Todo
acontecimiento importante requiere de una preparación
precedente.
Una
manera de demostrar la trascendencia sublime de una fiesta
es justamente con la previa de la misma: las mejores vestimentas,
el maquillaje perfecto, el perfume de “marca”.
Ningún detalle “puede” perderse de vista.
Cuantas menos imperfecciones se plasmaron en la realidad,
significa (no siempre…) que más recaudo y delicadeza
se tomaron con anterioridad. Más dedicación.
Así
como no todas las preparaciones son iguales y con la misma
dedicación, tampoco todos nos preparamos de la misma
manera y obtenemos los mismos frutos de aquel esmero.
En
la fiesta de Shavuot conmemoramos el día (6 de Sivan
en el calendario hebreo) en el que el pueblo de Israel recibió
la Torá. Ese tan preciado legado que aun mantenemos
vivo -casi por milagro- luego de sufrir tantas persecuciones
a lo largo de la historia.
La
palabra “Shavuot” deriva del vocablo “Shevuá”,
que en hebreo significa: “juramento”. Bien sabemos
que cuando el pueblo de Israel se encontraba a los pies
del Monte Sinai, aceptaron conjuntamente las leyes de la
Torá exclamando al unísono: Todo lo que diga
Hashem “Nahasé BeNishmá” (haremos
y escucharemos), confiando íntegramente en la palabra
de Di-s y en todo lo que ello implicara (Éxodo 19:8).
El
Talmud en el tratado de Shabat (146 a) nos enseña
que todas las almas del pueblo de Israel, tanto las que
ya estaban formadas como las que iban a formarse en el transcurso
de los años (es decir, todos nosotros), estuvieron
en el Monte Sinai. Nos agrega el Talmud en el tratado de
Shevuot (39 a): “y todas las almas (aún los
futuros conversos al judaísmo) dijeron haremos y
escucharemos, jurando cumplir de manera íntegra la
Torá, tanto la escrita como la oral”.
En
otras palabras podemos decir que todo judío, ya sea
antiguo, prehistórico, primitivo o actual estuvo
en aquel sublime momento y se subyugó en su totalidad
a Di-s por decisión propia.
Claro
que en aquel entonces también existió una
preparación para aquel suceso, tal como dice el versículo:
“Y le dijo Hashem a Moshé: Ve al pueblo y santifícalos
hoy y mañana, y que laven sus vestidos” (Éxodo
19:10).
Es
que se torna imposible afrontar un compromiso nuevo sin
antes haberse preparado de la manera adecuada. No esmerarse
por hacer algún tipo de preparación, demuestra
(tal vez implícitamente… o no tanto…)
la falta de motivación que existió en aquel
contrato. El desgano por aquel objetivo.
Porque
de todas formas somos responsables por lo que aceptamos.
Y ello implica hacernos cargo de aquellas decisiones.
En
la fiesta de Shavot, el Rab Wolve (autor del libro “Alé
Shur”) acostumbraba a decir: “Gmar Jatimá
Tová” (que tengas una finalización de
sello bueno –en el juicio-). Todos se quedaban atónitos
al escuchar sus palabras, ya que estas mismas son tradicionales
de pronunciar únicamente en Rosh Hashaná (Año
Nuevo) y/o Iom Kipur (Día del Perdón), que
es cuando se sella todo lo que sucederá con las personas
en el año entrante. El Rab contestaba: “así
como en Rosh Hashaná se juzga a las personas por
todo lo que hicieron en el año anterior, y a su vez,
se dictamina todo lo que vendrá en el año
siguiente, así también en Shavuot, Hashem
determina cuánta Torá en el año la
persona adquirirá. Por eso yo acostumbro a decir
“Gmar Jatimá Tová”.
¿Cómo
podemos prepararnos para recibir nuevamente la Torá?,
¿por dónde comenzar?, ¿cuál
es el secreto?
No
daré recetas mágicas porque la realidad es
que no las existen. Pienso que más bien todo depende
de cada uno y en qué situación personal se
encuentre. Generalizar no estaría bien, ya que “desindividualizaría”
la “individualidad” que merece todo “individuo”.
Aun así, podemos tener en cuenta el cómo se
preparó aquella “generación física”
(porque espiritualmente todos estuvimos) previa a recibir
la Torá.
Ya
que nosotros recibimos nuevamente la Torá todos los
años en esta misma fecha, tal vez debamos hacer hincapié
en lo que hicieron énfasis en aquel entonces.
“Y
partieron de Refidim y vinieron al desierto de Sinai, y
acamparon en el desierto. Y acampó allí (el
pueblo de) Israel, frente al Monte” (Éxodo
19:2).
Aparentemente
este versículo da mucho que hablar…
Comenzó
hablando en plural (“acamparon”) y culminó
en singular (“acampó”). ¿Podría
la Torá hablar en singular cuando en realidad nos
referimos a miles de personas congregadas?
Nos
responde el exegeta Rashí que este detalle en particular
no fue escrito en vano (mucho menos no es un error gramatical).
La
Torá quiso insinuarnos a nosotros la hermandad que
se palpitaba dentro de todos los corazones de aquel grupo.
El pueblo se encontraba unido, alianzado. “Como un
hombre único con un solo corazón” (frase
literal de Rashí). Justamente por este mérito
fue posible la entrega de la Torá al pueblo judío.
El
Midrash nos cuenta: “Quiso Hashem entregar la Torá
al pueblo de Israel en el momento que salieron de Egipto,
pero estaban divididos unos con los otros. Existían
diferencias.
Al
llegar a Sinai, se igualaron todos y se transformaron en
un único grupo. Dijo Hashem: “la Torá
es pura paz, ¿a quién se la daré? Al
pueblo que ama la paz” (Ialkut Shimoní, Shemot
18:273).
El
poder que posee la unión es realmente asombroso y
palpable. Determinante. A través de ella se pueden
alcanzar objetivos de toda índole, sean positivos
o no.
Observando
la misma Torá podemos percibir el énfasis
y “éxito” que tuvo la generación
posterior al diluvio en su afán por construir la
“Torre de Babel” y, Di-s no permita, “luchar
contra Di-s” (J”Sh).
El
versículo reza: “Era entonces toda la tierra
de una lengua y unas mismas palabras” (Génesis
11:1).
Era
una generación unida por su idioma y poseedora de
una contribución extraordinaria entre sus miembros
a fin de satisfacer su objetivo en común (claro está
que al ser que sus fines no eran adaptados a las enseñanzas
bíblicas, Hashem confundió los idiomas de
todos los integrantes, no pudiéndose comunicar entre
ellos, y por ende, no logrando su final objetivo).
Sería
interesante y realmente productivo intentar de imitar las
conductas de nuestros ancestros.
Tal
como ya mencionamos, su preparación previa al recibimiento
de la Torá fue unirse los unos con los otros logrando
una solución pulcra y profunda entre sí. Las
diferencias socio-políticas o económicas no
eran factores para dividirse y marcar “sectas”,
territorios “preferenciales”. Todos estaban
en el mismo “barco”, transitando el arduo desierto
y casi rumbo a lo desconocido.
En
épocas en las que los “desiertos” nos
invaden y la soledad se hace más cruda, real, y cruel
no nos queda otro remedio que subirnos al mismo “barco”
y afrontar unidos los desafíos y adversidades que
se presentan a diario con el objetivo de borrar a nuestro
pueblo de la faz de la Tierra.
Tal
como todos los años, en pocos días recibiremos
nuevamente la Torá, ¿estaremos preparados
para ser “como un hombre único con un solo
corazón”?
Alan J. Owsiany
es Consultor Psicológico (Counselor). Al terminar sus estudios de bachillerato,
estudió 1 año en Yeshivat "Kneset Jizkiahu" - Kfar Jasidim
(Rejasim, Israel).
En la actualidad
trabaja de docente integrador y acompañante terapéutico en una
escuela ortodoxa de la comunidad.
Ocasionalmente
da clases particulares a alumnos con dificultades en el aprendizaje y/o en la
conducta.
Desde la psicología
humanística existencial (enfoque al que toma como columna vertebral),
se esmera en aplicar su profesión dentro del marco de la Torá
y las mitzvot.
Alan dedica
media jornada del día al estudio del Talmud y otros contenidos judaicos
en un Kolel.
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