El Rabino Daniel ben
Itzjak se encontró en las callejuelas de la Ciudad
Antigua de Jerusalén con el director de una prestigiosa
institución de estudios de Torá –Rosh
Ieshivá- quien, tras intercambiar unas breves palabras,
le reveló que venía a orar.
Enseguida el Rabino Daniel
lo invitó a ascender a la azotea de su casa, la cual
orienta hacia el sitio donde otrora se hallaba el Templo
Sagrado, y desde el cual puede divisarse con absoluta claridad
el sagrado Monte del Templo –Har Habait-. El director
de la institución consintió, y mientras caminaban
en dirección a su casa el Rabino Daniel se enteró
de esta conmovedora e impresionante historia.
Este
director de la academia de estudio de Torá -Rosh
Ieshivá-, se enteró de que uno de sus alumnos
se encontraba gravemente enfermo. Al enterarse de esto,
averiguó más datos, y se percató que
para intentar salvarle la vida debían realizarle
una operación de sumo riesgo. La misma debe practicarse
en la zona craneana, y las posibilidades de éxito
eran mínimas. Los médicos auguraban que el
joven, si sobrevivía, quedaría con su función
motriz seriamente disminuida. Es decir, podría quedar
postrado en cama para el resto de sus días. El porcentaje
de posibilidades de que esto ocurra era del 98 por ciento.
Esta academia dirigida por
el señalado Rosh Ieshivá, se ubica en Jerusalén,
y el alumno enfermo, vive en la misma ciudad. Pero los médicos
informaron que no era conveniente realizar la intervención
quirúrgica en Israel, sino en Bélgica, con
un gran especialista mundial.
Además, se sumó
el imponderable que tal intervención costaría
150 mil dólares americanos. Y los padres de este
joven, no estaban en condiciones de afrontar semejante gasto,
pues se trataba de gente humilde.
¿Qué hizo el
Rosh Ieshivá? Sin pensarlo demasiado, dejó
todo lo que tenía que hacer, y salió en busca
del dinero. Tal como empezó, así siguió
y no paró hasta que obtuvo la suma requerida en su
totalidad. Para ello debió pedir ayuda a mucha gente,
y acudir a todo tipo de personas.
Finalmente
la operación se llevó a cabo, y el joven salió
en perfectas condiciones, recuperado en su totalidad de
la capacidad motriz. Este dato lo obtuvo el Rosh Ieshivá
por teléfono, al comunicarse con el sanatorio en
Bélgica tras una complicada operación de diez
horas de duración.
Al
haber recibido la noticia, este hombre, en vez de sentirse
realizado y volver a su academia para proseguir dirigiendo
los estudios, hizo algo muy diferente. Se dirigió
directamente al Kotel (el muro occidental que queda del
Templo Sagrado, conocido popularmente como el Muro de las
Lamentaciones). Fue a ese sitio para orar y agradecerle
a El Eterno por la salvación de la vida de su alumno.
Otra
anécdota
Un hombre que asiste todos
los días a la sinagoga, trabaja como maestro en una
escuela primaria de enseñanza de Torá. A simple
vista, parecería tratarse de un individuo común,
como cualquier otro. Sin embargo, hay algo que lo identifica
particularmente y muy pocos lo saben.
Este sujeto, durante muchos
años llevaba la misma vida. Asistía a la sinagoga
por la mañana temprano, luego iba al colegio a dar
clase, y a posteriori, se reunía con un maestro colega
suyo. Ambos amigos compartían un meticuloso estudio
diario, en el que se internaban por completo. Además,
este hombre tiene un depósito de implementos para
casamientos, que presta desinteresadamente a aquellos novios
que no disponen de recursos. De eso se ocupa por lo general
a la noche.
Un día, el compañero
le dice: Mira, te propongo que adquiramos un billete de
lotería y lo compartiremos. Tú me pagas la
mitad y te conviertes en mi socio.
El amigo compró el billete,
tal lo convenido, mas el futuro socio aun no le había
pagado su parte cuando se realizó el sorteo.
El número de ellos resultó
favorecido, acreditándose un premio de dos millones
de dólares.
El amigo corrió a avisar
a su compañero de la grata noticia, a participarle
de que eran ricos. Mas, su colega le respondió: “El
dinero es tuyo, pues aún no te he pagado mi parte”.
El otro porfió: “¡No,
hemos quedado en ser socios!”.
Así estuvieron discutiendo
un largo rato, por lo que deciden ir a juicio, a desarrollarse
en un tribunal rabínico.
Se presentan, y ante la mirada
atónita de los jueces, uno porfiaba en que quería
darle al otro la mitad del dinero, y su litigante no lo
quería aceptar, porque decía que no le pertenecía.
Los jueces seguramente habrán
pensado: si todo el mundo fuere así, se viviría
de otra manera.
Finalmente sentenciaron que
el dinero debería dividirse.
Así fue como este maestro
aceptó su parte y se la llevó.
¿Qué hizo con
ese dinero? Pues, pensó: hace muchos años
que estoy casado, y aun no tengo hijos. Daré todo
esto como caridad, y recibiré una bendición
de mi rabino. Quizá El Eterno se apiade de mí.
Así fue como se acercó
a la casa de su rabino y le dijo: Aquí le traigo
todo esto, acéptelo y deme una bendición para
que me nazcan hijos.
El rabino le dijo: Por ser
que estás dispuesto a darlo todo a cambio de hijos,
ese acto con certeza será considerado de gran valor
por El Eterno. Vete a tu casa, y llévate todo este
dinero que te pertenece. Seguramente en mérito de
lo que has decidido sobre tu fortuna material, la bendición
no tardará en llegar.
El
individuo se retiró, y en poco tiempo su esposa quedó
preñada. Le nació una hermosa niña
que la pareja amó inconmensurablemente. Luego, al
año, les nació otra bonita niña, que
los llenó de gozo. Merced a su acertado, generoso
y bondadoso accionar, El Eterno los había colmado
de bendiciones
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