Esta
es la historia del padre de Rashi, quien luego de este acontecimiento
que relataremos se acredita el mérito de que le nazca
un hijo que iluminaría los ojos del pueblo de Israel, todo
gracias a esto que veremos enseguida:
Rabí
Itzjak era un hombre temeroso de Hashem, proveniente de
la simiente de Rabí Iojananlel zapatero, quién era descendiente de la familia
del Rey David. Su señora esposa, también descendía del linaje
del Rey David, y era la hermana del sabio y compositor Rabí
Shimon Hagadol, quién era Rabino de Magentza, que a su vez
era alumno y compañero de Rabeino Guershón, que era quién
alumbraba la generación.
Muy
pobre era Rabí Itzjak. con mucha dificultad ganaba el pan
de cada día y vivía de manera muy ajustada. De todos modos,
jamás se quejó de su pobreza, y su mujer se arreglaba con
lo poco que tenía y recibía con amor el destino que les
había tocado.
Solo
una cuestió perturbaba el corazón de ambos, era que ya había
transcurrido varios años desde su compromiso, y aun no tenía
hijos.
Abundantes
plegarias derramaron delante de Hashem, para que se apiade
de ellos y les de un varón que continúe el camino de ellos
y alumbre sus vidas.
Habían
derramado lágrimas como agua en sus plegarias y aguardaban
con fe y confianza que su pedido se haga realidad.
Rabí
Itzjak se esforzaba tremendamente en busca de conseguir
algún trabajo para llevar unas monedas a casa.
Cierta
vez, habían transcurrido varios días sin obtener ingresos
y el hambre comenzó a hacerse sentir.
Decidió
salir a hasta la costa marítima para ver por si llega alguna
embarcación cargada de mercadería, y él podría conseguir
algunos clientes y recibir algún pago por ello.
Solo
que cuando llegó a la costa vio que todo estaba desolado,
y ninguna embarcación se divisaba en las proximidades.
Comenzó
a caminar emprendiendo el regreso e inmerso en su pensamiento
de que seguramente Hashem le enviará el sustento para su
casa de algún otro lado.
Mientras
se desplazaba camino a la ciudad, y permanecía inmerso en
sus pensamientos, de repente, he aquí divisa a la distancia
algo que brilla semienterrado en la arena.
En
principio pensó Rabí Itzjak que se trataba de un simple
trozo de vidrio que fue arrojado de una de las embarcaciones
que anclaron en el puerto.
De
todos modos, perdido por perdido, decidió acercarse para
verificar de que se trataba el objeto que brillaba en la
arena.
Se
agachó y cavó un poco para extraer el hallazgo y lo alzó.
Comenzó a girarlo en su mano y observaralo desde todos los
ángulos y no podía creer lo que veían sus ojos. He aquí,
se trataba de una gran piedra preciosa como del tamaño de
una nuez.
Pensaba
y balbuceaba: "¿Esto será un sueño o la pura realidad?".
Y cuando comprendió finalmente que en verdad tiene en sus
manos una piedra preciosa, comenzaron a deslizarse
lágrimas por sus mejillas y esbozó una sentida y conmovedora
plegaria de agradecimiento a Hashem que le otorgó este presente
en un momento de tanta necesidad, y ya no necesitaría derrochar
practicamente todas sus energías en busca de alguna changa
a cambio de una moneda.
Se
dio prisa Rabí Itzjak en regresar a su casa para mostrarle
a su esposa el hallazgo, y durante todo el trayecto aprisionaba
la piedra en su mano para que no se le resbale por accidente.
Cuando
llegó, relató a su esposa con rostro resplandecente de alegría
y ojos que parecían emanar chispas de tanta felicidad, sobre
la piedra preciosa que le puso Hashem en el camino.
La
señora, cuando vio el gran hallazgo de su marido, rompió
en llanto como causa de la tan fuerte e impactante noticia
y proclamó alegremente: "Bendito sea Hashem, al fin
terminará nuestra pobreza, pues esta piedra parece ser muy
valiosa!".
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