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Un par de Preceptos
Visitar enfermos - ayudar

La tercera sección del Génesis (Génesis 18: 1 a 22: 24), intitulada “Se reveló” 
-Vaiera- describe la revelación de El Eterno a Abraham, en momentos en que éste se hallaba sentado en la entrada de su tienda.

El día en cuestión se presentaba extremadamente caluroso, por tal motivo no se 
vislumbraban transeúntes circulando por las calles, las cuales mostraban un aspecto 
desértico. (Talmud Babá Metzía 86b)

Además, era el tercer día desde que el patriarca había circuncidado su prepucio. Y no olvidemos que se trataba de una persona de edad avanzada, pues tenía 99 años. 
Sumemos a ello que el tercer día en el proceso de cicatrización de una lesión o 
herida causa notorias molestias. Pese a todos estos contratiempos, Abraham 
aguardaba sentado en el umbral de su tienda con el fin de detectar el posible paso de algún viajero. Ya que de suceder, lo invitaría a pasar a su hogar y recibirlo en calidad de huésped.

ENTRETANTO

En momentos en que se encontraba cambiando el vendaje que cubría su prepucio recientemente circuncidado, el patriarca percibe la presencia de visitantes. Alza su vista, y divisa tres individuos que se mantenían expectantes. 

Abraham comprendió que vieron lo que estaba haciendo y por eso retrocedieron, 
para no causarle alguna molestia. Tras esta conjetura, toma la decisión inmediata de ponerse de pie y salir a toda prisa para rogarles que entren a su tienda. 

Cuando estuvo frente a ellos, les imploró que acepten la invitación. Luego les solicitó que tomen un poco de agua para lavar sus pies, pues creyó que se trataba de árabes que se prosternan al polvo. El patriarca deseaba que se quiten el elemento que idolatran de encima, y no lo ingresen a su hogar, el cual permanecía siempre limpio de todo servicio a dioses paganos. 

Esta fue la visión de Abraham respecto a los aparecidos, pero en verdad ellos no 
eran seres humanos sino ángeles. Su presencia en el lugar tenía una causa bien 
definida, dar cumplimiento a ordenanzas impartidas por El Eterno. Uno debía 
informar a Sara acerca del nacimiento de su primer hijo, pese a ser ya anciana. El segundo, tenía el objetivo de destruir la pervertida ciudad de Sodoma. La misión del tercero consistía en sanar completamente la circuncisión de Abraham y salvar a su sobrino Lot que se hallaba morando entre los habitantes de Sodoma. 

Abraham no sabía nada de esto, y al creerlos humanos, les informó que es su 
intención ofrecerles un convite para almorzar de manera que puedan saciar sus 
corazones. 

Los transeúntes finalmente aceptan la proposición, y se lo hacen saber al anfitrión. 
Abraham lleno de dicha se apresura a llegar a la tienda para solicitar a su señora 
esposa que prepare unas tortas. Inmediatamente después giró y corrió hacia donde se hallaba su ganado vacar, con la firme intención de escoger tres terneras. Ansiaba sacrificarlas con el fin de disponer un delicioso manjar preparado con carne de las mismas delante de sus huéspedes. Deseaba dar a cada uno, una lengua preparada con mostaza, el plato más exquisito de la época. 

Entretanto, mientras el sabroso preparado se terminaba de cocer, el dueño de casa puso sobre la mesa pan y manteca, indicando a los huéspedes que se sirvan. 

Los convidados simularon ingerir lo que había sido dispuesto, aunque merced a su calidad de ángeles, no ingieren alimentos materiales. Pero a sabiendas que no se debe proceder diferente a las costumbres del lugar, si estas no van en contra de la Torá, simularon consumir de lo que fue dispuesto ante ellos. 

Luego, para no mezclar leche con carne, el anfitrión trajo las lenguas a la mostaza y las sirvió. 

MORALEJA 

Esta actitud asumida por nuestro primer patriarca y con más razón la que se narró previamente de El Eterno que lo visita, comprende un sabio mensaje dedicado a toda la humanidad. 

El Eterno nos lega por medio de este acto expuesto la relevancia evidenciada al 
visitar un individuo cuando se halla en estado convaleciente. Pues cuando Él visita a Abraham, éste se recuperaba de su circuncisión, y no se sentía muy bien. Por lo tanto, indudablemente aprendemos la imperiosidad de visitar a los enfermos y revivir su espíritu mediante esa noble actitud.

Los sabios dejaron constancia de este enunciado en sus enseñanzas y escritos. 
Hicieron amplia alusión a la notoria relevancia que implica para la persona que se 
encuentra internada en un hospital, o imposibilitada en su hogar, que se la vaya a visitar. Este registro quedó constatado en el código de leyes judío –Shulján Aruj- y también en los libros de moral y ética.

UNA APRECIACIÓN RUTILANTE

Cuando uno sabe de la existencia en su entorno de alguien enfermo, pero carece de motivación suficiente para concretar esta gran obra de bien de ir a visitarlo, o existen en su interior dudas si hacerlo ahora, en ese caso debe reflexionar profundamente y elevar en el ámbito consciente un concepto elemental. Figúrese que a nadie le agrada soportar que le apliquen inyecciones, rayos, atravesar intervenciones quirúrgicas, sondeos y estudios molestos y dolorosos. Piense que si esta persona que usted conoce padece esa situación, está en estos momentos atravesando esas sensaciones. Discurra qué bien le haría recibir una reconfortante visita que lo reanime. Considere que si a usted le sucediera –Di-s no lo permita- una situación semejante, anhelaría con ansiedad y aguardaría con impaciencia recibir una visita reconfortante. 

Tenga también en cuenta para auto motivarse y movilizarse, que el hecho de tener que permanecer en la cama, o el cuarto que le asignaron, a la espera de los resultados de los análisis, sondeos, o mediciones tomadas, es un tiempo que se torna interminable. Todo el proceso de internación resulta bastante ingrato, y lleva al paciente a inmergirse en un estado depresivo y desconsolado. 

Este panorama permite que la visita de amigos y conocidos que muestran interés por su pronta recuperación y le hablan palabras de aliento, provoque en el 
hospitalizado un vuelco anímico rotundo. Es altamente probable que tras la visita, la alegría que había perdido, se instale nuevamente en este ser, aunque sea 
parcialmente y como gratitud muestre una sonrisa cómplice en su rostro. 

En circunstancias como estas, debe priorizarse el cumplimiento de este precepto tan importante, incluso si para ello es necesario dejar de lado otras actividades.

Visitar a un enfermo, alcanza una relevancia tal, que una sola palabra que salga de nuestra boca puede devolverle la confianza necesaria para poder afrontar el 
tratamiento que le sugirieron con optimismo. Más, a sabiendas de que el estado de ánimo ayuda mucho en estos casos. 

La posición expuesta no solo debe priorizarse cuando nuestro amigo o conocido está en un sanatorio. Debe actuarse con diligencia similar si se halla en su propio domicilio, pero padece alguna anomalía. Es nuestro deber visitarlo para darle ánimo y desearle pronta recuperación. 

El ejemplo en este ámbito nos lo dio el mismísimo Creador del universo, cuando 
visitó al que sería nuestro primer patriarca y fundador del judaísmo, o sea, Abraham.

UN DATO ALEGADO

Además de la reconfortante visita, es sumamente relevante orar por la pronta 
recuperación del paciente. Ha de saberse, que quien pide por otro para que se 
mejore de su dolencia, recibirá él mismo respuesta a su propio problema, si es este similar. 

Lo enunciado quedó constatado en el Talmud (Babá Kamá 92ª): “Quién pide piedad por su compañero, y él mismo necesita lo solicitado, será respondido a priori”.

La mencionada es la base fundamental a aplicar en la vida de uno para que le vaya bien. 

El concepto expuesto permite ser resumido en estas breves palabras: “Dar para 
recibir”. 

La implicancia de lo descrito estimula a obrar generosamente con el prójimo. Cuando uno desea algo, cumpliendo con lo exhibido, es menester dar previamente a otro eso que se necesita, siempre y cuando sea esto posible. Proceder de este modo, ocasionará en el operante la posibilidad de ver grandes maravillas. 

Este que describimos conforma el pilar del judaísmo, y el ejemplo en llevarlo a la 
práctica, fue precisamente Abraham. El patriarca solo sabía brindarse a sus 
semejantes en forma absoluta, y ayudarlos en toda la medida de sus posibilidades. Como está escrito: (Miqueas 7: 2) “La bondad se manifestó en Abraham, la verdad en Jacob”. 

DERIVACIÓN

Los hijos de Israel pertenecemos al linaje de Abraham, por lo que llevamos en la 
sangre y en nuestros genes el deseo de hacer el bien y ayudar a nuestro prójimo. 
Solo que como consecuencia de hallarnos esparcidos por el mundo, soportando la cruel dureza del exilio, se formó sobre nuestros sentidos un poco de “óxido” que tapona esa generosidad heredada. Este obstáculo a veces le impide revelarse plenamente y manifestarse abiertamente. Pero no cabe ninguna duda que la tenemos, y la prueba está en que cuando vemos a alguien necesitado, no nos es indiferente, solo que en ocasiones nos cuesta un poco darle lo que le hace falta por el inconveniente antes expuesto. 

Conocido el contendiente, solo bastará con quitar la capa de óxido que se formó, 
para sacar a relucir todo el potencial heredado, y ayudar a nuestros hermanos en 
toda la medida de nuestras posibilidades. De esta manera, como dijimos antes, 
además de la ayuda proporcionada a los demás, se logrará simultáneamente un auto beneficio. El mismo consiste en que todo eso que damos, sea recibido por nosotros mismos recíprocamente.

FUENTE REFERENTE

En el Pentateuco (Éxodo 30: 12) al solicitarse al pueblo contribuciones para construir el Santuario, consta esta declaración: “Darán los hijos de Israel...”. 

En su original en hebreo, “darán”, se dice: “venatenú” (se escribe: v-n-t-n-v), siendo una palabra capicúa. Es posible leerla indistintamente de atrás hacia delante o viceversa. Esto indica, que todo lo que uno da, retornará en forma recíproca, sin que falte nada de lo que dimos. (Baal Haturim)

Esta causa derivó en Abraham un éxito rotundo en su vida. El exitoso patriarca se convirtió a la postre en el padre del que sería el pueblo elegido de El Eterno, o sea, Israel. Este hombre de bien, solo sabía otorgar al prójimo lo que este necesitaba, no conocía puntos intermedios, se brindaba con entrega total y absoluta, por eso, cada vez se acreditaba más bienes para proseguir con su obra. 

Apreciamos que ni siquiera cuando atravesaba el duro y doloroso proceso de 
convalecencia tras su circuncisión, resultó un obstáculo que le impidió correr e 
implorar a los señores que pasaban, para que ingresen a su casa, coman y 
descansen.

El precepto de recibir huéspedes puede producir efectos impensados, es capaz de revertir en la persona situaciones adversas y devolverle la alegría. 

UNA ANÉCDOTA COLACIONADA

Rabí Eliezer vivía en una aldea alejada junto a su familia. Entre sus virtudes más 
destacadas trascendió la de esforzarse en hacer todo lo humanamente posible para cumplir el precepto de traer huéspedes a su casa. Este deseo austero lo motivó a disponer guardias en los confines del poblado. Les encomendó encarecidamente vigilar atentamente el sector asignado, solicitándoles asimismo que ni bien vean a algún visitante, lo envíen a su casa sin demoras. 

Les encomendó además, informar al huésped que en casa de Rabí Eliezer la pasará bien. Esto último era con el fin de amortiguar la ansiedad del viajero, pues al ser un desconocido en este sitio, es factible que llegue a preguntarse hacia donde ir. De este modo, el visitante se sentía seguro y en buenas manos desde su arribo al lugar.

Inmediatamente cuando llegaba el invitado, el anfitrión le solía entregar un atractivo presente, aun antes de iniciar la comida. Era para que saboree con alegría lo que se le servirá y sepa como se comportan por estos pagos. Más teniendo en cuenta que el necesitado que va de pueblo en pueblo en busca de ayuda, se preocupa primordialmente en conseguir algunas monedas para llevar alimento a su casa. 

EL ANFITRIÓN ES ALABADO 

Cierta vez, Rabí Eliezer fue elogiado en las alturas celestiales por su excelente 
conducta. Esta aseveración presentada indujo a la corte celestial a ponerlo a prueba. 

Los ángeles se preguntaron uno al otro ¿Quién descenderá para someterlo a 
prueba?. El ángel rebelde se ofreció voluntariosamente, ¡Yo iré!. 

Aunque en ese momento irrumpió el profeta Eliahu -Elías- y manifestó: “No es bueno que tú vayas, ¡Yo lo haré!”. 

Finalmente la misión fue llevada a cabo por el profeta Eliahu. En Shabat, después del mediodía, se presenta con aspecto de menesteroso, portando su bastón y mochila de pastor. Llegó hasta la finca de Rabí Eliézer y saludó con el tradicional “¡Shabat Shalom!”

Lo usual para un caso así hubiera sido que lo expulsen de la casa en forma rotunda e inmediata. Pues uno tiene su familia que formó y educó con mucho esfuerzo, inculcándoles con paciencia y amor la importancia de respetar el Shabat y los preceptos. De este modo se logra a través del tiempo armonía plena en el hogar, a la cual pretende uno resguardar. Por lo tanto, cuando se presenta alguien violando adrede todas esas reglas que con tanto esfuerzo fueron implantadas y aceptadas en el seno familiar, lo más sensato es que ese sujeto sea expulsado sin reparos. 

Lógica es considerada la reacción que el dueño de casa manifiesta al decidir apartar el mal ejemplo de su preciado núcleo familiar, desaprobando el ingreso de un extraño que cause una influencia negativa. 

En nuestro caso, este sujeto aparecido en forma repentina, portaba sus implementos de pastor, estando prohibido cargar cualquier tipo de objeto en este día tan importante y sagrado para el pueblo judío como lo es el Shabat. Lo más lógico hubiese sido una expulsión instantánea de la finca, sin mayores reparos.
Pero Rabí Eliezer no obró así, pues se trataba de una persona muy paciente y 
bondadosa. Se rehusó a actuar con rigidez y rechazó de plano la idea de ofender al visitante. 

Inmediatamente lo recibió, le sirvió la tercera comida que se estila durante el Shabat -Seudat shlishit-, y cuando hubo oscurecido, y las estrellas se divisaban en el imponente firmamento, invitó al huésped, a participar de la cena que se acostumbra realizar para despedir al Shabat, conocida como “Melave Malka”. Luego de platicar y compartir gratos momentos, le indicó el cuarto que le había sido asignado para pasar la noche, y le mostró su cama. 

Al día siguiente, por la mañana, el anfitrión le entrega un presente y no le recuerda en absoluto acerca de su trasgresión del Shabat propinada el día anterior, pues no deseaba avergonzarlo. 

Cuando el profeta Eliahu vio sus modales y conducta, se dio a conocer informando: 
“!Has de saber que yo soy el profeta Eliahu y vine para probarte, y como recompensa por haber aprobado el examen, te nacerá un hijo que alumbrará los ojos de los hijos de Israel!”. 

De este modo Rabí Eliezer se acreditó el nacimiento de un hijo prodigio, Rabí Israel Bal Shem Tob. (Taamei Haminhaguim, minhag 217 - “Rajamei Haab”)

MORALEJA

Apreciamos la exuberante envergadura manifestada en el precepto de visitar a los enfermos, y recibir huéspedes. Todo esto es parte de las enseñanzas que constan en nuestra Sagrada Torá legada por El Eterno. Estos dos preceptos hoy estudiados, sabiamente aplicados, oficiaran como conducto certero para conducirnos a una vida grata y dichosa, con final feliz, plena de disfrute y goce en el Mundo Venidero.

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