La
tan temida y tenebrosa soledad… Esa por la cual somos
capaces de sacrificar intereses personales a fin de gustar
a otros y no quedarnos solos, esa por la cual dejamos de
ser nosotros mismos, disfrazándonos por bastantes
horas con caretas que no nos corresponden, esa que evitamos
a toda costa… la tan temida soledad.
Ya de por sí la sociedad nos hace creer que está
“mal visto” estar sin pareja, solos, sin otra
mitad. ¿”Aun no tienes novia? ¡Hay que
ponerse en campaña entonces!”. Si bien la Torá
nos expresa claramente que debemos complementarnos con otra
persona (Génesis 2:18), eso no quiere decir que “el
fin no justifique los medios” hacia aquel objetivo.
Los casamientos por presión familiar, temor a quedarse
solos en el mundo, al qué dirán los amigos,
entre otros, no son los matrimonios que se nos exige.
También tenemos preceptos que inevitablemente debemos
socializarnos para poder efectuarlos. Dentro de las mitzvot
positivas y negativas, disponemos de algunas que su accionar
es para con Di-s y otras hacia nuestro semejante. Sin estos
últimos se torna imposible cumplir los seiscientos
trece preceptos. Aun así, al judío se le exige
a diario introspección personal, reflexión
en soledad y balance de sus actos para observar internamente
si su comportamiento está adaptado a las sagradas
escrituras (ver el texto que recitamos en el Shemá
antes de ir a dormir).
En otras palabras: la soledad no es “mala” para
la Torá… el asunto esencial es determinar para
qué estarlo (motivo y función) y cuánto
tiempo.
Esperando en los consultorios médicos, en el colectivo,
en la calle, en reuniones familiares o de amigos aburridas…
todo lugar siempre será el óptimo para sacar
de nuestros bolsillos o carteras el tan preciado y “compañero”
teléfono celular. Ese que nos acompaña a todos
lados que vamos, que nos permite mandar “mensajitos”,
navegar por Internet, sacar fotos, escuchar música,
entretenernos con juegos, ver T.V., escuchar la radio…
(no, aun no llegaron a volar…) ¡Ah! Y que también
nos permiten comunicarnos por teléfono, por si lo
habían olvidado…Ese aparato, que su uso medido
trae muchos beneficios, no deja de reflejar lo solos que
nos sentimos cuando simplemente no sabemos cómo ocupar
el tiempo en soledad o no sentir aburrimiento. Quizá
sea vergüenza a quedarnos sin hacer nada y esperando.
Cuesta mostrar al exterior que “no estamos haciendo
nada” (visible, claro, porque el pensamiento y las
reflexiones son abstractas…) pero también deberíamos
evaluar cuánto tiene que ver y qué papel juega
la soledad en este tipo de situaciones cotidianas.
Siguiendo el mensaje que nos transmiten desde afuera, aquel
que argumenta a cuatro vientos que: “está mal
estar solo”, no nos debe asombrar el por qué
en reuniones y casamientos buscamos con lupas y microscopios
personas conocidas para conversar y no quedarnos como los
“apartados de la fiesta”, los “excluidos”,
los que “no hablan con nadie”…
El asunto de pertenecer y no quedar marginado, a veces hasta
propulsa (cuando no conocemos a otras personas) a que nos
conformemos en entablar un diálogo con aquel vecino
al cual no soportamos y al cual no nos interesa mantener
mucha amistad en la vida real… pero como es el único
al que conocemos (al menos de vista…), optamos por
“aguantarnos” un poquito la bronca y utilizarlo
como “entretenimiento” o “salvador del
ridículo”.
Quizá el temor a la soledad provenga de la incertidumbre
real por saber si somos imprescindibles para otros, si aquellos
pueden vivir sin nosotros, si podemos brindar algo productivo
hacia el afuera… si podemos ser útiles. “¿Seré
competente frente a mis amigos? ¿Por qué me
quedo solo?, ¿será que no soy lo suficiente
interesante para los demás? ¿Nadie me quiere?
¿Nadie me valora ni me admira? ¿Nadie busca
estar conmigo?”
Es concreto: el hombre confirma su existencia a partir de
los otros, del afuera. Ellos los reconfirman como sujetos.
Aunque cueste afirmarlo, el ser humano es vulnerable. SOMOS
VULNERABLES. Y no solamente a la soledad… Es cierto,
cuando estamos acompañados nos sentimos más
seguros. Estamos confiados que si nos caeremos no nos encontraremos
solos…
Cuando el maestro entrega las evaluaciones, es frecuente
observar en los colegios cómo los alumnos van preguntando
a cada uno y uno de sus compañeros las notas. “Ay,
¡te sacaste más que yo!”, “¡estamos
igualitos!”, “¡tenemos el mismo promedio!”.
Y claro, siempre buscando quién es el “mejor”,
el “peor”, el más competente, y el menos...
Pero dentro de los desaprobados, siempre se alivian al encontrar
que otros compañeros están en su misma situación
y no se encuentran “solos” en esto… Aun
dentro de la mismísima desazón encuentran
un motivo para estar contentos: saber que no son los únicos
(ni que hablar de aquellos alumnos que se “vanaglorian”
de ser las más bajas notas, queriéndose hacerse
los vivos, rebeldes y traviesos…)
Pero… ¿qué somos capaces de hacer para
no quedarnos solos?, ¿cuál es el límite
de aquello?, ¿a qué nos arriesgaríamos
para evitar la famosa soledad?
Personalmente pienso que la respuesta es: a muchas cosas.
Ya de por sí sacando tan sólo dos letras de
nuestra boca frente a una pregunta, tal como un “sí”
o un “no”, podemos destruir hogares y familias
enteras.
Lamentablemente la lengua y el interés por hablar
de otros y no de nosotros mismos, es letal. A veces nos
juntamos con amigos y para sacar temas de conversación
nos introducimos en la vida privada de muchas personas.
“¿Cómo se va al Caribe si aun debe la
cuota de sus hijos en la escuela?”, ¡Le gusta
derrochar el dinero comprándose frecuentemente un
auto último modelo!”. Podrá sonar muy
fuerte la pregunta, pero… ¿qué nos interesa
lo que haga el otro? Si Di-s le proveyó ese dinero,
¡que lo disfrute! ¿Acaso si esa fortuna no
nos corresponde a nosotros también, Hashem no nos
lo otorgaría? A fin de cuentas, envidiar lo que uno
no tiene es una falta de Fe… Tal como dice Rabí
Eliezer Hakapar: “La envidia, el deseo y los honores,
sacan a la persona de este mundo” (Pirké Avot
4:27)
Sin contar las veces que podemos llegar a vanagloriarnos
y ganar un “lugar” en el grupo simplemente a
costa de nuestro compañero… rebajando a otros
semejantes, contando sus defectos y fallas. Sus asuntos
personales, íntimos.
Supongo que cuando alguna vez escuchamos que alguien no
hablaba del todo bien de nuestra persona, nos sentimos muy
afligidos y dolidos. ¿Y nosotros?, ¿no debemos
hacer lo mismo a espaldas de la “víctima”,
la otra persona? ¿Nos preocupamos por el valor y
prestigio del otro como querríamos que se comporten
con nosotros?
Una de las preguntas que nos harán en el Juicio Celestial,
después de los 120 años, será: “¿coronaste
a tu compañero como es debido?” (Igueret Agrá).
Y la prohibición surge para adultos como hacia chicos
por igual. No quiere decir que “como es pequeño
y no entiende, puedo hablar de él lo que se me antoje”.
Claro que no. No existen diferencias humanas… tanto
un adulto de 30 años como un niño de 5 siguen
siendo personas. Por ende, el respeto que se debe tener
frente a ellos es el mismo en calidad de sujeto. Tampoco
está permitido recordar actitudes pasadas de adultos
cuando eran pequeños: “¿recuerdas cuando
David era chiquito?, ¡rompía todo lo que se
le cruzaba en el camino!”.
Un día, un conocido se encontró con un gran
sabio y le dijo: “¿Sabes lo que escuché
acerca de tu amigo?”. “Espera un minuto”,
replicó el sabio, “antes que nada, quisiera
que pasaras un pequeño examen. Yo lo llamo “el
examen del triple filtro”.
“¿Examen del triple filtro?”, preguntó
su conocido. “Correcto”, continuó el
sabio. “Antes que me hables sobre mi amigo, puede
ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir.
Es por eso que lo llamo de esa manera.
El primer filtro es la VERDAD. ¿Estás absolutamente
seguro que lo que dirás será cierto?”.
“No”, le dijo el hombre. “Realmente sólo
escuché sobre eso y…”
“Bien”, dijo el sabio, “entonces realmente
no sabe si aquello que dirás es cierto o no.
Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro
de la BONDAD.
¿Será algo bueno lo que me contarás?”.
“No, por el contrario…” “Entonces,
deseas decirme algo no tan agradable de su persona, pero
no estás seguro que sea cierto… Pero aun podría
querer escucharlo porque queda un filtro, el filtro de la
UTILIDAD.
¿Me servirá de algo saber lo que quieres contarme?”.
“No, la verdad que no lo creo…”
“Bien”, concluyó el sabio, “si
lo que deseas contarme no es cierto, ni bueno e incluso
no me es útil, ¿para qué querría
yo saberlo?”.
Pero gracias a Di-s, el Todopoderoso nos proveyó
de libros que nos enseñan cómo debemos hablar
y comportarnos para alcanzar el respeto óptimo hacia
nuestro prójimo. Enciclopedias enteras y en distintos
idiomas que pueden adquirirse en cualquier librería
judía. Y eso no es todo…
Hashem nos dio un antídoto hasta en nuestro propio
y mismísimo cuerpo…
¿Por qué creemos que disponemos de labios,
si no es para cerrar nuestras bocas cuando no debemos?
¿Por qué pensamos que también nos dio
los dientes, como otra barrera protectora para el chisme?
¿Por qué nos otorgó en la oreja el
lóbulo, si no para que lo doblemos y tapemos nuestros
oídos cuando corresponda? (también, al colocar
el dedo índice en el oído observen como este
entra justo en el agujero y tapa la audición en su
totalidad…)
¿Por qué nos proveyó de los ojos y
con ellos párpados (no así a los peces), si
no para que los cerremos y no observemos gestos que puedan
provocar conductas despectivas de nuestro compañero?
(“Lashón Hará” también
se realiza con señas…)
Sin dudas Di-s nos otorgó los elementos y herramientas
para que nos cuidemos de todos estos males. Sepamos usarlos.
Leamos el “manual de instrucciones”: nuestra
querida Torá.
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
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