En las sinagogas de todo el
mundo se lee esta semana la sección del Pentateuco que narra
la muerte del patriarca Jacob. El padre de las 12 tribus
de Israel. Por tal razón, abordaremos en esta oportunidad
este tema, brindando amplios detalles del hecho.
El patriarca Jacob vivió en Egipto durante diecisiete años,
tras lo cual enfermó. En ese momento, envió a llamar a su
hijo Iosef, que era el virrey de Egipto.
Iosef al escuchar la noticia no se demoró, y llegó rápidamente
hasta donde se hallaba su padre.
Fue entonces cuando Jacob dijo a Iosef y sus hijos: “yo
voy a morir, y el Di-s de vuestros padres os recordará,
y tornará a vosotros a la tierra que juró dar a vosotros
y a vuestros hijos que os sucederán. Y ahora, tras mi deceso,
sepultadme en la cueva que está en el campo de Majpela,
en Jebrón, en la tierra de Kenaan, con mis padres”.
Luego hizo jurar a sus hijos que lo enterrarán en la cueva
de Majpela que está en Jebrón, y ellos le juramentaron.
Posteriormente el patriarca les encomendó: “Sirvan al Eterno,
vuestro Di-s, pues Él salvará a vosotros de toda aflicción
que os sobrevenga, tal como salvó a vuestros padres”.
A continuación Jacob pidió: “¡Llamen a todos vuestros hijos!”.
Ellos así lo hicieron, y todos se sentaron frente a él.
Entonces el patriarca los bendijo pronunciando estas palabras:
“El Eterno, el Di-s de vuestros padres aumente sobre vosotros
como los que sois mil veces, os bendiga, y os otorgue la
bendición de Abraham, vuestro patriarca”.
Al día siguiente, Jacob llamó nuevamente a sus hijos, y
ellos se congregaron y sentaron frente a su padre.
En ese día los bendijo, antes de fallecer, dando a cada
uno una bendición específica.
También Jacob encomendó a sus hijos en ese día este recado:
“Yo me reuniré el día de hoy con mi pueblo, transpórtenme
de Egipto, y sepúltenme en la cueva de Majpela, tal como
os ordené. Pero cuiden por favor, de que no me cargue alguno
de vuestros hijos, sino únicamente vosotros.
Esto es lo que harán cuando lleven mi cuerpo a la tierra
de Kenaan para darme sepultura: Yehuda, Isajar y Zebulún,
cargarán mi ataúd por el extremo este. Reubén, Shimón y
Gad, lo harán por el sur. Efraim, Menashe y Biniamin, por
el oeste. Dan, Asher y Naftali, por el norte.
Levi, no ayudará en el transporte, pues él y sus hijos cargarán
el arca del pacto del Eterno con Israel, en el campamento.
Tampoco mi hijo Iosef cargará, pues al ser el rey debe guardar
sus honores, pero Menashe y Efraim, sus hijos, lo reemplazarán.
Así procederán cuando me trasladen, no disminuyan nada de
todo lo que les ordené, y será cuando hagan acorde a mi
solicitud, que os recordará El Eterno para bien, y también
a vuestros hijos por la eternidad.
En tanto vosotros, hijos míos, honraos los unos a los otros,
y también a sus parientes, y encomendad a vuestros hijos
y nietos, que sirvan al Eterno, el Di-s de vuestros padres,
todos sus días. Esto, para que se prolonguen vuestros días
sobre la tierra, los de vuestros hijos y los de los suyos,
por la eternidad, si hicieren lo bueno y recto ante los
ojos del Eterno, vuestro Di-s, yendo en Sus caminos”
Pero tú Iosef, hijo mío, soporta por favor la culpa de tus
hermanos, y todo el mal que te hicieron, pues Di-s lo consideró
para beneficio tuyo y de tus hijos. Y no abandones hijo
mío, a tus hermanos ante los habitantes de Egipto, y no
les causes angustias. Pues los encomendé en manos de Di-s,
y a ti concierne cuidarlos todos tus días ante los egipcios”.
Los hijos de Jacob respondieron a su progenitor: “Todo lo
que nos ordenasteis haremos padre, solo, por favor, que
esté nuestro Di-s con nosotros”.
Jacob les dijo: “Di-s estará con vosotros, al cuidar ustedes
Sus caminos. No os apartéis de todos sus senderos a derecha
o izquierda, cuando hagáis lo bueno y recto en sus ojos.
Pues yo sé, que muchas aflicciones y males os sobrevendrán
en los días postreros en esta tierra, en la cual habitarán
vuestros hijos, y los de ellos, pero sirvan al Eterno y
los salvará de toda pena.
Será si fueren detrás de Di-s para servirle, y enseñaren
a vuestros hijos, y los de ellos, a conocer al Eterno, entonces
levantará El Eterno un salvador de entre vuestros hijos,
y os redimirá de toda aflicción. Además, os sacará de Egipto,
para regresarlos a la tierra de vuestros padres, para que
la hereden y vivan seguros”.
LA MUERTE DE JACOB
Jacob acabó de ordenar a sus hijos, recogió sus pies sobre
la cama, expiró, y se reunió con su pueblo.
Iosef cayó sobre su padre, clamó, lloró sobre él, y lo besó.
Luego llamó con voz amarga: “¡padre, padre!”.
También vinieron las mujeres de sus hijos, y toda su casa,
quienes quebrantados, lloraron junto al cuerpo de Jacob.
Luego se levantaron todos los hijos de Jacob, y juntos rasgaron
sus vestidos, colocaron arpillera en sus lomos, cayeron
sobre sus rostros y arrojaron polvo sobre sus cabezas.
La noticia también le fue dada a Osnat, la mujer de Iosef,
quien se levantó, vistió arpillera, y fue a llorar a Jacob,
y con ella lo hicieron todas las mujeres de Egipto.
Asimismo todos los hombres de Egipto, quienes conocían a
Jacob, llegaron hasta el lugar, luego de haber escuchado
la trágica noticia, y lloró todo Egipto a Jacob por muchos
días.
Del mismo modo, de la tierra de Kenaan, llegaron individuos
que oyeron sobre el perecimiento de Jacob, y lo lloraron
durante setenta días.
Luego de eso, Iosef ordenó a sus siervos, los médicos, realizar
el proceso que permite la conservación del cuerpo, aplicando
diferentes hierbas aromáticas sobre el mismo.
La orden del virrey fue cumplida, y el duelo por el patriarca
aun seguía manifestándose en todo Egipto.
CAMINO A LA SEPULTURA
Pasados los setenta días que duró el llanto, dijo Iosef
al Faraón: “iré, y sepultaré a mi padre en la tierra de
Kenaan, tal como me hizo jurar, y regresaré”.
El Faraón envió a Iosef diciéndole: “Ve y entierra a tu
padre tal como dijo y le juramentaste”.
Iosef y todos sus hermanos se levantaron para ir a la tierra
de Kenaan a sepultar a su padre, como el patriarca les ordenó.
En tanto, el Faraón ordenó hacer correr la voz en Egipto:
“Todo aquel que no vaya con Iosef y sus hermanos a la tierra
de Kenaan para sepultar a Jacob, morirá”.
Todo Egipto escuchó la voz del Faraón, por lo que se plegaron
al cortejo, también todos los siervos del Faraón, los ancianos
de su casa, y la totalidad de los ancianos de Egipto.
Además se unieron todos los ministros y comandantes del
Faraón, y los siervos de Iosef, y fueron a enterrar a Jacob
en la tierra de Kenaan.
Los hijos de Jacob cargaban el ataúd en el que el patriarca
se hallaba, y todo lo encomendado por él, fue realizado
por sus hijos.
El lecho fúnebre era de oro puro, y piedras preciosas revestían
el contorno. La cubierta había sido tejida por expertos
con fibras de oro sujetada por hebras, y sobre ellas había
broches elaborados con piedras preciosas.
Sobre el féretro, Iosef colocó una gran corona de oro, y
un bastón del mismo metal, además, dispuso un techo, como
se estila con los reyes en vida.
Todas las tropas de Egipto se unieron a la caravana, desplazándose
en la delantera, los hombres más destacados del Faraón,
y los de Iosef, y a continuación, todos los habitantes de
Egipto.
La totalidad de los individuos iban ceñidos, con sus espadas,
y armaduras puestas. También llevaban sus galardones de
guerra.
En tanto, los que lloraban iban lejos de estos hombres,
acompañando al ataúd, mientras el grueso del pueblo, caminaba
detrás de ellos.
Iosef, por su parte, y la gente de su casa, se desplazaban
juntos, cerca del féretro, descalzos y llorando, mientras
los siervos del virrey, y sus guardias, lo hacían en su
derredor. Cada uno de ellos llevaba sus armas ceñidas, y
sus galardones de guerra.
Cincuenta de los siervos de Jacob se desplazaban delante
del ataúd, y esparcían por todo el camino todo tipo de fragancias
aromáticas, y los hijos de Jacob, quienes transportaban
el féretro, caminaban entre ese aroma.
LA DISERTACIÓN
El cortejo llegó hasta el lugar llamado “Goren Aatad”, que
se halla en el pasaje del río Jordán, y disertaron allí
tal como se estila hacer con los que fallecen, donde se
habla y rememora acerca de la vida del finado. Esa ceremonia
fue mucho mayor a otras ocasiones similares, llevadas a
cabo con otros individuos que perecieron.
El hecho fue oído por la totalidad de los reyes de Kenaan,
y cada uno de los treinta y uno que eran, junto a sus hombres,
salieron de sus sitios para participar del homenaje y llorar
a Jacob.
Los reyes vieron sobre el féretro la corona de Iosef, por
lo que cada uno se quitó la suya, y la colocó al lado de
la del virrey de Egipto, quedando rodeada completamente
por las de ellos.
Los treinta y un reyes participaron fervorosamente en la
disertación, junto a los hijos del patriarca y los pobladores
de Egipto, pues ellos conocían la valentía y el poder de
Jacob y sus hijos.
La noticia del fallecimiento de Jacob llegó hasta los oídos
de Esav, quien residía en el monte de Seir. Por tal razón,
se levantó, y junto a sus hijos, nietos, hombres de guerra,
y toda su casa, fueron a participar del homenaje por Jacob,
y a llorarlo.
Aconteció cuando hubo llegado, que nuevamente todo Egipto,
y Kenaan, esta vez junto a Esav, disertaron ampliamente
sobre la vida de Jacob en ese lugar.
Luego los hijos del patriarca cargaron el féretro, y prosiguieron
su marcha hacia Jebrón, para sepultar a su progenitor en
la cueva, junto a sus padres.
EL ARRIBO
Finalmente, llegaron a Kiriat Arba (que es Jebrón), al lugar
donde se hallaba la cueva. Aconteció en ese momento, que
se levantó Esav con todos sus hijos y hombres, frente a
Iosef y sus hermanos, para objetar acerca de los derechos
sobre ese sitio.
Dijeron: “No será enterrado Jacob en ella, pues esa cueva
es nuestra y de nuestros padres”
Iosef y sus hermanos escucharon las palabras de los hijos
de Esav, y se conturbaron mucho, por eso, el virrey de Egipto
se acercó a Esav y le dijo: “¿Qué significa eso que han
hablado?. Mi padre Jacob la adquirió de ti por un valor
altísimo, cuando se produjo el deceso de Itzjak, ya hace
al día de hoy veinticinco años. Y también toda la tierra
de Kenaan él la adquirió de ti, de tus hijos, y de los que
les nacieren en el futuro. Pues Jacob la compró para sus
hijos y los que les nacieren a ellos en el futuro por la
eternidad. Y ¿por qué hablas el día de hoy de esa manera?”.
Esav respondió: “Es mentira lo que dices, pues no he vendido
lo que es mío en toda esta tierra que hablas, y tampoco
mi hermano Jacob adquirió nada de todo lo mío en esta tierra”.
Esav hablaba de esta manera para debilitar el argumento
de Iosef, pues sabía que él no estaba en esos días, cuando
se produjo la transacción.
Iosef dijo a Esav: “Mi padre escribió un documento, en el
que consta tal operación, y en el mismo figura la existencia
de testigos. Tal documento se encuentra en este momento
en Egipto”.
Esav respondió: “Traigan el documento, y acorde a todo lo
que allí esté certificado haré”.
Iosef llamó a Naftali y le solicitó: “Date prisa y no te
detengas, corre por favor a Egipto, y trae todos los documentos
de la transacción y también los primeros, que constatan
acerca de la primogenitura”.
Naftali hizo como su hermano le pidió, y partió velozmente
rumbo a Egipto, pues corría más rápido que los ciervos,
a tal punto que los sembrados no se quebraban cuando pasaba
por ellos.
Esav vio que Naftali partió para traer los documentos, y
junto a sus hijos, volvió a cuestionar acerca de los derechos
de la cueva, levantándose todos ellos en pie de guerra contra
Iosef y sus hermanos.
En ese momento batallaron todos los hijos de Jacob y Egipto,
con Esav y sus hombres, quienes fueron golpeados por los
hebreos, matando de ellos unos cuarenta hombres.
En tanto, Jushim, el hijo de Dan -uno de los doce hijos
de Jacob-, se encontraba a unos cien codos del campo de
batalla, pues se hallaba junto a los nacidos a los hijos
de Jacob que cuidaban el féretro. Jushim era sordomudo,
pero comprendía el mensaje si la voz era atronadora.
Por eso preguntó: “¿Por qué no han sepultado al difunto,
y que significa este clamor?”.
Entonces le transmitieron lo que acontecía con Esav y sus
hijos, quienes impiden el entierro de Jacob en la cueva.
JUSHIM ATACA
Jushim comprendió lo que sucedía, y enfureció mucho, por
lo que tomó una espada, corrió hacia el sitio de la contienda,
buscó a Esav, y le cortó la cabeza, la cual fue despedida
a gran distancia. En tanto, el cuerpo cayó entre sus propios
hombres.
Al hacer esto Jushim, los hebreos se fortalecieron sobre
el enemigo, y sepultaron a Jacob en la cueva por la fuerza.
Y los hijos de Esav solo observaban.
Jacob fue enterrado en Jebrón, en la cueva de Majpela que
adquirió Abraham a los hijos de Jet para sepultura, con
vestimentas muy valiosas, y no recibió rey alguno como todos
los honores realizados por Iosef a su padre que había fallecido.
Luego de ello, los hijos de Jacob guardaron duelo durante
siete días.
Tras ese lapso, los hijos de Esav fueron a pelear nuevamente
con los hebreos en Jebrón, mientras Esav aun no había sido
sepultado.
En esta batalla, la cual fue muy cruenta, los hijos de Jacob
mataron ochenta de sus oponentes, sin haber sufrido, por
su parte, ninguna baja.
En tanto, Iosef sitió a Tzefó, el hijo de Elifaz, el primogénito
de Esav, y a cincuenta de sus hombres. Los apresó, y colocó
sobre ellos cadenas de hierro, luego los entregó a sus hombres
para que los lleven a Egipto.
Los demás combatientes, vieron lo que había sucedido a Tzefó
y sus hombres, por lo que temieron que les ocurra lo mismo,
motivo por el que emprendieron la retirada junto a Elifaz
y sus hombres. Pero tomaron el cuerpo de Esav, a quien trasladaron
al monte Seir, donde finalmente le dieron sepultura. Aunque
su cabeza fue enterrada en el lugar de combate, en Jebrón.
Por su parte, los hijos de Jacob persiguieron a los de Esav
en su huída, hasta el límite de Seir, pero no mataron a
ninguno, porque sintieron piedad, al ser que llevaban el
cuerpo muerto de Esav.
Los hijos de Israel regresaron hasta donde se hallaban sus
hermanos en Jebrón, y se quedaron allí ese día y el siguiente,
para descansar y recuperar fuerzas tras la agotadora batalla.
Pero aconteció al tercer día, que se congregaron todos los
hombres de Seir y los de oriente, quienes fueron a Egipto
para pelear con Iosef y sus hermanos, con el objetivo de
rescatar a su gente.
Los hebreos, más el ejército egipcio, tras escuchar de su
venida, salieron a su encuentro y entablaron batalla con
ellos en Raamses.
El golpe asestado por Iosef y sus hombres al invasor fue
terrible, ya que eliminaron como seiscientos mil combatientes,
quedando con vida solo unos pocos. También muchos hombres
de los hijos de Esav perdieron la vida en la contienda.
Por tal razón, los sobrevivientes huyeron, y entre ellos
Elifaz.
Iosef no obstante, junto a sus hermanos, los persiguieron
hasta Sucot, donde mataron otros treinta, y los restantes
se escabulleron huyendo finalmente a sus tierras.
Luego de esto, Iosef, sus hermanos, y los guerreros egipcios
tornaron con gran alegría, por la categórica victoria obtenida
frente al enemigo. En tanto Tzefó hijo de Elifaz, y sus
hombres, permanecían en Egipto, y eran esclavos de los hijos
de Jacob.
LA MUERTE DEL FARAÓN
En el año treinta y dos desde que el pueblo de Israel había
descendido a Egipto, siendo por entonces Iosef de setenta
y un años, fallece el Faraón. Tras el deceso, se nominó
para cubrir su puesto, a su hijo Migrón.
Aunque antes de fallecer, el Faraón ordenó a Iosef, que
sea para su hijo Migrón el cerebro y dirigente de todo,
quedando su hijo sujeto al consejo de Iosef.
Todo Egipto escuchó estas palabras que facultaban a Iosef
para dirigir sobre ellos y estuvieron conformes, pues lo
amaban mucho desde hacía tiempo.
El nuevo monarca, en momentos de ascender contaba con cuarenta
y un años de edad, y el tiempo total que reinó en Egipto,
fue de cuarenta años.
Todo el pueblo lo llamó Faraón, como a su progenitor, tal
como estipulaban las leyes de Egipto llamar a todo rey de
allí.
El nuevo soberano entregó todo lo concerniente al reinado
en manos de Iosef, tal como lo había ordenado su padre,
resultando que Iosef era el rey de Egipto, pues él era quien
decidía todo lo que ingresa y sale, lo que se lleva y trae
en toda la nación.
Todo Egipto se conducía bajo el consejo de Iosef, y lo apreciaban
aceptándolo como su líder y guía tras la muerte del Faraón.
Nadie osó decir, que no está de acuerdo en que reine sobre
ellos un extranjero. Todo Egipto se conducía según sus decisiones,
y él dispuso batallas con todos los enemigos de los derredores,
subyugando a la totalidad de ellos.
También todos los Filisteos hasta el límite de Kenaan subyugó
Iosef, y estaban todos bajo su mando, debiendo abonar cada
año impuestos que les habían sido fijados por él.
En tanto el nuevo Faraón se sentaba en el trono, pero dependía
de Iosef, como antes de su padre. Además, solo gobernaba
en la tierra de Egipto, y de la manera mencionada, bajo
la aprobación y el consejo de Iosef en todo. Pero Iosef
reinaba en toda la tierra por entonces, desde Egipto, hasta
el río Perat, estando siempre El Eterno con él.
El Eterno otorgó a Iosef mucha sabiduría, esplendor, y gracia
hacia él en el corazón de los egipcios y toda la tierra.
Gobernó sobre toda la tierra por espacio de cuarenta años,
y todos los habitantes de las tierras de los Filisteos,
Kenaan, Tzidón y el pasaje del Jordán le traían presentes
todos los días. En tanto los impuestos eran abonados por
ellos de año en año, acorde a la ley.
Luego de haber subyugado a todos los pueblos, Iosef se sentó
en su trono seguro, y también todos sus hermanos, los hijos
de Jacob, vivieron seguros en la ciudad de Goshen, durante
todos los días de Iosef. Ellos se multiplicaron enormemente
en la tierra, y sirvieron al Eterno todos sus días, como
su padre les había ordenado.
EL REMANENTE DE ESAV REGRESA
Durante muchos años los hijos de Esav residieron confiados
en Seir, junto a su rey llamado Bela. Tras haberse multiplicado
mucho sobre la tierra, decidieron salir a enfrentar a los
hijos de Jacob y todos los egipcios, para rescatar a Tzefó
el hijo de Elifaz, y sus hombres, pues ellos aun se hallaban
en Egipto, y eran esclavos de Iosef.
Por tal razón, los hijos de Esav hicieron las paces con
todos los reyes de oriente, quienes tras el acuerdo, se
plegaron para unirse al ejército que marcharía hacia Egipto
para el combate.
Asimismo, hombres de Anguías, el rey de Dinhaba, llegaron
para unirse a las tropas de los hijos de Esav, quienes enviaron
mensajes a los ishmaelitas, solicitándoles cooperación,
y también se sumaron para ayudar en la contienda.
Todos estos hombres se reunieron en Seir para colaborar
con los hijos de Esav en la incursión que se aprestaban
a realizar en tierras de Egipto para intentar liberar a
sus hermanos.
En total, este poderoso ejército logró reunir ochocientos
mil hombres, contando a los combatientes de a pie, más los
jinetes.
Las tropas avanzaron, y llegaron hasta la ciudad de Raamsés.
En ese momento, salieron a su encuentro Iosef con sus hermanos,
más un cuerpo de guerreros de elite de Egipto, siendo en
total unos seiscientos hombres. Ellos enfrentaron al invasor.
En ese entonces, cuando comenzó esta nueva guerra, era el
año cincuenta desde que el pueblo hebreo había descendido
a Egipto, y el año treinta desde que había sido nominado
Bela, rey de los hijos de Esav en Seir.
También en esta ocasión, el Eterno entregó en manos de Iosef
y todos sus valientes a las tropas enemigas. Cayeron en
esa contienda unos doscientos mil hombres del ejército invasor,
incluyendo a Bela ben Beor, el rey de ellos, quien perdió
su vida en este combate.
Al ver que su rey cayó, los hijos de Esav temieron, y sintieron
debilidad frente a los hijos de Jacob en esta guerra, razón
por la cual retrocedieron y huyeron despavoridamente.
No obstante Iosef y sus hermanos, con sus demás hombres
los persiguieron durante todo un día, y mataron unos trescientos
combatientes más. Luego de ese golpe, regresaron a Egipto,
sin contabilizarse bajas en los hijos de Israel, aunque
del ejército egipcio se perdieron doce vidas.
DE REGRESO
Cuando estuvieron de regreso, Iosef tomó nuevas medidas
de seguridad con Tzefó y sus hombres, a quienes colocó cadenas,
e incrementó el tormento hacia ellos.
En tanto todos los hombres que habían constituido el ejército
de coalición junto a los hijos de Esav, regresaron a sus
respectivas tierras en medio de una tremenda vergüenza,
pues sus principales combatientes habían caído en esa batalla.
Luego, los hijos de Esav al ver que su rey había muerto,
designaron a uno de los hombres de oriente, llamado Iobab
ben Zeraj de la tierra de Batzra, a quien coronaron como
nuevo rey en reemplazo de Bela.
Este nuevo monarca, reinó en Edom sobre los hijos de Esav
durante diez años, y ya no ostentaron incursionar nuevamente
en tierras de Egipto para enfrentar a los hijos de Jacob,
pues ya sabían su fortaleza, y sentían mucho temor de ellos.
Aunque desde ese día, el odio de los hijos de Esav sobre
los Hebreos se acrecentó notablemente, el cual se prolonga
hasta el día de hoy.
Luego de gobernar durante diez años, falleció Iobab ben
Zeraj, el rey de Edom, y nominaron en su reemplazo a Jusham
de la tierra de Taimán, quien reinó por un lapso de veinte
años.
En tanto Iosef, era rey en Egipto, y junto a todos sus hermanos
habitaron pacíficamente y seguros en aquella tierra, prolongándose
esta dicha, todos los días que vivió Iosef y sus hermanos.
(Sefer Haiashar)
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