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Un compromiso que vale la pena

Romina y Pablo están completamente enamorados.
Cada uno sabe y siente que la otra parte es el “amor de su vida”; es su otra mitad, la media naranja. Cuando les preguntan acerca del casamiento, dicen que están bien así, que no necesitan casarse para demostrarse que se quieren. La convivencia es una realidad en sus vidas, pero nada los propulsa a contraer finalmente enlace.

Generalmente nos cuesta asumir compromisos, tratamos de evitarlos. “Llámame para hacerme acordar”, “avísame unos momentos antes por las dudas”, “tengo miedo de olvidarme”. Frases como estas y similares frecuentan a diario en nuestra cotidianidad. Tanto, que a veces ni nos damos cuenta cuando las mencionamos; una especie de acto reflejo que transita en nuestras vidas como si nada.

La calidad de un Ser libre y responsable es lo que determina al sujeto, a la persona, al ser humano. Es lo que le brinda ese condimento especial para que realmente pueda decidir desde su perspectiva, desde su manera de ver las cosas, desde su interior. Y allí radica el asunto: si optamos por nuestros deseos y ambiciones personales topándonos casi con el egoísmo, o si entregamos nuestras vidas únicamente a nuestro Creador y nuestro semejante.

Cabe aclarar que la “libertad” y la “responsabilidad” están conectadas una con la otra. No podemos hablar de “libertad” cuando el sujeto se abstiene de hacerse cargo de sus hechos, es decir, no es “responsable”; como así tampoco podemos hablar de “responsabilidad” cuando la “libertad” es nula.

Comprometerse a una vida llena de preceptos y limitaciones a veces desdibuja la proyección que nos proponemos en nuestras vidas como judíos. Asusta, atemoriza; una cierta incertidumbre recorre por nuestras venas.

Se puede observar claramente entre los iehudim (judíos) como se cuidan de colocar una mezuzá, en hacerles el brit milá (circuncisión) a sus hijos, en ir al Templo para las “fiestas”, ¡y hasta ayunar el Día de Iom Kipur!
Realmente es digna de imitar la fuerza, empeño y amor con los que realizan estos preceptos fundamentales para asentar las bases del judaísmo.

Sólo si profundizamos un poco en el por qué este fenómeno se da puntualmente en estos preceptos y no en otros (como por ejemplo en el estudio de la Torá), tal vez tendremos mucho que replantearnos.

Al usar una kipá, por ejemplo, nos condicionamos constantemente a ser judíos en todo momento y lugar (o al menos intentar serlo). Una marca que demuestra frente a todos los que nos observan y frente a nosotros mismos, la calidad de judíos que tenemos. Que somos diferentes en ciertos aspectos (y no por ello más importantes), aunque nos una la calidad de humanos que toda Creación Divina posee. Un compromiso constante que no se toma receso.

El levantarnos temprano en la mañana para poder rezar en el Templo, nos limita al poder dormir hasta la hora que queramos, a tener un horario específico, a desplazar al placer personal y brindárselo a nuestro Creador. Nos podemos concurrir a nuestras labores cotidianas sin antes ”hablar” con Él.

Al vernos abstenidos de consumir cualquier producto que nos ofrezca el mercado, nos vemos imposibilitados de ingerir lo que realmente nuestro paladar nos aclame, lo que nuestro interior nos dicte.

Estos ejemplos, tal vez nos dan una impresión medianamente amplia del por qué, por ejemplo, a colocar una mezuzá sí estamos dispuestos a cumplir, pero a ingerir solamente alimentos Kasher, no lo estamos o nos cuesta en demasía.

Hay mitzvot (preceptos) que se hacen una o pocas veces en la vida del judío. Aunque la mezuzá requiera revisación cada dos años, el acto en sí es muy simple: colocarla. En apenas unos segundos podemos recitar la bendición y… ¡listo!, precepto cumplido. De allí en más, solamente la observamos –con suerte- cuando entramos a nuestros hogares (si es que no andamos muy apurados…) Del mismo modo ocurre con el precepto del brit milá (circuncisión): es una sola vez en la vida (y además se aplica en otra persona, no en nosotros mismos.)
Todos estos casos no requieren algún tipo de responsabilidad y compromiso constante.

En cambio, el ser un judío “full-time” es muy difícil. Asumir compromisos que rijan las veinticuatro horas del día, es abrumador. ¿Entonces cómo pretendemos que nos sea tan simple cumplir 613 preceptos? Después de todo, en la sociedad actual el compromiso parece ser que “pasó de moda”, que está “out”…

Más que un asunto religioso, se torna más que nada un problema social al que nos enfrentamos día a día, evitando los compromisos y las situaciones que requieran un grado de responsabilidad. Independientemente si estos están relacionados con la religión o no.

A veces resulta realmente paradójico observar como el pueblo judío festeja tanto los nacimientos, la mayoría de edad (bar/bat mitzvá) y las bodas. Nos alegramos como si éstos serían un “premio” o una “recompensa”. Bien sabemos que aquellos mismos nos cargan de horarios y responsabilidades, ¿y con todo eso festejamos?, ¿qué hay tanto que celebrar, que tenemos un yugo de preceptos adicionales sobre nuestras espaldas?

Diferentemente a lo que la lógica pueda indicarnos, el judío festeja que se le incrementan responsabilidades. Está alegre que así ocurra. Es todo un desafío. Después de todo, el que no se enfrenta a ellos, pierde la batalla.

Sin dudas, se necesitan desafíos y pruebas para poder auto superarnos y escalar más alto. Si el terreno es llano, siempre quedaremos en el mismo escalón aunque pasen los años. Como reza el refrán popular: “el que no arriesga no gana”… ¡cuánta verdad existe en aquello!

Alan Owsiany
aowsiany@gmail.com

http://reflexionando21.blogspot.com/

 

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