Club Hebreo del Libro

Pirkei Abot
La Ética del Sinaí

SI UNO ESTÁ DESPIERTO DURANTE LA NOCHE O VIAJANDO SOLO POR EL CAMINO Y SE DEDICA A PENSAR EN TRIVIALIDADES, PONE EN PELIGRO SU VIDA

En el primer párrafo de la plegaria Shemá, recitamos el versículo: “Y los repetirás a tus hijos y hablarás de ellos sentado en tu casa, caminando a lo largo del camino, acostado y cuando te levantas” (Deuteronomio 6:7). Este versículo describe nuestra obligación de enseñar y estudiar Torá. Los sabios nos enseñan que la palabra veshinantem implica que los conceptos de la Torá deben ser tan claros para nosotros que si cualquiera nos preguntase algo acerca de ellos en cualquier momento, deberíamos poder responder sin vacilar.

De la misma manera, en el segundo párrafo del Shemá, recitamos el versículo: “Y los enseñarás a tus hijos, para hablar de ellos sentados en tu casa...”

Ambos versículos indican que debemos emprender el estudio siempre que tengamos un momento disponible, estemos sentados en casa o de viaje.

La Mishná en Avot nos advierte: “Si uno está despierto durante la noche o viajando solo por el camino y se dedica a pensar en trivialidades, pone en peligro su vida”. También respecto al versículo: “porque él ha despreciado la palabra de El Eterno” (Números 15:31), los sabios comentan: “Esto se refiere a quien tuvo la oportunidad de dedicarse a estudiar la Torá pero no lo hizo” (Sanhedrín 99a). Los sabios no dicen necesariamente que es culpable quien no logró estudiar nada. Por lo contrario, puede ser que haya reservado tiempo para estudiar. Pero cada vez que una persona tiene oportunidad de estudiar y no se aprovecha de ella, en ese momento cae en la categoría de quienes “desprecian la palabra del Creador”.

En el tratado de Shabat (31a) aprendemos que una de las primeras preguntas que se le formulan a un hombre que comparece ante el Tribunal Celestial para ser juzgado es: “¿Reservaste tiempo periódicamente para estudiar?” Sin embargo, las autoridades posteriores señalan que aunque una persona reserve tiempo fijo para estudiar esto no lo exime de estudiar en otros tiempos. Debería preocuparse por esa hora de ocio [tiempo durante el que podía haber estudiado pero no lo hizo], ya que puede ser que entonces estuviese ”despreciando la palabra de Dios”.

La Mishná en Peá (1:1) nos dice que el estudio de la Torá es uno de los preceptos que carece de medida. El Talmud de Jerusalén observa que esto significa que no hay un máximo. Reservar tiempos fijos para estudiar es simplemente lo mínimo que uno debe hacer, incluso si estuviera muy ocupado ganándose la vida. Los tiempos fijos deben considerarse inviolables, pase lo que pase. Pero si tiene tiempo libre adicional también debe usarlo para estudiar.

Una vez dedicado al estudio, uno no debe interrumpirlo ni siquiera para observar un precepto si éste puede ser hecho por otra persona que no esté estudiando.

Intentemos comprender por qué la Torá ha impuesto una carga tal sobre el hombre, que no puede descuidar el estudio ni aún cuando camina por un sendero. Pero antes que podamos responder a esta pregunta debemos intentar resolver otro misterio: ¿con qué propósito el alma ha sido expulsada de su hogar en el mundo superior a esta baja tierra, donde deberá vestir una cruda vestimenta física?

Intentaremos responder a esta pregunta con la ayuda de la siguiente analogía:

Imaginad una familia de aristócratas, viviendo entre lujos y comiendo sólo los más finos manjares. Un día, el patriarca de la familia envía a su hijo a un desierto remoto, donde el joven se verá forzado a vestirse con vestimentas gruesas y burdas para abrigarse y comer comida simple. Durante su estadía en el desierto deberá asociarse con gente de baja extracción con quienes no tiene nada en común.

Obviamente el padre tendrá una excelente razón para tomar una medida tan drástica. En realidad, tiene cierta información sobre ese lugar, que al parecer está repleto de gemas preciosas, extraordinarias en tamaño y brillo. Los rústicos locales no aprecian el valor de las piedras preciosas, al ser tan comunes en su tierra. Asumen que piedras de ese tipo se encuentran en todo el mundo.

El hijo del aristócrata, por otro lado, es una persona refinada. Es capaz de discernir la calidad de una gema y si es digna de adornar la corona de un rey. En el transcurso de su estadía en aquel lugar, amasará una fortuna trascendente y cuando regrese a su hogar y despliegue sus adquisiciones, será la envidia de todos.

El caso del alma es similar, salvo que la ganancia es miles de veces mayor. Sabemos que el Rey del universo está rodeado de majestad y esplendor y que las almas tienen un lugar junto a Su trono. Son consideradas Sus hijos, como está escrito: “Hijos sois de El Eterno, vuestro Dios” (Deuteronomio 14:1). Sabemos también que un momento de dicha en el Mundo Venidero es más deseable que toda una vida en este mundo.

¿Cómo es posible, entonces, que Él desplace al alma de ese lugar de honor, y la envíe a un largo viaje en una tierra tan burdamente material? En el camino a la tierra, las almas deben atravesar todos los mundos bajos, y cuando llegan deben cubrirse con vestimentas hechas de polvo terrenal (es decir, el cuerpo humano), porque así es como el hombre fue formado: “Entonces El Eterno, Dios, formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida” (Génesis 2:7).

Esto es aún más intrigante cuando comprendemos que Dios actúa con la mayor benevolencia y misericordia hacia Sus criaturas, especialmente aquellas a quienes Él considera Sus “hijos”. ¿Cómo puede Él enviarlos tan lejos del hogar, vestidos en harapos durante la permanencia en su vida humana? ¿Cómo puede Él hacer que se sustenten de materias derivadas del polvo, en lugar del sustento Celestial al que están acostumbrados?

Obviamente debe haber una elevada razón para ello. Los libros sagrados lo explican así: es cierto que la alegría que experimenta el alma en el reino superior es enorme. Sin embargo, todo lo que allí recibe es un regalo inmerecido. Cuando alguien depende de los favores de otro durante un tiempo indefinido la situación se hace gradualmente insoportable. Esto es cierto incluso cuando se trata de un hijo y un padre, aunque el hijo sepa que el padre desea solamente su bien. Si este es el caso en este mundo, donde el período de dependencia es generalmente limitado, imaginad cuanto mayor debe ser el sufrimiento en el mundo eterno. Si el alma no fuera enviada a este mundo, se vería forzada a vivir de caridad para siempre. Por esta razón El Eterno cree adecuado enviar el alma a un lugar donde pueda ganar su recompensa, de modo que la pueda disfrutar sin vergüenza en el Mundo Venidero.

Se preguntarán por qué el Creador no creó un sistema para aprender Torá y cumplir los preceptos sin tener que dejar el mundo superior. Después de todo nada supera Su capacidad. Siendo así ¿por qué era necesario enviar al alma aquí abajo?

La respuesta es que la recompensa por un precepto es proporcional a las dificultades y al desafío que implica cumplirlo. Un alma incorpórea no se mide con problema alguno para cumplir la voluntad de Dios. Vive en conciencia total de la grandeza de El Eterno, y el temor a Él está continuamente presente.

Estando en el Cielo, el alma es testigo de las decenas de miles de ángeles que santifican el Nombre del Creador temerosos y temblorosos, como está escrito: “millares de millares Le servían y millones de millones asistían delante de Él” (Daniel 7:10). No tienen permitido santificar al Creador cuando lo desean, sino que tienen que esperar ese permiso. Para algunos llega una vez al año, para otros cada siete años y para otros cada cincuenta (Julín 91b). ¿Qué probaría servir a Dios cuando el alma es testigo de todo esto? ¿Y si no hay examen, qué recompensa se merecería?

El Eterno desea que el alma gane su recompensa trabajando duramente. Por esta razón la envía al mundo de abajo. En este mundo, la gloria del Creador está oculta. Aquí no hay señal alguna de la imponente escena arriba descrita. Mediante introspección, uno puede apenas vislumbrar la gloria de Dios, como dice el profeta: “Levantad en alto vuestros ojos y mirad quien creó estas cosas” (Isaías 40:26).

Más aún, El Eterno creó el espíritu de la impureza para desalentarnos de cumplir Su voluntad, y Él lo ha cubierto de burdos ropajes hechos de polvo. Esta vestimenta está empapada de alma animal, poseída por la inclinación hacia la lujuria, la ira y la codicia.

El resultado es que uno se encuentra en el medio de una furiosa batalla entre las diferentes tendencias de su alma animal y su alma espiritual, que se opone a esas inclinaciones. El alma espiritual comprende que uno no ha de vivir para siempre. Un día, el cuerpo físico retornará al polvo y las inclinaciones destructivas provenientes de él desaparecerán. Entonces el alma regresará a El Eterno. El espíritu entiende que su felicidad eterna depende del cumplimiento de la voluntad del Creador mientras se encuentra en este mundo, porque por esa razón ha sido enviado aquí.

La lucha entre sus dos tendencias no tiene lugar una vez al año o una vez al mes o incluso una vez a la semana, sino cada día, de la mañana a la noche.

El Creador, en su gran amor por Su pueblo y por los Patriarcas, quiso que el alma espiritual gane esta batalla. Por ello Se manifestó en el monte Sinaí en presencia de todo el pueblo y Les habló cara a cara. En aquel tiempo Él hizo un pacto con ellos y les dio Su santa Torá. Si uno se sujeta de la Torá tiene la victoria garantizada. Su alma estará unida para siempre a Dios, la Fuente de la verdadera vida, y será capaz de recibir su recompensa con alegría y deleite.

Pero el tiempo es corto y nuestros días son limitados. Por lo tanto El Eterno nos ha ordenado no perder tiempo. De no ser así ¿cuánto será capaz de aprender una persona durante su breve estadía en este mundo, considerando que el mundo al que irá es de duración infinita? Por eso la Torá nos advierte: “y hablarás de ellas estando en tu casa y andando por el camino...” (Deuteronomio 6:7). No hay tal cosa como “tiempo libre”.

Cada palabra que aprende el hombre es un precepto separado. Cuando uno cumple con un único precepto, adquiere un defensor en la corte Celestial. En el transcurso de un período de veinticuatro horas una persona puede acumular miles de preceptos. Si es diligente, puede conseguirse millones de ángeles defensores. ¿Imagináis lo que puede lograr en toda una vida dedicada al estudio?

El pasaje bíblico nos informa que “Las riquezas traen muchos amigos” (Proverbios 19:4). El Gaón de Vilna explica que “riqueza” aquí es la abundancia en saber de la Torá. Los “muchos amigos” que adquiere son los ángeles creados por cada palabra de Torá que pronuncia la persona.

Ahora tenemos la respuesta a la pregunta que hemos planteado antes acerca de la razón por la que el alma es enviada a este mundo. Es necesario para que pueda disfrutar de los frutos de su propia labor para endulzar su recompensa eterna. Esto es posible mediante la estadía del alma en este mundo, donde la persona tiene la posibilidad de emprender una fiera batalla y salir victoriosa.

Ya que es nuestra tarea en este mundo, el Creador requiere de nosotros que no tengamos un solo momento de ocio. Esta es la tierra en la que uno puede adquirir la dicha eterna. Las “piedras preciosas” de los preceptos están sembrados en cada rincón, si la pereza no nos impide recogerlos.

Desgraciadamente la naturaleza humana no aprecia aquello a lo que se ha acostumbrado. Siendo que la Torá y los preceptos están a nuestra disposición y en muchos casos no cuestan nada, mucha gente no las aprecia. Esto es similar a los campesinos en la tierra de las gemas, que no apreciaban su valor. Las ven tiradas por ahí todos los días y ni se molestan en recogerlas porque les parecen tan comunes.

Sin embargo esto es cierto sólo para personas de poca inteligencia. Una persona perceptiva, que no ha sido afectada por la enfermedad de lo material de este mundo, percibe su valor de inmediato. Comprende que es para ellas que llegó a este mundo y como sabe que no va a vivir para siempre, intenta no desperdiciar un minuto. Está constantemente ocupada recogiendo gemas, cada una de las cuales es de valor incalculable.

A esto se refiere el rey Salomón al decir: “Más preciosa es que las piedras preciosas” (Proverbios 3:15). Los sabios explican que todas las piedras preciosas del mundo no se igualan a una palabra de la Torá. El rey estaba calificado para decir tal cosa. Era un gran erudito, como se dice: “Y era el más sabio de los hombres” (Reyes I 5:11), y también un experto en piedras preciosas, como él mismo afirma: “Amontoné también plata y oro y tesoros preciados de reyes...” (Eclesiastés 2:8).

El rey David dijo algo similar: “(las leyes de Dios) deseables son más que el oro y más que mucho oro fino” (Salmos 19:11).

¿Cómo puede uno no sentirse excitado ante la perspectiva de recoger tales perlas? Ni siquiera tiene que arriesgarse a bajar al fondo del mar a buscarlas. Están a nuestra disposición todo el tiempo. Uno necesita solamente dedicarse a la labor. Está escrito: “Porque muy cerca está de ti la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas” (Deuteronomio 30:14).

Uno debe disponer de un rincón en su casa destinado al estudio, de modo que en cada momento libre pueda ir allí y encontrar al deseo de su alma esperándolo. Si lo hace, será afortunado tanto en este mundo como en el venidero (Torat Habait, cap.1).

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