Ya
sé que va a decir el lector: “¿Por qué
hacer a un lado dinero para pequeños préstamos?
¿No sería mejor prestarle el dinero de una
sola vez a alguien más substancioso? Al fin y al
cabo los sabios dicen que actos de amabilidad, a diferencia
de la caridad, pueden hacerse tanto con ricos como con pobres”.
Esta
línea de razonamiento es errónea, porque es
un precepto mayor prestarle dinero a los pobres que a los
ricos. La Torá dice: “Cuando prestares dinero
a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo”
(Éxodo 22.24). De este versículo los sabios
derivan la regla según la cual si un pobre y un rico
vienen a pedirte un préstamo, el pobre tiene precedencia.
Si una persona tiene sólo una pequeña suma
para prestar y se la da al rico, no le quedará nada
para prestarle al pobre.
Aprendemos
(en Avot 3:15) que el mundo se juzga de acuerdo a la proporción
de preceptos y transgresiones. Maimónides nota que
la Mishná no menciona la magnitud de los hechos.
Esto indica que una persona puede hacer mucho más
con muchos actos pequeños que con uno grande.
Suponed,
por ejemplo, que dos individuos se enfrentan al precepto
de caridad. El primero decide dar pequeñas donaciones
a un gran número de personas. Su colega, después
de una ardua lucha con la tendencia al mal, finalmente logra
extraer la misma cantidad de dinero de su billetera. Entonces,
en un único acto de voluntad, le da la suma entera
a una persona, una persona de familia rica, que está
atravesando un revés de fortuna. Es correcto según
la ley de la Torá que se dé una suma mayor
a quien está acostumbrado a un nivel de vida más
elevado, sin embargo, el primer hombre tiene mayor mérito.
Cada
vez que una persona hace una acción ordenada por
El Eterno, interioriza la tendencia al bien y su alma se
eleva en consecuencia. Siendo que el primer donante hizo
un mayor número de buenas acciones, interiorizó
más tendencia al bien que el segundo. Este tuvo que
sobreponerse a su tendencia al mal una sola vez, por lo
tanto, cuando arriba se contabilicen los preceptos que ha
realizado, recibirá crédito por una sola acción.
Por
lo tanto, cada vez que hacemos un precepto, éste
nos santifica, como lo mencionamos anteriormente: “Para
que os acordéis y hagáis todos mis mandamientos
y seáis santos a vuestro Dios” (Números
15:39-40). Aquí también el efecto depende
del número de hechos.
La
misma regla se aplica al fondo de préstamos. Estableciendo
un fondo de pequeños préstamos uno puede acumular
cientos de preceptos en un solo año. Esto no sucedería
si le prestase grandes sumas a menos personas.
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