En
el tratado de Avot se enseña: «Antignos, hombre
de Sojó, recibió las enseñanzas de
la Torá de Shimón el justo. Él solía
decir: no seáis como siervos que sirven a su amo
a condición de recibir recompensa, sino sed como
siervos que sirven a su amo no con la condición de
recibir recompensa. Y sea el temor de El Eterno sobre vosotros»
(Tratado de Avot 1:3).
Antignos
oriundo de un lugar llamado Sojó, era la persona
más distinguida, el dirigente máximo de ese
sitio. Y nos viene a enseñar que cumplamos con los
preceptos por reconocimiento a la categoría elevada
de los mismos y por amor al Creador, quién nos santificó
con sus mandamientos; así como una persona pretende
realizar sus actos para hallar gracia y simpatía
delante de quién ama. Y la recompensa llegará
automáticamente.
Ahora
bien, respecto a lo dicho por Antignos, debemos aclarar
que existe una gran diferencia entre pago y recompensa.
Pues pago es lo que recibe aquel trabajador que realiza
cierta tarea a cambio de tanto dinero que percibirá
al culminar la labor. Sin embargo, en nuestra Mishná
se utiliza el término recompensa, lo cual representa
un acto generoso y de piedad por parte de quién mandó
ejecutar la labor. Por ejemplo, un amo dice a su esclavo,
o el padre a su hijo, o el marido a su esposa: «¡Hazme
este favor y te daré una moneda!». Este individuo
no está obligado a dar nada por el mandato, solo
que generosamente ofrece un incentivo para el que el otro
cumpliere con su voluntad.
Así
es con respecto a El Eterno –Hashem-, no debemos servirle
con la condición que nos retribuya bondades o actos
piadosos, sino que debemos comportarnos y obrar frente a
Él por amor auténtico, sin esperar recibir
nada a cambio. Como está dicho: «Amarás
a El Eterno» (Deuteronomio 6:4).
Este
es el modo de servir íntegro de las personas, entregándose
completamente, sólo por un sentimiento fidedigno.
Y después de enunciar esto, Antignos dijo: «Y
sea el temor de El eterno sobre vosotros». Significa
que ha de actuarse con amor y temor frente al Creador. Ha
de hacérselo tal como un sirviente, que desempeña
su función laboral ante su patrón, siendo
éste -su jefe- una persona grandiosa a quién
aprecia enormemente, le sirve por amor, y a su vez con temor.
¿Y cuál es el temor que ha de tener si lo
ama? No temor al castigo propiamente dicho, sino a la grandeza
de su amo quién tiene el poder de castigar. Se podría
comparar a un hijo frente a su padre; él no teme
a su progenitor porque al comportarse mal se tornará
merecedor de una paliza propinada por una persona tan buena
como lo es su padre, el temor está orientado a no
hacerlo enojar merced al amor que siente hacia él,
ya que le ha dado y le sigue dando tantas cosas buenas.
Esto
está indicado en la cualidad con la que Antignos
defina a El Eterno en su declaración. Pues en el
original hebreo de la Mishná está escrito
literalmente: «Y sea el temor del Cielo sobre vosotros».
Enseña que el temor que se requiere que tengamos
no es por causa de recibir castigo, pues sería entonces
el nuestro un servicio externo el que estaríamos
prestando. Sino, se requiere de nosotros un temor interior.
Por tal razón es designado aquí El Eterno
con el atributo de «Cielo», para que nos hagamos
una idea de cuán grande es, y la generosidad que
tiene por las criaturas, como lo hemos visto en el ejemplo
recientemente expuesto.
Resulta
que debemos actuar con amor y también temor frente
a El Eterno. El amor por alguien nos incentiva a hacer la
voluntad de éste, a cumplir con sus mandatos, es
decir, sus preceptos activos. Sin embargo, el temor nos
predispone a abstenernos de las cosas que tal persona no
quiere que hagamos, esto es los preceptos pasivos, los cuales
requieren «no hacer», o sea, abstenerse de hacer.
Es por eso que hacen falta ambos tipos de servicio frente
a El Eterno, para poder cumplir con sus preceptos activos,
que requieren acción y los pasivos para los que se
requiere abstención.
Asimismo
es propicio aclarar algo más acerca de lo explicado,
que debemos desenvolvernos frente a El Eterno a través
de un amor pleno y desinteresado, sin esperar retribución
alguna. Sin embargo, debemos saber que Antignos no tuvo
aquí la intención de transmitir que está
prohibido servir a El Eterno a cambio de recibir como pago
las cosas que necesitamos; sino por el contrario, desea
informarnos de la existencia de un nivel superior, el cual
consiste en servir a El Eterno con el tipo de amor que describimos
antes. Pues está escrito en el Talmud, que quién
dice: «¡Esta moneda lo dono para caridad para
que vivan mis hijos y para que yo herede el mundo venidero!»,
este individuo es considerado un hombre íntegro y
justo (Talmud, tratado de Babá Batra 10b).
Vemos
que quién obra frente a El Eterno, pidiendo su paga,
está en un nivel muy elevado. Solo que debemos esforzarnos
y ascender hasta llegar a la categoría de amor desinteresado,
como fue enseñado, ya que este es el nivel predilecto
que sobrepasa a todos los demás.
Es
por esa razón que Antignos dijo: «No seáis
como siervos que sirven a su amo a condición de recibir
recompensa». Apreciamos que de todos modos los llama
siervos, o sea, subyugados a El Eterno, y para esto escribió
la primera parte de su declaración, para a continuación
decirnos que no seamos como estos hombres justos que piden
recibir su paga, sino que nos superemos: «sino sed
como siervos que sirven a su amo no a condición de
recibir recompensa».
Además
es importante aclarar, que Antignos poseía dos discípulos
destacados: Tzadok y Baitós, quienes explicaban lo
que aprendían de su maestro a muchos docentes y alumnos.
Sin embargo, malinterpretaron esta enseñanza y entendieron
que todo es en vano, que después de esta vida no
hay ninguna retribución, por lo que se desviaron
del camino y crearon dos movimientos totalmente errados
del sendero de la Torá: los tzadokim y baitosim.
Es por este motivo que después de lo acontecido con
dos de sus mejores alumnos, Antignos recalcaba constantemente:
«Y sea el temor de El Eterno sobre vosotros».
(Véase Mishná, tratado de Avot 1:3; Maimónides,
Rabí P. Kehati;Rabeino Iona; Rabí Ovadia de
Bartenura; Tosafot Iom Tob).
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