El
misterio de hacer flotar el hierro
y la retribución medida por
medida
En
la actualidad se construyen enormes y pesados barcos metálicos
que pueden flotar sobre las profundas aguas del océano.
Esto es muy común de ver hoy en día, pero
no todos pueden conseguir este fenómeno. Pues se
requieren vastos conocimientos, ya que el metal es mucho
más pesado que el agua, y fácilmente se hundiría
hasta el fondo, quedando depositado allí abajo por
la eternidad. ¿Cómo se consigue qué
el metal flote? Ello requiere de principios físicos
muy complejos y avanzados, como los que derivan del Principio
de Arquímedes. Este principio mismo dice que cualquier
cuerpo sumergido en un fluido experimenta un empuje hacia
arriba de la misma magnitud que el peso del fluido desalojado.
Este
principio fue descubierto por Arquímedes hace poco
más de 200 años antes de la era común.
A partir del mismo fueron desarrollados complejos sistemas
que permiten construir barcos debidamente equilibrados y
aptos para flotar sobre las aguas oceánicas sin hundirse.
Antes bien, teniendo en cuenta que la Torá es el
plano del universo, tal como está escrito en el Midrash,
¿es posible suponer que en la misma no se encuentre
aludido también este principio? Observemos este fascinante
fragmento del Midrash que nos revelará el misterio:
Está
escrito en el Pentateuco acerca de la salida de Israel de
Egipto: “Sucedió que cuando el Faraón
envió al pueblo, que Dios no lo condujo por camino
de la tierra de los filisteos, que estaba cerca, pues Dios
dijo: «Tal vez el pueblo cambie de opinión
cuando vea guerra y retorne a Egipto». Dios dirigió
al pueblo hacia el camino del Desierto, en dirección
al Mar de Cañas. Los Hijos de Israel estaban armados
cuando salieron de la tierra de Egipto. Moshé tomó
los huesos de José con él, pues había
hecho jurar a los Hijos de Israel, diciendo: «Ciertamente
Dios os recordará y subiréis de aquí
mis huesos junto con vosotros» (Éxodo 13:17-19).
Moshé
sabía adonde estaba enterrado José por Seraj,
la hija de Asher, que era una sobreviviente de aquella generación
de José y conocía el secreto de la Redención.
Ella le había informado a Moshé sobre este
asunto antes de salir de Egipto. Le dijo que los egipcios
hicieron un ataúd de hierro y lo hundieron en el
río Nilo.
Moshé
tomó una piedra y grabó en la misma la expresión:
“alé shor”, que significa: “asciende
buey”, en alusión a José, que fue comparado
con un buey. Como está escrito: Para José
dijo: «Bendita por El Eterno es su tierra, con la
merced celestial de rocío y con las aguas profundas
agazapándose debajo; con la merced de los cultivos
del Sol y con la merced de los frutos de la Luna; con los
cultivos de las antiguas montañas madurando rápido
y con la abundancia de colinas eternas; con la merced de
la tierra y su plenitud y por la voluntad de Él,
Quien moró sobre la zarza; que esta bendición
descanse sobre la cabeza de José, y sobre la corona
de él, quien fue separado de sus hermanos. Su soberanía
es como un primogénito de buey, la majestad es suya,
y su gloria será como las astas de un búfalo;
con ellas corneará a las naciones hasta los confines
de la Tierra; ellos son las miríadas de Efraim y
los millares de Menashe» (Deuteronomio 33:13:17).
Después
de gravar en la piedra: “asciende buey”, Moshé
comenzó a gritar: “José, José,
ha llegado la hora en que el Santo, Bendito Sea redimirá
a Israel, y la Presencia Divina se demora por ti, e Israel
y las nubes de Gloria se demoran por ti. Si tú te
revelas por ti mismo, está bien, y si no lo haces,
nosotros estaremos limpios del juramento de llevar tus huesos
con nosotros”. Inmediatamente el ataúd de José
ascendió y flotaba en las aguas.
Este
suceso es sorprendente, aunque no hay que asombrarse, pues
en la Biblia encontramos un hecho similar, donde se narra
que el hierro flotaba en las aguas. Como está escrito:
Los hijos de los profetas dijeron a Eliseo: He aquí,
el lugar en que moramos contigo nos es estrecho. Vamos ahora
al Jordán, y tomemos de allí cada uno una
viga, y hagamos allí lugar en que habitemos. Y él
dijo: Marchad. Y dijo uno: Te rogamos que vengas con tus
siervos. Y él respondió: Yo iré. Se
fue, pues, con ellos; y cuando llegaron al Jordán,
cortaron la madera. Y aconteció que mientras uno
derribaba un árbol, se le cayó el hacha en
el agua; y gritó diciendo: ¡Ah, señor
mío, era prestada! El varón de Dios preguntó:
¿Dónde cayó? Y él le mostró
el lugar. Entonces cortó él un palo, y lo
echó allí; e hizo flotar el hierro. Y dijo:
Tómalo. Y él extendió la mano, y lo
tomó (II Reyes 6:1-7).
Ahora
bien, este último suceso aconteció mucho después
que el hecho de Moshé, ya que Eliseo vivió
muchos años después que Moshé. Siendo
así, si Eliseo era alumno de Elías, y éste
era discípulo de los discípulos de Moshé,
con mucha más razón que el maestro original
-Moshé- conocía el misterio de hacer flotar
el hierro en el agua (Midrash Tanjuma Beshalaj 2).
Se
aprende que de acuerdo a la medida con la que uno mide,
con esa misma medida uno será medido. Pues José
había enterrado a su padre. Como está escrito:
“José subió a enterrar a su padre, y
con él subieron todos los sirvientes del Faraón,
los ancianos de su casa y todos los ancianos de la tierra
de Egipto, y toda la casa de José, sus hermanos,
y la casa de su padre; únicamente sus niños
pequeños, sus ovejas y su ganado vacuno dejaron en
la tierra de Goshen. Y él trajo consigo tanto carrozas
como jinetes; y el campamento era muy importante”
(Génesis 50:7-9). Y entre todos los hermanos, no
había ninguno como José, que era rey de Egipto,
(ya que el Faraón era oficialmente el principal mandatario,
pero Moshé era el rey en ejercicio, quien gobernaba
al pueblo). Por eso José se ameritó salir
de donde se encontraba sepultado a través de Moshé.
Como está escrito: “Moshé tomó
los huesos de José con él, pues -José-
había hecho jurar a los Hijos de Israel, diciendo:
«Ciertamente Dios os recordará y subiréis
de aquí mis huesos junto con vosotros»”
(Éxodo 13:19). Y no había en el mundo alguien
más grande que él, que además era rey.
Como está dicho: “La Torá que nos ordenó
Moshé es el legado de la Congregación de Jacob.
El se hizo Rey sobre Ieshurun, cuando se reunieron los números
de la nación, las tribus de Israel en unidad”
(Deuteronomio 33:4-5). Por eso se ameritó enterrarlo
Moshé, de quien se ocupó la Presencia Divina.
Como está escrito: “Y Moshé, servidor
de El Eterno, murió allí, en la tierra de
Moab, por la boca de El Eterno. El lo enterró en
el valle, en la tierra de Moab, frente a Beit Peor, y nadie
conoce el lugar de su sepultura hasta el día de hoy”
(Deuteronomio 34:5-6). Además, con Jacob subieron
los siervos del Faraón y los ancianos de su casa,
y los ancianos de la tierra de Egipto. Y con el ataúd
de José subieron la Presencia Divina, el arca, los
sacerdotes, los levitas, las nubes de gloria que acompañaban
a Israel, y el ataúd de José era llevado junto
con el arca del testimonio por el desierto. Y las personas
de las naciones preguntaban: ¿qué beneficio
reportan estas dos arcas? Y los hijos de Israel les respondían:
Este es el arca del muerto, y este es el arca del Viviente
Eterno. Y ellos les preguntaban: ¿pero acaso es correcto
que el arca de un muerto marche junto al arca del Viviente
Eterno? Entonces los hijos de Israel les respondían:
el muerto que se encuentra en el arca cumplió todo
lo que está escrito en este otro -arca que guarda
las tablas de la ley-.
Otro
caso de medida por medida
Miriam
esperó por su hermano Moshé un instante. Como
está escrito: “Un hombre salió de la
casa de Levi y tomó una mujer de Levi. La mujer concibió
y dio a luz a un hijo. Ella vio que era bueno y lo escondió
durante tres meses. Ya no podía esconderlo más,
entonces tomó un canasto de juncos y lo untó
con arcilla y brea; colocó al niño en él
y lo puso entre las cañas, a la orilla del río.
Su hermana se ubicó a distancia, para saber qué
sería de él” (Éxodo 2:1-4). Por
eso el Santo, Bendito Sea detuvo la marcha en el desierto,
incluyendo a las nubes de gloria, los sacerdotes, y los
levitas, a quienes hizo detener por espacio de siete días,
para esperar a Miriam. Como está dicho: “Miriam
y Aarón hablaron sobre Moshé en lo relativo
a la mujer kushita con la que se había casado, pues
se había casado con una mujer kushita. Dijeron: «¿Fue
únicamente a Moshé que habló El Eterno?
¿Acaso no habló también con nosotros?».
Y El Eterno oyó. Y el hombre Moshé era muy
humilde, más humilde que cualquier otra persona sobre
la faz de la tierra.
El Eterno le dijo de pronto a Moshé, a Aarón
y a Miriam: «Vosotros tres salid a la Tienda de la
Reunión». Y los tres salieron. 5 El Eterno
descendió en una columna de nube y se paró
en la entrada de la Tienda, y Él convocó a
Aarón y a Miriam; los dos salieron. Él dijo:
«Oíd ahora Mis palabras. Si hubiere profetas
entre vosotros, en una visión, Yo, El Eterno, Me
haré conocer ante él; en un sueño le
hablaré. Pero no es así con Mi servidor Moshé;
en toda Mi casa él es el fiel. Boca a boca hablo
Yo con él, en una visión clara y no con acertijos;
la imagen de El Eterno contempla él. ¿Por
qué no temisteis hablar sobre Mi servidor, Moshé?».
La ira de El Eterno se encendió contra ellos y Se
alejó.
La nube se había alejado de encima de la Tienda,
y he aquí que Miriam fue afectada de una tzaraat
como la nieve. Aarón se dirigió a Miriam y
he aquí que ella estaba afectada de tzaraat.
Aarón le dijo a Moshé: «Te ruego, mi
señor, no pongáis sobre nosotros un pecado,
pues hemos sido tontos y hemos pecado. 12 Que no sea ella,
por favor, como una persona muerta, como quien sale del
vientre de su madre con la mitad de la carne consumida».
Moshé clamó ante El Eterno, diciendo: «Te
ruego, Dios, cúrala por favor».
El Eterno le dijo a Moshé: «Si su padre le
escupiera en el rostro, ¿acaso no sería humillada
durante siete días? Que esté aislada fuera
del campamento durante siete días, y luego podrá
ingresar». Miriam estuvo aislada fuera del campamento
durante siete días y el pueblo no se desplazó
hasta que Miriam fue llevada adentro. Entonces el pueblo
se desplazó de Jatzerot, y acamparon en el Desierto
de Parán (Números 12:1-16). (Tanjuma Beshalaj
2).
Un
nuevo ejemplo de medida por medida
Abraham
acompañó a los ángeles celestiales.
Como está escrito: “El Eterno Se le apareció
en la planicie de Mamre mientras estaba sentado en la entrada
de la tienda, en pleno calor del día. Alzó
sus ojos y miró: he aquí que había
tres hombres parados frente a él. Él los vio
y corrió hacia ellos desde la entrada de la tienda,
y se postró sobre el terreno. Y dijo: «Señores
míos, si he hallado gracia en tus ojos, por favor
no sigas de largo ante tu sirviente».
«Que traigan un poco de agua y lavad vuestros pies,
y reclinaos debajo del árbol. Iré a buscar
un pedazo de pan para que tengan sustento, luego continuaréis,
por cuanto ya habréis pasado por el camino de vuestro
sirviente». Dijeron ellos: «Haz como dices,
tal como has dicho».
Y Abraham se apresuró a la tienda, a Sara, y dijo:
«¡De prisa! ¡Tres medidas de harina, de
sémola; amásala y haz tortas!». Y Abraham
fue corriendo al ganado vacuno, tomó un ternero,
tierno y bueno, y se lo dio al joven, quien lo preparó
enseguida. Tomó crema y leche y el ternero que había
preparado, y los colocó delante de ellos; y se paró
frente a ellos, debajo del árbol, y ellos comieron.
Ellos le dijeron: «¿Dónde está
Sara tu mujer?». Y él dijo: «Está
en la tienda».
Y dijo: «Ciertamente, regresaré a ti el próximo
año en esta época, y he aquí que tu
mujer Sara tendrá un hijo». Sara estaba escuchando
a la entrada de la tienda situada detrás de él.
Abraham y Sara eran ya ancianos, muy entrados en años;
y en Sara había cesado la regla de las mujeres.
Y Sara se rió en su interior, diciendo: «¿Ahora
que ya he marchitado volveré a tener la piel delicada?
¡si mi marido está viejo!».
Entonces El Eterno le dijo a Abraham: «¿Por
qué Sara se ha reído, diciendo: “¿De
verdad tendré un hijo, a pesar de ser ya anciana?”.
¿Acaso hay algo que esté por encima de El
Eterno? En el tiempo designado regresaré a ti el
próximo año en esta época, y Sara tendrá
un hijo».
Sara lo negó, diciendo: «No me reí»,
pues tuvo miedo. Pero él dijo: «No es cierto,
pues sí te reíste».
Los hombres se levantaron de allí, y contemplaron
en dirección a Sodoma, mientras Abraham caminaba
junto a ellos, acompañándolos” (Génesis
18:1-16). Por esa acción de Abraham, el Santo, Bendito
Sea acompañó a sus hijos en el desierto durante
cuarenta años, hasta que llegaron a la Tierra Prometida,
Israel. Como está escrito: “Pues El Eterno,
vuestro Dios, os ha bendecido en todas las obras de vuestras
manos; Él sabía de vuestro camino en este
gran Desierto; en este lapso de cuarenta años El
Eterno, vuestro Dios, estuvo junto a vosotros; no os faltó
nada»” (Deuteronomio 2:7). (véase Midrash
Tanjuma Beshalaj 4).
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