uno pierde ese deseo. Uno ve a otros, que eran escrupulosos
en su observancia religiosa “en la vieja ciudad”,
y ahora desprecian los preceptos. ¿Soy yo más
justo que ellos? se pregunta a sí mismo. Poco a poco
comienza a imitarlos hasta que finalmente pierde toda restricción.
Podemos
comparar esta situación a un grupo de borrachos que
fueron a relajarse al bar después de un día
de arduo trabajo. Comenzaron pidiendo una y otra vuelta
de bebidas hasta embriagarse completamente y entonces algunos
comenzaron a desvestirse y a cantar y bailar desnudos. Cuando
sus compañeros los vieron pensaron que era una buena
idea y comenzaron a hacer lo mismo.
De
la misma manera, mientras una persona está aún
en su propia ciudad, no puede concebir hasta que punto la
vida se maneja sin leyes en otro lugar. Esto es porque aún
no está borracho. Por esta razón, está
convencido que nada le sucederá si se va al extranjero.
Sin embargo, de la misma manera que uno no sabe como se
comportará después de haber ingerido alcohol,
porque entonces se convierte en otra persona, con un estado
mental diferente, tampoco puede saber como se comportará
en una ciudad o un país extraño.
Lamentablemente
lo hemos visto suceder una y otra vez. Una persona honesta,
temerosa de Dios, llega a las costas de uno de esos países
donde los valores religiosos son contemplados con desprecio
y denigración.
Al comienzo se horroriza. Maldice el día en el que
se vio forzado a enfrentarse con tanta perversión,
y su única esperanza es que El Eterno le permita
escapar cuanto antes. Comprende que jamás podrá
traer a sus hijos a ese país, porque corren peligro
de asimilarse.
A
medida que pasa el tiempo, su actitud comienza a cambiar.
No sólo que no piensa en irse sino que trae a sus
hijos. ¿Qué provocó ese cambio? ¿Es
que los preceptos de la Torá perdieron súbitamente
su valor? ¡Por supuesto que no! La Torá permanece
inmutable. Es su propia sensibilidad a las cosas espirituales
lo que se ha embotado con el transcurso del tiempo. Su alma
se ha ido acostumbrando a su entorno y se ha rebajado.
Los
sabios nos advierten que uno no debe confiar en sí
mismo hasta el día de su muerte. Citan el ejemplo
del Sumo Sacerdote Iojanán, que sirvió fielmente
durante ochenta años y finalmente desertó
a la secta saducea.
Por esto uno no debe ponerse voluntariamente a prueba. El
rey David rogaba: “Aleja mis ojos de toda vanidad”
(Salmos 119:37). David pidió al Cielo que lo protegiese
de toda tentación, de modo que él no tuviese
que sobreponerse a ella.
Pocos
individuos pueden lograr mantenerse fieles a la Torá
y los preceptos en aquel desierto espiritual ¿y quién
puede decir de antemano que él será uno de
esos pocos? Si vieses a docenas de personas caer de un puente
viejo y destartalado ¿intentarías pasar para
probar si tu eres uno de los afortunados que llegan al otro
lado?
Sabemos que muchos de nuestros compatriotas, hombres observantes
mientras estaban aquí, cayeron en un abismo espiritual
desde que se fueron al extranjero. Uno debe preocuparse
por su alma y no correr el riesgo de ir a un lugar donde
probablemente se pierda espiritualmente, aunque eso implique
renunciar a hacerse rico. (Nefutzot Israel, cap.1)
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