Los
días estremecedores culminaron. El shofar, el mes
de Elul, Rosh Hashaná, Iom Kipur, todo llegó
a su fin. Un trabajo arduo de cuarenta días de duración.
Ahora se nos pide poner énfasis en la alegría.
Acentuar que en la vida no todo es temor. Se nos exige estar
alegres pues seguramente Di-s escuchó nuestras súplicas,
sellándonos en el Libro de la Vida y de las buenas
bendiciones. Tan es así la exigencia del júbilo
y regocijo en estas fechas, que uno de los nombres propios
de la festividad de Sucot es: “Jag Simjatenu”
(la festividad de la alegría).
Bien sabemos que existen dos caminos posibles para servir
al Todopoderoso:
1) Por temor al castigo y/o a Di-s, se busca cumplir con
todos los preceptos lo mejor que se pueda.
2) Por un amor incondicional a Un Ser Supremo que Nos Creó
y Nos brinda incontables beneficios a cada segundo de nuestra
existencia, la persona siente que es un deber escuchar los
dictámenes Divinos que Él Encomienda. Confía
que Deseará lo mejor para su persona.
Sin dudas que un padre preferirá que su hijo lo respete
más por amor que por temor. No hay margen a pensar
que el sendero del miedo sembrará mejor el vínculo
afectivo, que lo hará más consistente, más
fuerte. De todas maneras, en el camino de las mitzvot (preceptos),
el temor es uno de los posibles medios para el servicio
Divino. Pero el camino del amor, se lleva la mejor parte…
y la mejor paga también.
Venimos transcurriendo días y semanas de temor al
juicio, a la Justicia Divina, a nuestro futuro en general.
No sabemos qué dictaminarán desde los cielos
para el año entrante, si tenemos los méritos
suficientes. Por eso rezamos con fervor y de todo corazón.
Todo ese trabajo es inducido hasta la festividad de Sucot.
Al llegar esta misma Di-s nos dice: “ahora podemos
comenzar el año con mayor optimismo. Estén
alegres pues su `teshuvá` (retorno a las fuentes)
fue aceptada. Ya no Me Sirvan por temor, ahora quiero que
el amor nos una y sea nuestro nexo de comunicación,
nuestro lenguaje”.
Y si prestamos bien atención, observaremos que existe
un ascenso gradual del nivel solicitado: primeramente comenzamos
el retorno con el temor como pilar (en los días del
mes de Elul y a posteriori), pero finalizamos los días
festivos en el crepúsculo de la relación:
con amor y fraternidad como norma.
Hashem nos invita a su casa y pide convivir con nosotros.
“Ahora que nos una la alegría”. Y así
realmente sucede… el que tiene el mérito de
realizar una Sucá en su propiedad, construye una
pequeña cabaña para que repose la Divinidad.
Di-s se acerca a nosotros pues busca que nos alegremos en
Su festividad.
Pero… la convivencia no es fácil...
Si existe algo que hoy en día todos tenemos amplio
conocimiento sobre ello, son los tan afamados conflictos
conyugales entre parejas y matrimonios. Un buen día
se amaban profundamente, se fueron a convivir juntos; y
a la semana, casi como por arte de magia, ya siquiera podían
verse el rostro.
¿Qué sucedió?, ¿qué fue
lo que hizo cambiar tanto de parecer a estos “enamorados”?,
¿no era que se amaban?, ¿no se juraban “amor
eterno” hace unos días? La convivencia…
hay muchas situaciones que se descubren únicamente
conviviendo con la otra persona.
En realidad, Hashem siempre quiere convivir con nosotros,
todo el año. Sólo que en estos días
poseemos un medio material el cual podemos aprovechar como
objeto motivador para cumplir este mandato. Si no podemos
efectuarlo durante todo el año, al menos aprovechemos
esta oportunidad única más objetivizada.
A tal punto nos desea como “compañeros de hogar”
que Rabí Janiná nos enseñó que
(Makot 23 b): “Quiso Di-s ameritar al Pueblo de Israel
por ende les aumentó a ellos en Torá y preceptos…”
¿Y esto por qué?, ¿para qué
son necesarios 613 mitzvot? Nos contesta el sabio: para
que tengamos presente a Di-s a cada segundo de nuestra cotidianeidad,
a cada paso a efectuar, siendo así más sencillo
seguir Sus caminos. Para ameritarnos. Descomprimirnos la
labor. Recordatorios a cada momento que se representan con
conductas diarias. En la vida de los preceptos, ¡tenemos
leyes hasta para ir al lavabo!
Pero… ¿podremos convivir con otro Ser sin antes
conseguir convivir con nosotros mismos? Bien sabemos que
el individuo nace, vive y muere (Di-s no permita) en sociedad.
También en lo que refiere a los preceptos, existen
cantidades de estos que pueden efectuarse exclusivamente
con la presencia de un compañero, de un prójimo.
Claro que es más que suficiente para darnos cuenta
que no podemos apartarnos de todos y vivir en soledad. Cada
uno es indispensable para el sistema social (¿se
imaginan si cada uno de nosotros debería ser a la
vez doctor, escribano, vendedor, zapatero, tapicero, cerrajero,
verdulero y ascensorista?). Todos necesitamos de todos para
cubrir la mayoría de nuestras necesidades. Pero…
¿puedo convivir con un otro si antes no logro convivir
conmigo mismo?, ¿si previamente no alcanzo a aceptar
mis defectos, mis falencias, mis errores, como así
también, a reconocer mis virtudes?
Convivamos con Hashem, claro. Pero también intentemos
analizar nuestro estado interno e interpersonal cotidiano.
¿En dónde se nos ordena convivir con Di-s?,
¿en qué sitio? En una simple cabaña.
Sin bien las leyes de la construcción de la misma
no son tan simples como construir cualquiera de ellas en
la práctica, bien sabemos que las paredes puede ser
de cualquier tipo de material, mientras cumplan el requisitos
de ser firmes y que ningún viento predecible las
balancee.
La medida mínima del ancho de una Sucá debe
ser de siete puños por siete puños (7x7).
La altura, mínimamente de diez puños (10).
Si multiplicamos la medida del largo por la del ancho, nos
dará como resultado 70 (7x10). ¿Casualidad?
Para nada…
La Sucá representa la vida de la persona. Tal como
nos enseña el Rey David en Tehilim: “Nuestra
vida dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos
más vigor…” (90:10). Por más lujos,
poder o bienes que poseyemos, nuestra vida es pasajera.
El Zohar (volumen 3) nos dice que: “el ser humano
transita por este mundo considerándolo como si fuese
propio de él, que se quedará viviendo en él
eternamente.” Es una realidad. Pensamos que todo lo
tenemos. Justamente Sucot nos viene a enseñar que
todo tiene carácter transitorio. Todo es un “medio
para…” y no un fin en sí mismo.
El Ram Amnon Itzjack explicó en una oportunidad que
el bebé, ni bien sale al mundo, lo hace con las manos
cerradas, simbolizando el afán del humano por llevarse
muchas cosas de este mundo. Lamentablemente, todos sabemos
cómo se retira la persona del mundo: con las manos
abiertas. Demostrando finalmente que todo lo que se quiso
apropiar, nada (excepto su alma y sus buenas acciones) pudo
llevarse consigo.
Siguiendo con las leyes concernientes al armado de la Sucá,
nuestros sabios nos enseñan que el techo debe estar
compuesto solamente por ramas, plantas o yuyos que crezcan
de la tierra y que estén arrancadas de la misma (un
árbol arraigado a la tierra no serviría).
Claro que lo material debemos utilizarlo. Debemos darle
un provecho. Pero… siempre y cuando esté “cortado”
de la “tierra”. Si las “ramas” se
encuentran “podadas”, entonces adelante…
tu misión va encaminada; tratas de combinar lo material
con lo espiritual. Pero si lo “terrenal” pasa
a ser el fin y no el medio de la vida, si no “cortas”
aquellas “raíces”, entonces tu Sucá
no es apta. Tu vida no está encarrilada de manera
óptima.
A fin de cuenta deberíamos repreguntarnos: ¿somos
esclavos de los bienes que tenemos?, ¿o estos nos
ayudan a elevarnos?
En una oportunidad un gran hombre de negocios se acercó
al Rab Aharon Kotler ZZ”L para realizarle una pregunta:
“mire Rab, soy una persona sumamente ocupada con mi
sustento. ¡Realmente no poseo tiempo para nada! Tal
es mi pena que no sé cómo organizarme para
estudiar Torá. Entiendo la vital importancia de la
misma. Es más, en la actualidad mantengo casas de
estudios de este tipo. Puedo aumentar aún más
este estilo de actos, ¿pero yo estudiar? ¡Imposible!
No me dan los tiempos…en realidad yo quería
saber si tendré “Mundo Venidero” por
así comportarme…” El Rab lo miró
unos segundos y le dijo: “Mundo Venidero seguro que
tendrás, tus acciones son filantrópicas, que
de eso no te queden dudas. Pero, ¿qué pasará
con tu “Este Mundo”?, ¿acaso no lo deseas
tener también?”.
Por otra parte, tenemos el precepto de las cuatro especies.
Bien todos sabemos que cada una representa a un grupo determinado
de personas:
a) Etrog (cidro): posee gusto y aroma. Apunta a los individuos
que estudian Torá y se comportan con buenas cualidades.
b) Lulav (palma de palmera): tiene gusto pero no aroma.
Representa las personas que tienen sabiduría pero
no actos de bien.
c) Adás (mirto): tiene una buena fragancia, pero
no es comestible. Representa una persona que tiene buenos
actos, pero no tiene sabiduría.
d) Aravá (sauce): no tiene ni sabor ni olor. Se trata
de una persona que no tiene ni buenas obras ni tampoco la
sabiduría de la Torá.
Con estas cuatro especies, cuando las juntamos pronunciamos
una bendición. Cabe recalcar que, para poder pronunciarla,
es necesaria la presencia de TODOS los ejemplares. Habiendo
dos etrogim pero sin encontrarse un lulav o una aravá,
está prohibido recitar la bendición.
Si queremos que la bendición Divina repose sobre
nosotros, debemos unirnos. Sin unión, no hay bendición
ni nuestra ni de Hashem. Todas las especies deben estar
juntas para recitarla. Aprender uno del otro. Atraer a otras
personas alejadas del camino. Pero, antes que nada, saber
aceptar incondicionalmente el nivel de otros individuos.
Reconocer la diversidad. Entender que no todos corrieron
(y corren) la misma suerte.
Esta unión característica podemos observarla
durante todos los rezos. Si puntualizamos bien nos daremos
cuenta que las súplicas son siempre en plural: “cúranos”,
“perdónanos”, “remídenos”
(ver “Amidá”). No pedimos por nosotros
mismos sin antes recordar que pertenecemos a un todo. Que
somos un verdadero rizoma existencial.
El Jafetz Jaim fue consultado acerca de las distintas costumbres
que llevan a cabo los judíos de diferentes comunidades
de distinto origen. Respondió: "Las diferencias
entre los distintos modos de servir al Creador (dentro de
quienes observan la ley acorde al Shulján Arruj),
no son perjudiciales, sino -al contrario- responden a diferentes
lugares por los cuales pasó nuestro exilio y los
cuales reforzaron los aspectos internos de diversos grupos
de Iehudim de diferentes orígenes. La suma de todas
estas costumbres hace a la armonía del Am Israel.
Intentar anular una costumbre a favor de otra, sería
equivalente a anular una de las diferentes fuerzas dentro
de un ejército (los tanques no reemplazan a los aviones,
ni estos hacen la tarea de la infantería.) Ashkenazim
y Sefaradim, Jasidim y Mitnagdim deben sumar sus bríos
y energías -sin suprimirse unos a los otros- para
crear la sinfonía que hace a la victoria espiritual
esperada, al igual en que la tarea de los Cohanim, Leviim
e Israelim, en su conjunto cumplían con la obra exigida
por Di-s"(“VeSamajta BeJagueja", Rab Daniel
Oppenheimer, páginas 268/269-)
“Y te alegrarás en tus fiestas solemnes, tú,
tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, y el levita, el
extranjero, el huérfano y la viuda que viven en tus
poblaciones” (Devarim 16:14).
“Siete días celebrarás fiesta solemne
a Hashem, tu Di-s, en el lugar que el Eterno escogiere;
porque Te habrá bendecido en todos tus frutos, y
en toda la obra de tus manos, y estarás verdaderamente
alegre” (Devarim 16:15).
Tal como antes mencionamos previamente, en la festividad
de Sucot se puntualiza enfocarnos en la “simjá”,
en la alegría. También repasamos algunas leyes
concernientes a la construcción de la Sucá:
todo debe ser muy rudimentario y pasajero.
Pero… ¿cómo podremos estar felices habitando
en pequeñas chozas apenas amuebladas?, ¿no
estaríamos más alegres en nuestros verdaderos
hogares?, ¿acaso no se contradice aquello de “vivir
pasajeramente en Sucot” con estar alegres siceramente?
Generalmente todo lo que entristece a la persona es la envidia,
los celos el “no poder llegar a…”, el
anhelar más, la ambición, el deseo. Practicando
e internalizado que en este mundo todo tiene categoría
de inmortal, de pasajero, llegaremos a no mirar tanto lo
que no poseemos y enfocarnos en lo que sí tenemos.
Y allí radica la verdadera felicidad: cuando podemos
valorar lo que Di-s nos manda. Así nos enseña
Ben Zomá en el Pirké Avot (4:1): “¿Quién
es el rico? Aquel que está contento con su parte…”
Por ello no se contradicen los conceptos. Por más
cómodos y felices que podamos estar en nuestros hogares
estables, por más lujo y confort que allí
exista, no es hacia aquello lo que nosotros anhelamos. Lo
material no es lo que nos produce verdadera felicidad y
paz interior.
De esta manera seremos más felices, no estaremos
alertas al auto último modelo que se compró
nuestro vecino y pondremos más énfasis y energía
para convivir de la mejor manera posible con Di-s y con
nuestros semejantes. Pero antes… ¿y por casa
cómo andamos?
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
Si te
apasiona la Mística y la Numerología, te recomendamos leer
un libro que seguro te fascinará: Numerologíay Cábala. Es una obra elaborada a tu medida.
En el
mismo encontrarás un compendio completo de las letras hebreas y
las enseñanzas místicas que surgen de las mismas. Además,
hallarás el desarrollo y la explicación de temas trascendentales,
vistos según la óptica de la Numerología y la Cábala.