En
la sección de la Torá denominada Vaerá
se narró lo concerniente a las siete plagas que El
Eterno había enviado sobre los egipcios para que
dejasen marchar a los Hijos de Israel. Pero el Faraón
aun no dejaba que se fueran y llevasen consigo sus posesiones.
Por eso envió una nueva plaga. Como está escrito:
“El Eterno le dijo a Moshé: «Llega al
Faraón, pues he hecho que su corazón se obstine,
y el corazón de sus siervos, para que pueda poner
estas señales Mías en su medio; y para que
puedas relatar a oídos de tu hijo y del hijo de tu
hijo que ridiculicé a Egipto, y Mis señales
que coloqué en ellos, para que sepan que Yo soy El
Eterno». Moshé y Aarón llegaron al Faraón
y le dijeron: «Así dijo El Eterno, Dios de
los hebreos: ¿hasta cuándo te negarás
a rendirte ante Mí? Envía a Mi pueblo para
que Me sirva. Pues si te niegas a enviar a Mi pueblo, he
aquí que mañana traeré langostas dentro
de tus fronteras. Y cubrirá la superficie de la tierra
de modo tal que nadie podrá ver la tierra; y comerá
los residuos que quedaron tras el granizo, y comerá
todos los árboles que crecen para ti en el campo.
Llenará tus casas, las casas de tus siervos y las
casas de todo Egipto, de una manera que ni tus padres ni
tus abuelos han visto desde el día que llegaron a
la tierra hasta el día de hoy». Y le dio la
espalda y se alejó de la presencia del Faraón.
Los siervos del Faraón le dijeron: «¿Cuánto
tiempo será esto una dificultad para nosotros? Envía
a los hombres para que sirvan a El Eterno, su Dios. ¿Acaso
todavía no sabes que Egipto está perdida?».
Y Moshé y Aarón fueron retornados al Faraón
y él les dijo: «Id y servid a El Eterno, vuestro
Dios; ¿quiénes son los que van?».
Dijo Moshé : «Con nuestros jóvenes y
nuestros ancianos iremos; con nuestros hijos y nuestras
hijas, con nuestras ovejas y con nuestro ganado vacuno iremos,
porque es fiesta de El Eterno para nosotros».
Él les dijo: «Que sea así y que El Eterno
esté con vosotros cuando os envíe con vuestros
hijos. Mirad: el mal está frente a vuestros rostros.
No así; que vayan los hombres. Servid a El Eterno,
pues eso es lo que queréis». Y los expulsó
de la presencia del Faraón.” (Éxodo
10:1-11).
Un
momento de reflexión
La
actitud del Faraón es incomprensible. ¿Acaso
no aprecia que su nación está siendo totalmente
destruida por el efecto de las plagas? ¿Por qué
causa aun se resiste a enviar a los Hijos de Israel y así
liberarse de todos los terribles flagelos que estaban sobreviniendo
sobre su tierra, arrasándola por completo? ¿Por
qué no escuchaba lo qué sus siervos le decían?
¿Acaso no temía que sus propios hombres se
levantasen contra él por ser tan obstinado?
La
respuesta a estos interrogantes la hallamos en la declaración
del versículo: “El Eterno le dijo a Moshé:
«Llega al Faraón, pues he hecho que su corazón
se obstine” (Éxodo 10:1). “Se obstine”
en el original hebreo está escrito así: “ijbadti”.
La
raíz de esta palabra es “cabed” que además
significa “hígado”
Enseña
que Dios convirtió la carne del corazón del
Faraón en hígado (véase Shemot Raba
9:8).
Ahora
bien, el hígado está formado de un tipo de
carne que posee propiedades muy particulares, pues cuando
es cocinado no absorbe del líquido de la cocción.
Es más cuanto más se lo cocina más
se endurece. Y lo mismo sucedía con el Faraón,
más se lo sometía al rigor de las plagas,
más se endurecía su corazón. Por eso
era tan obstinado, porque su corazón se había
tornado hígado y no se conmovía en lo más
mínimo por el efecto de las plagas.
Obsérvese
que posteriormente se describe el endurecimiento del corazón
del Faraón, y no se utiliza ya la palabra “cabed”.
Pues el mismo ya se había tornado de hígado,
y ahora se endurecía cada vez más con las
plagas que caían sobre su pueblo en vez de enternecerse,
como sería lo más lógico (Fuente de
Torá, sección Bo).
Observad
lo que está escrito a continuación:
El
Eterno le dijo a Moshé: «Extiende tu mano sobre
la tierra de Egipto para que venga la langosta y ésta
subirá sobre la tierra de Egipto y comerá
toda la hierba de la tierra, todo lo que dejó el
granizo». Moshé extendió su vara sobre
la tierra de Egipto y El Eterno guió un viento del
este por toda la tierra en aquel día y en toda aquella
noche. Se hizo de mañana y el viento del este trajo
la langosta. La langosta subió por toda la tierra
de Egipto y se posó en toda la frontera de Egipto;
de una forma severa, nunca antes había habido una
langosta como aquélla y no habría después
ninguna igual. Cubrió la superficie de toda la tierra
y la tierra se oscureció; comió toda la hierba
de la tierra y todos los frutos de los árboles que
había dejado el granizo. En toda la tierra de Egipto
no quedó verde en los árboles ni hierba en
el campo.
El Faraón se apresuró a convocar a Moshé
y a Aarón, y dijo: «He pecado ante El Eterno,
vuestro Dios, y ante vosotros. Y ahora, por favor, perdonad
mi pecado esta sola vez y rogadle a El Eterno, vuestro Dios,
que solo quite de mí esta muerte».
Él se alejó del Faraón y le rogó
a El Eterno. El Eterno cambió el rumbo del viento
y lo transformó en un viento del oeste, muy poderoso,
y éste se llevó la langosta y la transportó
hacia el Mar de Cañas; ni una sola langosta quedó
dentro de todas las fronteras de Egipto (Éxodo 10:12-19).
Uno
podría pensar que esta vez sí el Faraón
se conmovió en su corazón y cambiaría
su tosca actitud por una más bondadosa. Sin embargo,
lo que sigue a continuación demuestra que sólo
se trataba de una reacción mental, que nada tenía
que ver con sus sentimientos. Lo más probable es
que actuó así por la presión de los
pobladores de Egipto, y por temor a ser destronado. Pues
seguidamente está escrito: “Mas El Eterno endureció
-vaijazek- el corazón del Faraón y éste
no envió a los Hijos de Israel”.
Posteriormente
sobrevinieron seis días de oscuridad. Los tres primeros
fueron tinieblas, y los tres siguientes oscuridad espesa
y tangible. La misma impedía a los egipcios moverse,
permaneciendo inmovilizados, atrapados por completo en medio
de la espesura. Como está escrito: El Eterno le dijo
a Moshé : «Extiende tu mano hacia el cielo
y habrá oscuridad sobre la tierra de Egipto, y la
oscuridad será tangible». Moshé extendió
su mano hacia el cielo y hubo una espesa oscuridad en toda
la tierra de Egipto durante tres días. Nadie pudo
ver a su hermano ni nadie pudo levantarse de su sitio durante
tres días; pero, en las residencias de todos los
Hijos de Israel había luz.
El Faraón convocó a Moshé y le dijo:
«Id, servid a El Eterno, únicamente vuestros
rebaños de ovejas y vacas quedarán aquí;
incluso vuestros hijos pequeños pueden ir con vosotros».
Dijo Moshé : «Aún más, tú
colocarás en nuestras manos ofrendas festivas y ofrendas
ígneas, y las ofreceremos a El Eterno, nuestro Dios.
Y nuestro ganado, también irá con nosotros,
ni una sola pezuña quedará, pues de él
tomaremos para servir a El Eterno, nuestro Dios; no sabremos
con qué servir a El Eterno hasta que lleguemos allí»
(Éxodo 10:21-26).
Y
aquí nuevamente el corazón del Faraón
se torna duro e inflexible. Como está escrito: El
Eterno endureció -vaijazek- el corazón del
Faraón y no quiso enviarlos”. Y además:
“El Faraón le dijo: «Vete de mí.
Cuídate de no ver más mi rostro, pues el día
que veas mi rostro, morirás».
Dijo Moshé: «Has hablado correctamente. Jamás
volveré a ver tu rostro» (Éxodo 10:27-29).
Tú
te lo has buscado
Después
de esta reacción del Faraón: “El Eterno
le dijo a Moshé : «Una plaga más traeré
sobre el Faraón y sobre Egipto; y luego los enviará
de aquí. Cuando os envíe, os expulsará
totalmente de aquí. Te ruego hables a los oídos
del pueblo: que cada hombre le pida a su prójimo
y cada mujer a su prójima, vasijas de plata y vasijas
de oro». El Eterno hizo que el pueblo hallase gracia
en los ojos de Egipto; además, el hombre Moshé
era muy grande en la tierra de Egipto, a ojos de los siervos
del Faraón y a ojos del pueblo.
Dijo Moshé: «Así dijo El Eterno: “Alrededor
de la medianoche, saldré al interior de Egipto. Todos
los primogénitos de la tierra de Egipto morirán,
desde el primogénito del Faraón que se sienta
en su trono, hasta el primogénito de la sirvienta
que está detrás del molino, y todos los primogénitos
de los animales. 6 Habrá un gran clamor en toda la
tierra de Egipto, como jamás ha habido y como jamás
volverá a haber. Pero contra todos los Hijos de Israel,
ningún perro afilará su lengua, ni contra
el hombre, ni contra el animal, para que sepan que El Eterno
ha diferenciado entre Egipto e Israel”. Entonces todos
estos siervos tuyos descenderán a Mí y se
postrarán ante Mí, diciendo: “Idos,
tú y todo el pueblo que te sigue”. Luego, me
iré». Y se alejó de la presencia del
Faraón, encolerizado.
El Eterno le dijo a Moshé : «El Faraón
no te hará caso, para que Mis maravillas se multipliquen
en la tierra de Egipto». Entonces Moshé y Aarón
realizaron todas estas maravillas ante el Faraón,
mas El Eterno endureció -vaijazek- el corazón
del Faraón y no envió a los Hijos de Israel
de su tierra” (Éxodo 11:1-10).
Pensemos
un poco
La
enseñanza es evidente, Dios deseaba que sus maravillas
se multipliquen en la tierra de Egipto y para ello endurecía
cada vez más el corazón del Faraón.
Esto era con el fin de que se conociere el poder de Dios
y también para que: “puedas relatar a oídos
de tu hijo y del hijo de tu hijo...” (Éxodo
10:2). Eso está claro. Pero el Faraón ¿no
decidía nada? Pues si Dios le enviaba flagelos para
ablandarlo, y por otro lado endurecía su corazón,
pareciera que lo estaba manejando como a una marioneta.
Ya que la misma es dirigida y dominada totalmente por el
individuo que la sostiene y dirige, sin que la misma pueda
decidir ningún movimiento por propia voluntad. Siendo
así ¿qué hay con el libre albedrío?
¿Acaso le había sido quitado al Faraón?
Esta
pregunta no lleva a una conjetura clave. Los sabios cabalistas
revelaron: El Eterno implantó en el interior del
hombre una tendencia al bien y una tendencia al mal. Fue
con el propósito de que el individuo se fortalezca
y sobreponga con su tendencia al bien a la tendencia al
mal. Consecuentemente, debe fortalecerse y sobreponerse
con su bondad y misericordia a la severidad. Pues la misericordia,
los actos de bondad y sus ramales, provienen de la tendencia
al bien, la cual deriva de la bondad. Asimismo, debe abocarse
a extirpar de su corazón todas las cualidades de
crueldad, venganza, ira, y envidia, porque todas ellas provienen
de la tendencia al mal, cuya raíz es la severidad
(Reshit Jojmá Shaar Hairá 4: 25).
Considerando esta enseñanza, resultaría que
si Dios le inflingiría al Faraón plagas sin
endurecer su corazón, en ese caso el monarca no poseería
la facultad de libre elección. Pues actuaría
completamente seducido por los flagelos. Surge que al Dios
endurecerle el corazón, estaba igualando en el Faraón
la capacidad de soportar los golpes sin sentirse intimidado
emocionalmente. De esta manera el equilibrio se mantendría,
y la decisión de dejar ir a los Hijos de Israel o
negarse, sería determinada por su propia voluntad.
Una
enseñanza maravillosa
Aprendemos
algo excepcional: el mundo siempre está en equilibrio
para que siempre exista la posibilidad de elegir entre el
bien y el mal. Es por eso que los sabios determinaron: La
persona debe considerar siempre que se encuentra en equilibrio,
o sea, que posee mitad de actos buenos y mitad de actos
malos. Resulta que si realiza un solo acto bueno, dichoso
de él, pues desequilibra la balanza hacia el lado
del bien. Pero si comete una infracción, el resultado
será muy distinto, ya que la inclinará hacia
el lado opuesto (Talmud, tratado de Kidushín 40).
Ahora
bien, ya vimos que cada vez que el Faraón era sometido
a una nueva prueba, Dios le endurecía el corazón.
Esto fue así hasta que finalmente se lo convirtió
íntegramente de hígado. Esto proceso era necesario
para contrarrestar todos los duros golpes que le eran asestados
sin inmutar su aspecto emocional y permitirle que decidiera
libremente. Pero esto no acontecía con ninguno de
los ministros del Faraón, ya que ellos no eran puestos
a prueba como su comandante. Resulta que el Faraón
se había enfrentado a las pruebas de modo notoriamente
diferente al de sus hombres. O lo que es lo mismo, el equilibrio
del Faraón que le permitía decidir, no era
el mismo que el de sus hombres. Debido a ello, él
había enfrentado muchos más obstáculos
que todos los demás. Resulta que cuantas más
veces uno se enfrente a una dificultad, más veces
la superará, y su equilibrio será de un nivel
cada vez mayor. Pues las victorias se acumularán
y conformarán un montículo que será
paralelo a los fracasos superados, y lo excederá
por su puesto, en caso de haber vencido. Pero si fracasa,
en ese caso el otro montículo prevalecerá.
En
síntesis, cuantas más veces uno vence al mal
instinto, más grande será el volumen de su
acción resultante. Quedará un montículo
que se habrá formado con la tentativa del mal instinto
caído por un lado, y otro montículo que se
habrá originado por el triunfo de este hombre que
ha triunfado. Y debido a esa victoria el montículo
del bien superará al del mal. Este es el misterio
de un individuo sobresaliente, el cual aun deberá
luchar contra el mal instinto, pese a haberlo vencido en
numerosas ocasiones. Pues aquel hombre justo y piadoso,
que con sus acciones nobles mantiene al mundo, aun deberá
poseer una adversidad paralela para que el equilibrio y
la posibilidad de elegir entre el bien o el mal permanezca
inalterable.
En
el Talmud se narra un suceso a modo de ejemplo: El erudito
Abaie escuchó a un joven que le decía a una
joven: “marchemos juntos por el camino”. Abaie
dijo: “los seguiré para apartarlos del pecado”.
Pues pensó que durante el trayecto haría algo
incorrecto entre ellos. Así fue como Abaie los siguió
durante doce kilómetros escondiéndose entre
los cañaverales, para que no notasen su presencia.
Y después de esa larga marcha, escuchó que
uno le decía al otro: “Aquí nuestros
caminos se bifurcan, la compañía ha sido muy
grata”. Y se separaron.
Abaie
dijo: si yo estuviere en su lugar, no me hubiese podido
mantener. Como diciendo: no hubiera superado la prueba.
Pensar eso lo apenaba. Se dirigió a una puerta y
apoyó su cabeza sobre la misma. En ese momento apareció
un anciano que le dijo: “aquel que es más grande
que su prójimo, su mal instinto es más grande
que el de él”. (Sucá 52b).
Es
por eso que cuando en el futuro el mal instinto sea degollado,
los justos lo verán inerte frente a ellos y como
del tamaño semejante al de una gran montaña.
Mientras a los que fueron detrás de placeres vanos
en su pasaje por este mundo, y pecaron despiadadamente,
les parecerá tan pequeño como el tamaño
de un cabello.
Ante
esta imagen del instinto malo caído, los justos llorarán
y los pecadores llorarán. Los justos dirán:
“¿Cómo puede con una montaña
tan grande como esta?”. Y los pecadores, también
en medio de su sollozo dirán: “¿Tan
pequeño que era y no pude con él?” (Sucá
52a).
La
razón de la diferencia de tamaño del instinto
malo para unos y otros se debe a que cuando alguien realiza
actos buenos, ha vencido indefectiblemente al instinto malo
que trató sin lugar a dudas de impedirle en el momento
en que se disponía a realizar tal obra de bien, la
concreción de la misma. Esto sucede de modo similar
con cada una de las ocasiones en que uno pretende realizar
la voluntad de El Eterno, siendo estas acciones acumulativas.
Por
lo tanto, si realizó muchas obras correctas en su
vida, es obvio, que el instinto malo que lo acosó
sin darle tregua, tenga enormes dimensiones, similares a
una montaña. Pero quien no realizó buenas
acciones, o si lo hizo, fue solo en alguna ocasión
esporádica, su instinto malo obviamente se verá
muy pequeño, semejante al tamaño de un cabello.
Este
es el misterio del libre albedrío. Hemos de aprovecharlo
y construir una gran montaña de bien, que supere
a la montaña paralela que genere el mal instinto
con sus tentativas perniciosas, buscando impedirnos llevar
a cabo nuestras nobles acciones. Es nuestra misión
triunfar y construirnos un futuro digno y dichoso en el
Mundo Venidero.
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apasiona la Mística y la Numerología, te recomendamos leer
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