Frecuentemente me pregunto cuál será el motivo
por el cual Di-s le otorga a sus criaturas, ni bien nacen,
ese cariño, amor y enternecimiento que atrapa a cualquiera
que se los tope por el camino. “Ay, ¡mira qué
lindo ese bebé!”, “observa lo amoroso
que se ve aquel tigrecito…”, “¡qué
bellos pollitos!”.
Seres que quizá de adultos provoquen desagrado o
hasta terror (y no me refiero solamente a los animales…),
cuando salen al mundo, y durante los primeros años,
mantienen esa belleza exterior captando las múltiples
miradas de los transeúntes.
En una oportunidad escuché de un Rab decir: “cuando
los niños son pequeños acostumbramos a pensar:
“¡qué lindos!, ¡qué ganas
de comérselos!”. Pero cuando crecen, uno se
pregunta: “¿por qué no me los habré
comido antes?”.
¿Qué
beneficios podría tener para un simple animalito
captar la atención de muchos otros que, tal vez,
desde su posición mucho no pueden hacer para con
él? ¿De qué le serviría a un
bebé que más personas les pellizquen sus tiernos
cachetes, repitiendo frases casi aprendidas de memoria por
aquellos pequeñuelos, por tratarse de libretos universales
y repetitivos?
Claro que nos es imposible comprender motivos celestiales.
Existiendo una diferencia abismal entre nosotros y Di-s,
se descarta que lleguemos al nivel de “comprensión”
que Aquel posee. De todas maneras, quizá podríamos
aproximarnos a una posible hipótesis.
No hace falta escarbar mucho para darnos cuenta que estamos
en momentos de “oídos sordos”…
“Sordos” porque no escuchan… o porque
no quieren escuchar… “Sordos” porque con
tantas tareas y ocupaciones diarias, ya no disponemos de
tiempo para prestar un oído a un compañero
caído. Algo tan mínimo y con tan poco costo
real de mercado, no estamos disponibles a “comprar”.
Mejor dicho, a vender… Para la tecnología,
los aparatos de última generación y para correr
al “Gym” hay tiempo… ¿y qué
pasa con nuestro alrededor?, ¿qué sucede con
nuestra pareja?, ¿y qué hay de nuestros hijos?,
¿de nuestros amigos, nuestra familia?
El nivel de valores cambió. Quizá el consumismo
ya nos ha comenzado a “consumir”. Otros muchos
lucran con nosotros y no dejan que seamos nosotros los que
hagamos “negocios” con nuestro compañero.
Porque, a fin de cuentas, escuchar las aflicciones de otra
persona puede ser un negocio literalmente “redondo”.
Y cuando digo “redondo” no me refiero a que
le estemos ahorrando la asistencia psicológica (que
también es cierto). Afirmo que es “redondo”
porque si bien estamos ayudando de manera impresionante
e ilimitada, no tenemos que pagar costo alguno por aquello.
Hasta el momento no existe empresa que cobre por utilizar
nuestros oídos (aunque sí las hay que se encarguen
de destruirnos los tímpanos con chismes y habladurías…)
Desde mi experiencia personal, creo que cuando ayudo a otro
me estoy ayudando a mí mismo. A descubrirme más.
A ser más tolerante, más comprensivo, más
persona…
¿Qué
perdemos?, ¿qué dejamos de ganar?, ¿cuántos
negocios descuidamos por tres minutos pensados para otro
que no sea uno mismo?, ¿brindar a un otro despegado
de mí?
Sin dudas que el egocentrismo y el narcisismo poseen un
gran papel en sociedades como las nuestras. Con bombardeos
mensajeros constantes en donde se nos invita a satisfacer
cualquier “necesidad” URGENTE que surja, no
existen titubeos de pensar que no estamos solos en aquella
decisión. Que no somos los únicos que elegimos.
Pero ojo… tampoco apuntar con un dedo y afirmar que:
“toda la culpa la tienen los medios de comunicación
y las empresas generadoras de consumo”, porque, a
fin de cuentas, creo que debemos adaptarnos a las circunstancias
y comprender que, a fin y al cabo, somos escritores de nuestra
propia historia. Poseemos libertad y responsabilidad para
elegir por nuestros propios medios y no transformarnos en
esclavos del mundo de los amos. Ni la T.V., ni la radio
ni la computadora se encienden solas…
Los esfuerzos deben estar centrados en un mismo y no en
el afuera. Observar qué podemos hacer desde nosotros
para mejorar lo externo, independientemente de la circunstancia
en la que se encuentre la región toda. Porque si
Hashem nos encomendó vivir en estos siglos y no en
otros, en esta época y no en aquella otra, no es
más que un indicio que podemos atravesar exitosamente
la presente etapa. Di-s no interpone en el camino aquellas
pruebas que Sabe que no podremos superar.
Retomando la pregunta inicial, postulo que uno de los posibles
motivos por los cuales Di-s engendra a sus criaturas de
manera bella y vistosa los primeros años de vida,
es para que no mueran de amor. De no ser por esta característica,
¿qué “beneficio” podría
otorgarle a un individuo cuidar de una criatura que necesita
higienización constante, gastos económicos
elevados y una dependencia total para cualquier tipo de
actividad? (¿quién nos dijo que todo se evalúa
en parámetros de conveniencia y beneficio?) Ya nos
topamos con casos reales en los cuales, a pesar de esta
gran bondad celestial, padres abandonan a sus hijos…
imaginémonos qué sucedería si no existiría
este “bien” innato…
Hoy día hasta el saludo es parte de los “business”.
Sonrisas por conveniencia. Acercamientos por interés.
Frases cómicas “para quedar bien con el cliente”.
¿En dónde ha quedado, me pregunto, la sinceridad,
la trasparencia y la amabilidad de por sí, tan sólo
por tratar con individuos, con seres vivos, sin ningún
interés creado? ¿Por qué nos cuesta
tanto ser personas con cualquier persona? ¿Habrá
que pensar siempre en términos económicos
o de beneficio para tratar a los individuos como realmente
lo merecen?
Todo ser vivo es consciente cuando se lo registra, cuando
se lo valora, cuando se lo tiene en cuenta, cuando se le
otorga un lugar entre todos, cuando se lo distingue. Las
simples sonrisas, caricias, afectos y frases tiernas los
ayudarán para comenzar sus primeros pasos con confianza
y seguridad. Luego “la vida” dirá cómo
manejarán el tema del afecto y la proximidad con
sus pares, pero ¿qué mejor inicio que este
para comenzar a socializar? (para socializar no es necesario
hablar, el lenguaje corporal, no verbal, también
cuenta… y mucho.)
Quizá no sea la mejor virtud para destacar. La belleza
es casi innata (a menos que el lifting haya hecho de lo
suyo…) No creo que sea muy meritoria aquella persona
que nació con magnificencia y perfección encantadora.
Valoraría más al individuo que luchó
para modificar sus cualidades... pero los ojos tienen mucho
poder… y no se lo puede negar.
Hace unos meses leí un slogan de una prepaga médica
que anunciaba: “antes que pacientes, personas”.
Más allá de la posible estrategia de marketing,
debo reconocer que aquella frase me impactó. En los
hospitales, muchas veces el individuo se convierte en un
síntoma, en una enfermedad, en un objeto. En un ambiente
muchas veces técnico y frío, las palabras
de aliento se tornan sumamente significantes.
No hace mucho tiempo atrás sufrí unos pequeños
desmayos. Para descartar cualquier enfermedad, en la guardia
me enviaron a realizar todo tipo de control: tomografía
computada, electrocardiograma, análisis de sangre,
de orina, radiografías, etc. Me asusté mucho
ya que todos esos términos eran nuevos para mí.
Sentí mucho la frialdad de los médicos y el
trato como “en fila de banco” que recibí
(no quiero que esto se tome como generalización,
fue mi experiencia personal y en un determinado hospital).
Pero, en un momento dado, un enfermero que me acompañaba
hasta la sala de estudios, muy inteligentemente me dijo:
“no te preocupes, estás sano…al menos
hasta que no se demuestre lo contrario, sí lo estás”.
Recuerdo que tan sólo esas palabras me dieron aliento,
me aliviaron. A fin de cuentas (inconscientemente o no),
era lo que estaba buscando y nadie –salvo él-
supo decodificar: que comprendan que todo era nuevo para
mí y que me tranquilizaran.
Sin llegar ni a engañarme ni a consolarme, el profesional
dijo la frase exacta que calmó mi ahogo. Siempre,
siempre y siempre se debe ir con la verdad, y eso también
aprecié de su parte. No tiene sentido mentir en pos
de la salud. Mentir por sí solo ya no es salud…
El Shulján Aruj (Código de Leyes Judía)
en el capítulo 231 de Oraj Jaim expresa: “…
y también, todo provecho que el individuo tenga de
este mundo que no tenga intención para su propio
provecho personal, sino para cumplir con las Ordenes del
Creador (para servirLo) […] Al dormir que no piense:
“dormiré solamente para descansar mi cuerpo”,
sino para reunir fuerzas que le posibiliten cumplir las
Mitzvot (lo mismo con la comida y la bebida) […] y
el que así se comportase, saldrá que Servirá
a Di-s constantemente y en todas sus actividades”.
Aprendemos de aquí que existen maneras de cumplir
mitzvot aun cuando nos acostamos por las noches. Con cada
segundo de sueño estaremos cumpliendo un precepto
aparte (siempre y cuando exista una verdadera intención
de dormir para Servir a Di-s).
Y no solamente con las acciones personales se puede lograr
esta categoría. Aun en nuestras relaciones interpersonales
cotidianas podremos cumplir con lo antes mencionado: ya
sea desde la profesión que sea, atendiendo un negocio,
un kiosco, un local de ropa o simplemente contestando cordialmente
un teléfono, podremos estar facilitando actitudes
terapéuticas. ¿Cuántas veces nos quedamos
mal por el trato recibido en un local? O, mejor dicho, ¿nunca
nos sentimos atendidos de tal manera que afirmamos: “que
lindo que existan este tipo de personas en el mundo”?
Descartando estrategias de marketing o comisiones por ventas,
debemos intentar ser constantemente de esta manera. De proveer
ese vínculo, esa atención y cordialidad más
allá de los intereses comerciales. Simplemente para
que un otro se sienta recibido, acompañado, respetado.
En mi corta experiencia como vendedor y atención
al cliente, me doy cuenta que la mayoría de las personas
que se acercan a consultar, buscan el buen trato. Uno puede
sentir lo bien que se sienten cuando perciben que se los
trata y se los valora como verdadero sujetos. Como individuos
diferenciados y con la importancia que se merecen.
Muchas veces me encuentro con tarjeteros o volanteros. Observo
frecuentemente que no pocas personas pasan por al lado de
ellos ignorando aquel folleto. Mejor dicho, haciendo como
aquel tarjetero no existiera. Para mis adentros pienso que
aquellas personas deberán estar bastante apuradas
y ocupadas. Por mi parte reflexiono que, si bien a veces
corro contra reloj (creo que no seré el único),
no pierdo nada al recibirlo, decirle “gracias”
y por qué no, colaborar con la limpieza de las veredas
arrojando el futuro residuo al cesto. El volandero se beneficia
y yo no tengo pérdida alguna (salvo cuando llevo
paraguas o muchas cosas en la mano que se complica).
En una oportunidad, una persona comentó que se encontraba
recorriendo las calles de Londres y arrojó un papel
al piso londinense. De repente, se le aparece una señora
diciéndole: “Señor, se le ha caído
este papel”. Asombrado, el hombre le contesta: “Gracias
señora, pero ya no lo necesito…”. A lo
que la mujer le replicó: “Londres tampoco…”
Sin dudas que con los valores tan desgastados no se necesitan
tantos “magos” y “varitas mágicas”
para ser partícipes de actitudes terapéuticas.
Diariamente, a cada paso de nuestras vidas y hasta en nuestra
profesión, podremos efectivizar este bien que tanto
hace falta.
Tampoco hace falta ser psiquiatra, psicólogo, trabajador
social o counselor. No pasa por poseer un título.
Obteniéndolo solamente, no se acredita automáticamente
esta calidad. Pasa por una cuestión de ser, por una
cuestión de actitud… Muchas veces, palabras
sinceras provenientes de un amigo pueden hacer más
que cientos de sesiones psicoanalíticas.
Quizá debamos comenzar por nuestros hogares. Es más
sencillo brindarse al público, devolviéndonos
este sus agradecimientos y alabanzas por nuestras actitudes:
“¡qué buena persona!”, “¡gracias
por ser tan bueno conmigo!”.
En muchas oportunidades nos ofrecemos hacia el afuera pero
olvidamos el adentro: nuestra familia, compañeros
de hogar. Allí erradica el verdadero “favor”.
En donde, sabiendo que no recibiremos reconocimiento alguno,
nos ocupamos por el bien de aquel miembro. Una ayuda incondicional,
verdadera.
Solamente pensemos: ¿quién de nosotros no
ha sufrido alguna vez? ¿Quién de nosotros
no ha necesitado alguna palabra de aliento en alguna ocasión?
¿Quién de nosotros no ha transitado una situación
complicada y traumática?
No creo que muchos lectores puedan afirmar que nunca estuvieron
tocados en alguno de estos aspectos. Y no porque sean débiles
o indefensos, sino porque la vida nos presenta diariamente
aquellos obstáculos. Esa es la esencia de nuestra
existencia… pero con un fin positivo: que los podamos
superar. Ayudemos a otros, la mayor parte del día
posible que, seguro y más que seguro, también
nos estaremos ayudando a nosotros mismos.
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
Si te
apasiona la Mística y la Numerología, te recomendamos leer
un libro que seguro te fascinará: Numerologíay Cábala. Es una obra elaborada a tu medida.
En el
mismo encontrarás un compendio completo de las letras hebreas y
las enseñanzas místicas que surgen de las mismas. Además,
hallarás el desarrollo y la explicación de temas trascendentales,
vistos según la óptica de la Numerología y la Cábala.