“Vengo
en busca del “Guet”. Quiero divorciar a mi mujer
y punto. No haga esfuerzos, querido Rabino, no me va a convencer.
”, se lo escuchaba decir al señor Meir apuntando
su mirada hacia el Rab Maslatón. Estaba muy firme
con su decisión, muy sólido en su postura
y a simple vista no existía alguna forma de hacerlo
cambiar de parecer.
“Está
bien, si eso es lo que quiere”, le contestó
el Rab, y siguió: “venga mañana mismo
en la mañana a mi oficina y haremos el “Guet”
juntos”.
Ni
bien se retiró Meir del despacho, el Rab se dirigió
a su asistente y le dijo: “mañana en la mañana,
cuando Meir regrese aquí para hacer el “Guet”,
acércate a mí y susúrrame algo en el
oído. Yo te gritaré a ti desenfrenadamente
tratándote como un descarado”.
El
secretario no entendía el por qué de todo
esto, pero si el Rab se lo había solicitado, pues,
había que efectuarlo.
Al
día siguiente, tal cual habían pactado, Meir
se dirigió a la dependencia del Rab. “Vengo
por lo de ayer”, dijo. “Muy bien, llamaré
al “Sofer” para que comencemos con la escritura
del “Guet”, contestó el gran erudito.
Cuando
se encontraban en la mitad de la redacción, el colaborador
del Rab se le acercó y le susurró algo en
el oído. “Descarado, ¡no tienes vergüenza!,
¡cómo se te ocurre!, ¡retírate
de aquí antes que me enoje aun más!”,
vociferó el Rabino.
Luego
que el asistente se retiró de la sala, Meir le comunicó
al Rab: “perdone que me meta, Rab, pero ¿qué
es lo que sucedió con aquel sujeto?, ¿por
qué le gritó tanto?, ¿qué le
dijo en el oído?”. “Ah, tú no
sabes lo que me acaba de decir… no tienes idea…”,
contestó el Rab, y continuó: “él
me dijo que me apresurara en hacer tu divorcio ya que, ¡deseaba
casarse con tu mujer cuanto antes!”.
“¿Cómo?,
¿con MI mujer?, ¿¡cómo se atreve?!,
¡ella es MI mujer! ¡Ahora no me divorcio nada!,
¿¡cómo me va a quitar a MI esposa?!”,
respondió Meir, encolerizado. Luego de aquello el
Rab los bendijo a él y a su esposa con mucha prosperidad
y éxito.
Fue
muy inteligente en bendecirlo a posteriori del reconocimiento
por parte del marido hacia su esposa. El Rab podía
haberlo hecho antes, ni bien Meir se presentó en
su despacho en la primera oportunidad, mas bien el Rab esperó
a que primeramente valore lo que tiene y luego sí,
sea digno de bendición. Si no valoramos lo que tenemos,
por más bendiciones que recibamos, siempre nos sentiremos
insatisfechos.
Esta
es la sabiduría de nuestros sabios…
Más
allá de lo jocosa que resulte esta historia (que
no por ello es falsa), tal vez podríamos detenernos
y pensar qué pasa con nosotros mismos. ¿Valoramos
lo que tenemos?, ¿le damos verdadera importancia
a nuestros “tesoros”? ¿O bien, necesitamos
llegar a perderlos primero para darles la importancia que
se merecen realmente?
Tal
vez estamos acostumbrados a pedirle a Di-s cuando las cosas
andan mal, pero ¿qué sucede cuando todo está
en orden, a la perfección?, ¿le agradecemos
por aquellas satisfacciones, o bien, pensamos que “nuestra
fuerza e inteligencia” son las que hicieron de nuestros
emprendimientos un éxito asegurado?
“Hashem,
por favor, ayúdame a encontrar un lugar para estacionar
mi automóvil”, rezó Moti, desesperado
por encontrar un sitio en donde detener su vehículo.
Luego
de unos minutos, finalmente el sitio disponible apareció.
“Deja, Hashem, no hace falta… ya lo encontré…”
Estamos
acostumbrados a ver personas que rezan con toda devoción
cuando una situación de emergencia los acoge. Ya
sea una operación complicada, la peligrosa salud
de algún familiar cercano, la búsqueda de
trabajo, etc. Mas difícil es observar este mismo
entusiasmo cuando se trata de un agradecimiento. Tal vez
sí exista, pero solemos olvidarlo rápidamente.
Como algo del pasado, archivado en el olvido.
Javier
se dirigió al Templo “Keter David” y
observó que se celebraba una fiesta. “Sucede
que este sujeto tuvo un accidente muy importante. Estaba
caminando por la calle, vino un autobús y lo atropelló
de manera trágica. Este banquete es para agradecerle
a Di-s por haberlo sanado”, le contestaron cuando
preguntó el motivo del acontecimiento.
Otro
día se dirigió a la misma sinagoga, y también
se consagraba una velada. “¿Qué se festeja
hoy?”, interrogó al mismísimo ejecutor
de aquel ceremonia. “Yo particularmente estoy celebrando
que hace cuarenta (40) años que cruzo por la misma
calle y nunca me atropelló un autobús”.
Como
decíamos, es más fácil aferrarse y
creer en un Di-s al cual suplicarle en los momentos de apremio
cuando nos encontramos en situaciones que no tenemos manera
de salir por “nuestros propios medios”. Una
especie de “amuleto” al cual nos apegamos. De
todas maneras no “perdemos nada” suplicándole;
la “ley del último recurso”…
En
realidad, debemos ser concientes que si no fuese por la
ayuda Divina, nunca podríamos realizar cualquier
o tal cosa. Cada movimiento, cada paso, cada respiración,
palpitación, todos son milagros constantes. No hace
falta que veamos como se parte el Mar Rojo, o como cae el
Maná del cielo. Mirándonos bien a nosotros
mismos, internamente, sabremos que no somos sino “maravillas
andantes”.
Siempre
existe aquella Providencia Celestial. Sucede que es el deseo
de Di-s que todos los milagros cotidianos se lleven de una
manera aparentemente “lógica”, para que
tengan lugar explicaciones racionales y alejadas del pensamiento
de la Existencia de Un Di-s, de Un Poder Divino, Supremo.
Es
que si todo sería claro y “La Mano de Di-s”
palpable a los ojos de todos, abiertamente, no existiría
el libre albedrío y por ende, Hashem no podría
contribuir a aquellas personas que optan por el bien.
Henry
se había quedado encerrado en su oficina en un rascacielos
famoso de Manhattan. Quedó muy inmerso en su trabajo
y olvidó que el edificio se había cerrado.
Se encontraba solo en todo el complejo. Las líneas
telefónicas y cibernéticas no funcionaban,
tampoco podía gritar ya que se encontraba en el piso
sesenta (60), no lo escucharían. No tenía
manera de comunicarse con alguien que lo pueda rescatar
de allí.
“Tengo
una idea”, dijo para sus adentros. Henry arrojó
billetes de diez (10), veinte (20), cincuenta (50) y hasta
cien (100) dólares por las ventanas, pensando que
las personas que los agarraban mirarían hacia arriba,
percibiendo la presencia de él, encerrado en el rascacielos.
Mas
eso no sucedió. La gente tomaba los billetes, se
los veía muy felices, contentos, pero seguían
camino. No observaban de dónde provenía.
Entonces
Henry cambió de táctica. Ahora en vez de billetes,
lanzaba piedras. En esta oportunidad sí, Henry se
dio cuenta que tuvo la mejor idea: los transeúntes,
enojados, miraban hacia arriba para saber quién había
sido el “descarado” que había arrojado
las piedras…
Cotidianamente
tenemos muchos tipos de “lanzamientos Celestiales”:
tenemos los “billetes”, los momentos felices,
prósperos, exitosos; y los momentos de “piedras”,
problemas de salud, psicológicos, dificultades laborales.
Todos son enviados por Hashem. Todos nos llegan para que
reconozcamos a un Ser Todopoderoso. Está en nosotros
reconocer a Di-s por una manera u otra. La elección
está en nuestras manos. Y tú, querido lector,
¿cuál elegirás?
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
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