Ya
es la hora. La mesa preparada con los mejores manjares,
las comidas en el punto exacto de cocción, los invitados
ya designados, la casa brilla de resplandor. Todo está
en su lugar, no falta nada. ¿Y nosotros?, ¿en
dónde estamos?, ¿también preparados?
Empezamos
con un “trabajo arduo” de introspección
personal desde el 17 de Tamuz.
Luego pasamos por las 3 semanas de duelo con algunas limitaciones
en alegrías. No podemos escuchar música ni
tampoco estrenar ciertas ropas.
Seguimos con el ayuno de Tishá be Av (9 de Av), para
luego comenzar el último mes del año: Elul.
En este último mes tratamos de aumentar o perfeccionar
preceptos de la Torá que normalmente no nos cuidamos.
Los sefaradím comienzan con “selijot”;
los ashkenazim palpitan el gran sonido del shofar luego
de tefilat shajrit (plegaria matutina.)
No todo comienza hoy. Un trabajo tal vez algo “automático”
pero con mucha práctica previa, anticipándonos
al juicio. Claro que no todos los “acusados”
se preparan de la misma manera y con el mismo tiempo para
“enfrentar” al “juez”, pero…
¿realmente estamos preparados?, ¿nos ocupamos
de nuestras almas con la misma convicción, trabajo
y esfuerzo que nos preocupamos de los invitados y del “tapuaj
udbash” (manzana con miel)?
Si
tenemos que tener algo claro en la vida, es saber cuándo
hacer lo primordial principal, y lo secundario complementario.
No podemos hacer pasar una festividad de tal magnitud como
Rosh Hashaná simbolizándola en una “manzana
con miel”. No nos quedemos sólo con la manzana.
Claro que tiene que ser un año dulce y alegre, pero
no es más que un “simán tov” (señal
buena), y no una obligación que se nos exige. Pero
es más fácil comprar un poco de manzanas y
un pote de miel y decir: “¡buen año!”…
¡Atención!, el instinto del mal tiende a confundirnos
día a día… la naturaleza de la persona
es elegir lo más regocijante y fácil. Por
supuesto que todos debemos desear cosas buenas para nuestros
semejantes (como dice el Priké Avot: “por siempre
que no sea un bendición de cualquier persona simple
en tus ojos”); son muy importantes. Hasta tal punto
que los “poskim” (dictadores de leyes) aconsejan
no alargar mucho la “Amidá” (fragmento
de los rezos) en la primera noche de Rosh Hashaná
para poder recibir las salutaciones de los presentes.
Pero…
abramos los ojos y sepamos diferenciar y darle la importancia
verdadera a las cosas. No hacer lo simbólico esencia,
ni la esencia simbólico. La esencia es el alma, y
el alma necesita más que un “dulce año”.
Mejor dicho, para llegar al “dulce año”
algo más que ir a la verdulería debemos hacer.
El
Rab Shlomo Wolbe Z”L en su libro “Alé
Shur” (tomo 2) escribe que de las pequeñas
cosas podemos tener beneficios múltiples y asombrosos.
Un medicamento puede tener un tamaño muy pequeño,
pero puede curar enfermedades terminales. Así también,
una simple pastilla de no más de 5 gramos puede terminar
con la vida de la persona.
¿Y nosotros pensamos que tenemos que cambiar “todo”
para Rosh Hashaná?
En
una oportunidad, un amigo fue a consultarle al “mashguiaj”
(guía espiritual) de nuestra ieshivá -Rab
Dov Iafe shelita-, que había decidido cambiar algunas
cosas para Rosh Hashaná, pero no sabía si
elegir dos o tres, si eran suficiente o tenía que
incrementar aun más.
El Rab le preguntó: “¿y quién
dijo que hay que cambiar dos cosas?”. Es decir, que
no se nos exige mucho… “nada”, diría
yo…
Comparado a todo lo que recibimos del Todopoderoso, ya no
se entiende si Di-s nos creó para servirlo a Él
o Él para servirnos a nosotros.
No despreciemos las cosas pequeñas, no nos dejemos
convencer por el instinto del mal que intenta que nos desanimemos
con frases tales como: “¿pero por una sola
cosa vale la pena?, si igual no me cuido con tal otra”,
“no me gusta ser falso… o hago todo o no hago
nada”, “si la hago, la hago bien”. Recordemos
la pequeñez de los medicamentos y el poderoso efecto
que ellos provocan.
El
Rey David en el Tehilim dice: “El temor a Di-s puro
perdura para siempre, las leyes de Di-s son verdad, se justificaron
(todas) juntas. Las que son deseadas más que el oro,
y que el oro puro (y) abundante, y (son) más dulces
que la miel y el chorrear de los panales” (capítulo
19, versículo 11).
La Torá es comparada con la miel, y aun más
dulce que ella. Pero cabe preguntar, ¿qué
tipo de comparación hace el Rey David?, ¿es
realmente correcto el paralelo trazado entre esta y la Torá?
La miel es tan dulce que a lo sumo uno podría comerse
dos cucharadas; tres como máximo… ¿y
la Torá?, ¿acaso también nos “empalagamos”
de tanto estudiarla?
El
Jafetz Jaim Z”L responde que la miel tiene la particularidad
de ser tan dulce que si se sumergiera un trozo de pan o
carne dentro de ella y se lo dejara un tiempo importante,
este se transformaría totalmente en miel. Y aun más,
según algunos “poskim” (dictadores de
leyes), si colocamos un alimento no Kasher dentro de la
miel, cuando este se transforma en la propia miel, es totalmente
Kasher.
Quizá
ahora entendamos un poco más la comparación
de la Torá con la miel.
Nos enseña que aun una persona que por su naturaleza
no posee buenas acciones o cualidades, al estudiar Torá
y aferrarse a ella, se convierte en un ser de buenas cualidades.
La dulzura de la Torá convierte a lo “no Kasher”
en el propio “Kasher”.
Y tal vez allí irradia el secreto. Comprometerse
más con el estudio de la Torá es la garantía
que nos permite luchar contra el mal instinto.
Aquella persona que piensa que aun sin estudiar Torá
va a poder luchar contra él, que no tenga la menor
duda que no sólo perderá, sino que perderá
por “K.O”… ¡y en el primer “round”!.
Y no es una opinión personal, sino que el Talmud
en el tratado de Kidushín (31 b) dice: “(Di-s
le dijo al Pueblo de Israel) creé el instinto del
mal y (contrariamente) erigí la Torá para
contra restarlo, si ustedes estudian la Torá, él
está entregado en sus manos, y si ustedes no la estudian,
ustedes estarán entregados en las manos de él”.
El
shofar… “¿acaso el león ruge y
el pueblo no va a temer?”.
Claro que todos sentimos algo especial cuando lo escuchamos…
un sentimiento confuso, que es tan ambiguo que no sabemos
si reír o llorar.
El tocarlo nos recuerda al sacrificio del carnero que Avraham
hizo en lugar de su hijo Itzack (por eso la ley determina
que preferentemente el mismo debe ser un cuerno de carnero.)
“Akedat Itzak” la denominamos, es decir, “el
sacrificio de Itzak”… pero… ¡un
momento!, ¿el “sacrificio de Itzjak”?,
¿no sabemos todos que un ángel Divino frenó
a Avraham cuando iba a sacrificar a su hijo, y en su lugar
sacrificó a un carnero?, entonces, ¿por qué
seguimos llamándole “el sacrificio de Itzjak”
si realmente no lo sacrificó?
Sabido
es que Avraham tenía una lucha constante con los
idólatras de su generación. Peor aun, su padre
(Teraj) era vendedor de idolatrías.
Había personas que caían tan bajo en la idolatría,
¡que sacrificaban hasta sus propios hijos!, claro
que nuestro patriarca Avraham también se oponía
extremadamente a aquellos sujetos, y trataba de convencerlos
para que no hicieran aquellas atrocidades.
Un “buen” día, se le acerca Di-s y le
dice que tiene que sacrificar a su propio hijo. El versículo
atestigua: “y madrugó Avraham en la mañana,
y tomó su burro…”
¡Un momento!, ¿no era nuestro patriarca el
principal opositor al sacrificio de los hijos?, ¿cómo
puede ser que esté “de acuerdo” con el
mandamiento que el Todopoderoso le ordenaba?
Justamente
esa es la respuesta… Avraham no sólo sabía,
sino que sentía que todo lo que le mandaba Di-s era
para bien y así debía acatar a sus órdenes.
¿Lógica?, no, la Torá no se rige por
la lógica. Aunque la ciencia “descubra”
que en algunos aspectos como el Kasher sí lo es,
no es la esencia… y es más, si la Torá
solamente nos permitiría comer cerdo, aunque dañara
nuestra salud, deberíamos hacerlo, pues, no cumplimos
para estar “sanos”a nuestros ojos y así
entender los preceptos, sino que confiamos que todo lo que
nos ordena el Todopoderoso, es para nuestro bien físico
y espiritual, por más que los científicos
o quien sea lo contradigan (¿quién saber más:
el creador de un “objeto” o el “objeto”
mismo?)
Y por esto mismo se llamó “el sacrificio de
Itzjack”, porque su padre, Avraham, tuvo que “sacrificar”
todos sus ideales que poseía para hacer la Voluntad
de Di-s. Ese fue el sacrificio. Y ese es legado que debemos
aprender de él, no decir frases como: “ya estoy
acostumbrado así”, “soy así y
no voy a cambiar”, “pienso distinto”,
sino que también debemos “sacrificar”
nuestros ideales y enfocarlos en la perspectiva de la Torá.
Solamente podremos lograr este objetivo si nos concientizamos
y creemos que las sagradas escrituras prevalecen por sobre
el intelecto humano. Que se nos es imposible entender mediante
la razón mandamientos Divinos. Estos últimos
están alejados de nuestro conocimiento.
Cada
detalle y detalle es muy importante, no restarle el valor
que realmente tienen los preceptos. Claro que dijimos antes
que todo repentinamente no se puede, pero no pensar que
no lo hacemos porque “no estamos de acuerdo”,
sino reconocer que la verdad es una sola, solamente que
por cuestiones de acostumbramiento no podemos con todo de
una sola vez. Concordar que estamos atravesando un proceso
que contiene distintas etapas.
No pensar de esta manera, sería como aquella persona
que entra a una cabina de un avión y al ver cientos
de botones exclama: “hay tantos botones… ¿qué
pasa si solamente toco uno solo?, ¡pero solo uno!”,
y no sabe que el hecho de pulsar tan sólo uno puede
terminar en una tragedia. Que haya muchos preceptos no significa
que tengamos el poder y la elección de elegir cuál
es el “mejor” y cuál “no sirve”,
todos son importantes. De a poco, con tiempo, pero reconocer
que ni 612 ni 614 son lo correcto, sino 613 preceptos de
la “a” a la “z”… ni más,
ni menos…
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