Toda
persona debería juzgar favorablemente a los demás,
como lo establece la Torá: “Con justicia juzgarás
a tu prójimo” (Levítico 19:15). Los
sabios explican que este versículo significa: “Uno
debería juzgar a su prójimo favorablemente”
(Shevuot 30a). Este es uno de los preceptos por los que
el hombre disfruta de dividendos en este mundo, mientras
que la recompensa principal se reserva para el Mundo Venidero
(Shabat 127).
Pero
ante todo debemos entender qué implica juzgar favorablemente.
Digamos que uno oye un rumor malicioso acerca de su vecino.
Juzgar favorablemente significa que debe asumir que su vecino
no hizo o dijo lo que le acusan de haber hecho o dicho,
y que si el vecino es realmente culpable, debe haberlo hecho
sin ser consciente de estar haciendo algo prohibido. Y si
ninguna de estas posibilidades es probable, debe asumir
que la versión de la historia que escuchó
no es correcta, que se le debe haber agregado algo que deforma
la verdad o se dejó de lado algún detalle
de importancia que podría servir de justificación.
Por
lo tanto los sabios nos han dado la siguiente regla: “No
juzgues a tu prójimo hasta no haber estado en su
lugar” (Avot 2:4).
Es
sumamente importante empeñarse en perfeccionarse
en este aspecto, elaborar la capacidad de darle al otro
el beneficio de la duda cuando sea necesario y ver a los
demás en forma positiva. Porque al juzgar a los otros
favorablemente, uno, a su vez, será juzgado favorablemente.
Esto puede influir en el juicio del Tribunal Celestial,
que decidirá si será declarado justo o malvado,
por toda la eternidad. Una persona será declarada
meritoria o culpable y condenada, si sus preceptos sobrepasan
o no a sus transgresiones. Si sus méritos son mayores
es clasificado como justo, si sus transgresiones lo son,
es calificado como malvado.
Sin
embargo, incluso aunque se tengan miles de preceptos en
su crédito, si el Santo, Bendito sea, lo trata con
la medida completa de juicio Divino, sólo quedarán
unos pocos de ellos. Un gran número de los mismos
será descalificado porque no fueron observados escrupulosamente
y hasta el último detalle. Muchos de los observados
al pie de la letra serán excluidos porque no fueron
observados con la devoción, amor, temor y alegría
adecuados a la observación de preceptos. Por lo tanto,
si El Eterno evalúa la práctica de los preceptos
con toda precisión y rigor, la mayoría serán
hallados defectuosos y los preceptos restantes serán
demasiado pocos en contraposición a sus transgresiones
y será calificado como malvado por toda la eternidad.
Sin
embargo, si el Creador trata a la persona con la medida
de compasión, y quiere juzgarlo favorablemente, todos
sus méritos permanecerán completos. Más
aún, incluso cuando las iniquidades sobrepasan a
sus méritos, si el Santo, Bendito sea, quiere juzgarlos
aplicando la medida de compasión completa, su número
se reducirá ya que muchos serán descartados
porque fueron cometidos sin intención o por alguna
otra razón. Si el Creador quiere juzgar a una persona
meritoriamente, nada puede impedirlo. En consecuencia, cuando
las transgresiones de una persona disminuyen, la balanza
del juicio se inclina en su favor y será calificado
como justo para siempre.
Todo
esto dependerá de la manera con la que uno se relaciona
a los demás durante su vida. Si suele juzgar a los
demás favorablemente, será juzgado de la misma
manera, como lo señala el Talmud en el tratado Shabat
(127). Sin embargo, si su actitud es ruda y recriminatoria,
y habla mal de los demás, los ángeles oficiantes
también hablarán mal de él en los reinos
superiores, tal como lo describe el Midrash Mishlei.
Por
lo tanto, durante la vida, uno debe ser consciente que cuando
juzga a su prójimo, tanto para bien como para mal,
en realidad está determinando su propio veredicto.
(Shemirat
Halashón, cap.4)
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