Club
Hebreo del Libro

Pirkei
Abot
SABE
ANTE QUIEN TE AFANAS
El
Eterno no priva a ningún hombre de la retribución
que merece por todo precepto que observa y la recompensa
es determinada de acuerdo a la dificultad en la observancia
de dicho precepto. El Santo, Bendito sea, nos dio los preceptos
por nuestro propio beneficio, para sustentarnos, tanto en
este mundo como en el mundo eterno, como lo indica la Torá:
“Y el Creador nos ordenó cumplir con estos
estatutos...por nuestro propio bien, todos los días,
para darnos vida, como este mismo día” (Deuteronomio
6:24). Esto se refiere específicamente a esos preceptos
que una persona observa con gran dificultad o angustia,
y seguramente su recompensa será enorme, tanto en
este mundo como en el Mundo Venidero.
El Talmud (Sanhedrín 96ª) refiere que el malvado
rey Nabucodonosor [que destruyó el primer Templo]
mereció una gran recompensa. Le fue concedido el
trono del imperio babilónico, con toda la gloria
que acompaña esta posición y mereció
legarle el trono a su hijo y a su nieto. El Santo, Bendito
sea, le dio también el poder de subyugar las bestias
de esta tierra, como dicen los sabios: “Montaba al
león y amarraba una serpiente en torno a su cabeza”.
¿Por qué mérito le fue concedido tal
poder? Meramente porque dio tres pasos en honor a Dios.
[La historia es la siguiente: El rey Jizkiahu de Judá
se enfermó y fue milagrosamente curado. Dios entonces
hizo un acto maravilloso para que todo el mundo se enterara
del milagro: alargó el día en diez horas.
Cuando esto llegó a oídos de Barodaj Baladán,
entonces rey de Babilonia, éste declaró: “Si
tal hombre existe ¿cómo puedo no enviarle
mis saludos?”
Sus escribas compusieron una carta que decía: “Sea
la paz con el rey Jizkiahu, sea la paz con la ciudad de
Jerusalén y sea la paz con el gran Dios de Jerusalén”.
En aquella época, Nabucodonosor era uno de los escribas
del rey, pero estaba ausente cuando se escribió la
carta. Cuando llegó y la examinó dijo: “¡Mirad
lo que habéis escrito! Os referís a Él
como el “gran Dios”, pero Lo ponéis en
el último lugar. Deberíais haber escrito:
‘Sea la paz con el gran Dios y sea la paz con el rey
Jizkiahu de Jerusalén”.
El rey le dijo: “Quien lee el decreto debe ponerlo
en práctica” (es decir que si Nabucodonosor
notó el error, es él quien debe corregirlo).
Inmediatamente Nabucodonosor dio tres pasos para corregir
la carta].
Imaginad, por esos tres pasos que corrió en honor
a El Eterno, Nabucodonosor el malvado fue tan magníficamente
recompensado. ¡Cuánta mayor deberá ser
la recompensa de nuestros antepasados que corrieron ante
el Creador con la fuerza de caballos!
Lo mismo es cierto no sólo respecto a los antepasados,
sino respecto a todos aquellos que en cada generación
se sacrifican para cumplir la voluntad del Santo, Bendito
sea, invirtiendo todos los recursos espirituales y materiales
para cumplir los preceptos. Algunas personas soportan contratiempos
y sufrimiento durante largos períodos de tiempo,
solamente para poder observar uno de los preceptos de Dios
¿Quién es capaz de estimar la grandeza de
su futuro honor y recompensa? Respecto a una persona tal,
dice el versículo: “Y legaré a quienes
me aman” (Proverbios 8:21).
Si uno tuviera siempre presente que su nivel espiritual
se eleva como resultado de sus propios esfuerzos, no sentiría
dolor ni incomodidad algunos al sacrificarse. Esto puede
compararse a una persona pobre que recibiese una moneda
de oro por cada comida de pan y agua que consumiera. Por
lo común se sentiría deprimido por no poder
comer otra cosa, pero sabiendo que será muy bien
recompensado por cada comida, comerá contento su
frugal ración, imaginando la fortuna que le espera
por cada bocado que ingiere.
Esto es infinitamente más importante en lo que respecta
a cuestiones espirituales. Porque la recompensa por la observancia
de los preceptos es ilimitada, tal como dicen nuestros sabios:
Una hora de felicidad en el Mundo Venidero supera a una
vida entera de placer terrenal.
Cada vez que una persona se sobrepone a su tendencia al
mal y dedica todo su ser al servicio de su Creador merecerá
recibir la gran recompensa reservada a los temerosos de
Dios en el mundo futuro, como está escrito: “¡Qué
grande es Tu bondad, que has guardado para quienes Te temen”
(Salmos 31:20).
Uno debería tener presente la frase del sabio: “Sabe
ante Quien te afanas y Quien es tu Señor, Quien te
pagará por tu labor” (Avot 2:14). Permíteme
explicarte lo anterior mediante un ejemplo del mundo de
los negocios.
Cierta compañía firmó un contrato con
un abastecedor local para suplirle una gran cantidad de
mercadería a ser entregada en determinada fecha.
Después de finalizar la transacción el abastecedor
local cayó en cuenta que carecía del crédito
necesario para adquirir la mercancía en cuestión.
Se vio obligado a pedir prestados los fondos hipotecando
sus bienes como garantía, para poder cumplir con
su compromiso. Finalmente, sin embargo, las cosas no funcionaron
y fue muy costoso suplir la mercadería a tiempo y
después de todos los problemas que surgieron ni siquiera
ganó nada de la transacción.
En lo que respecta a las transacciones espirituales las
cosas no funcionan de esta manera. Uno puede estar seguro
que el esfuerzo que invierte en cumplir un precepto será
fructífero y el provecho será aún mayor
cuando mayores sean las dificultades que implica cumplirlo.
Por ejemplo: Un hombre temeroso de Dios reza con un minian
(conjunto de diez hombres mayores de trece años)
tres veces al día. Rubén vive lejos de la
sinagoga y para él es más difícil llegar
que para Shimon que vive cerca. Sin embargo ambos comparecen
diariamente para ofrecer sus plegarias al Creador. Pero
cuando llegue el momento de recibir la recompensa, Rubén
recibirá una recompensa mayor por el esfuerzo extra
que tuvo que hacer para llegar a la sinagoga.
Más aún, cuando El Eterno evalúa la
recompensa por cada precepto observado por cada uno, Él
toma en cuenta cada paso dado por la persona para observarlo.
De la misma manera cada persona será recompensada
por el esfuerzo invertido en abstenerse de cometer una trasgresión.
En otras palabras, la recompensa depende de cuán
difícil es para una persona dada observar un precepto
o abstenerse de cometer una trasgresión. Todo esto
será tomado en cuenta y la persona será recompensada
de acuerdo a la cantidad de esfuerzo invertido en cumplir
la voluntad del Todopoderoso.
De modo que la Mishná nos dice: “Sabe ante
Quien te afanas y... Quien te pagará por tu labor”,
porque tu Señor es el Creador. Él observa
cada paso que das [como está escrito: “Y Él
ve todos sus pasos” (Job 34:21) y cada acción
que haces, para pagar tu recompensa de acuerdo al valor
de tus actos. Porque como dice la Mishná: “La
recompensa es proporcional al sufrimiento” (Avot 5:23).
Nadie será privado de su recompensa. (Davar beitó,
cap.8)

Este
libro integra la colección del Club Hebreo del Libro
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